Cartagena


Especial pobreza: la agonía de dormir en un pantano en Cartagena

Cada noche es una nueva batalla por la supervivencia para Maite Romerín y los suyos. Duermen entre el agua y el barro en los bordes de la ciénaga de La Virgen, en Olaya Herrera.

WILSON MORALES GUTIÉRREZ

25 de octubre de 2021 09:00 AM

Estar en la avenida Pedro Romero, bajar por la calle Las Delicias de Olaya Herrera y llegar hasta lo último de esta vía es un viaje hacia un mundo que muchos cartageneros seguramente desconocen.

Es lunes y a solo unas cuatro cuadras de llegar al final de la calle de este barrio popular, donde acaba el pavimento, mujeres y hombres se apostan junto a una esquina donde toca un picó. Una champeta suena a alto volumen, mientras tres mujeres morenas bailan en la mitad de la vía, cada una con una cerveza. El reloj marca las 8 de la noche y mientras el tumulto disfruta el jolgorio, a pocas cuadras de allí reflota una cruda realidad.

A la última hilera de casas no se puede acceder en vehículos, pues el incipiente barro impide el tránsito, como antesala de las aguas de la ciénaga de La Virgen, que se abren como una alfombra y van tomando profundidad.

Las entradas de las últimas casas de la calle, entre los sectores de Zarabanda y Playa Blanca, son tocadas por el agua. Más allá viene la ciénaga, y entre algunos arbustos y mangles, como caminando sobre las aguas y en medio de las tinieblas, aparecen Maite Romerín García y cuatro de sus seis hijos: Dairin, de 12 años; Dayana, de 10; Bryan, de 6; y Angelina, de 4 años. A esta última la lleva en sus brazos y la abraza con fuerza. Maite la protege más, pues cuenta que nació a los 6 meses y cree que eso la haría más vulnerable a las enfermedades.

UN CAMINO PELIGROSO

Dayana me toma de la mano para guiarme por el camino de rocas que el agua ha ocultado, es casi imperceptible. Por el camino hay unos 30 centímetros de profundidad, pero dicen que por fuera de este el agua alcanza hasta 70 centímetros. Es un riesgo latente con el que se han acostumbrado a vivir familias como la de Maite, quien tiene 38 años. Caminamos unos 20 metros y llegamos al hogar donde reside la mujer con sus hijos y su marido.

BARRO Y AGUA

Maite y los suyos viven en condiciones lamentables. La casa está hecha con retazos de madera y palos. El techo es de zinc, pero faltan algunas tejas y recubren casi todo con plásticos negros como protección ante las lluvias. Hay grietas por todas partes y el piso, literalmente barro, está cubierto con un plástico. Pero el barro y el agua saben cómo escabullirse y salir a flote. La sensación de vivir a toda hora entre barro y agua es angustiosa. Es como vivir en un pantano las 24 horas, pues en algunos puntos cercanos hay aguas que emanan olores pútridos.

“En el sector Playa Blanca tengo siete años, me vine de Venezuela cuando la situación se puso crítica. Primero viví en Zarabanda y luego me vine para acá. Esto era agua cuando llegué aquí. Esto lo rellenaron con escombros. Me vine sola con el hijo que tenía, de un año. Aquí conocí a mi esposo y nos fuimos conociendo y comenzamos a vivir. Primero vivíamos en una zona seca y aproveché y también cogí un terreno, pero no hemos podido construir nada allí porque no tenemos los recursos, lo que cogemos es para sobrevivir”, cuenta.

LA PESADILLA DE DORMIR

Dormir es la hora del descanso y de reacomodar el cuerpo para la batalla del día siguiente, pero para Maite cada noche es como una guerra por la supervivencia.

“Yo casi no duermo y menos en estos tiempos de lluvia, porque se pueden meter a la casa animales como culebras, pues ya nos ha pasado. Se nos mete el agua por arriba y debajo de la casa. También se nos mete el agua cuando sube la marea. Hace unos días se nos llenó completamente la casa y el agua nos llegaba a las rodillas. No duermo porque estoy pendiente de mis hijos. Me acuesto a las diez de la noche, pero no me quedo dormida de inmediato. A la medianoche me echo un sueño y despierto; luego otro sueño y despierto a las cuatro de la mañana”, explica.

La mujer debe gastar mil pesos a diario para comprar productos para espantar los mosquitos. Sin estos, dice que el agobio por la gran cantidad de zancudos sería tanto que no podrían conciliar el sueño un segundo.

La mujer anhela ver a sus hijos en otras condiciones. “A mis hijos los quisiera ver bien, con mi casa bien hecha, porque estoy cansada de pisar agua y pasar necesidades, es lo único que le pido a Dios todos los días que me acuesto. Pido principalmente por mis hijos, no por mí, porque es difícil todos los días salir bajo agua. Uno los manda a hacer mandados bajo agua, sin saber qué animal les puede picar en el camino. Pido a Dios que me ayude para no seguir viviendo en estas condiciones, pues no tengo estabilidad y no dormimos bien. En esta casa donde estoy pago un arriendo de 50 mil pesos al mes, pero vivo mal”.

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Maite duerme con su hija menor y su marido, y en otra cama sus demás hijos; los dos mayores tienen 14 y 17 años. Para todos hay un solo abanico, que ponen a girar. El calor es insoportable, hay muchos mosquitos y cuando llueve caen varias goteras en las camas, así que ponen algunas ollas entre las que duermen.

Maite es venezolana y se gana la vida como vendedora ambulante, mientras que su marido es reciclador. Maite ayuda en un proyecto comunitario llamado ‘Salvando el mangle’. Espera que las autoridades o alguna mano amiga se fijen en su situación y pueda estar en un hogar digno y así poder dormir tranquila, sin el temor que algún animal ataque a sus hijos, que el contacto cotidiano con las aguas de la ciénaga les causen enfermedades o que algún dueño de lo ajeno irrumpa por alguna de las grietas de su hogar y les haga daño. Como ella son decenas de familias que viven en el sector en las mismas condiciones.

Vea aquí el especial completo: Cartagena, un diamante en extrema pobreza

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