Getsemaní, la tesis de la resistencia

06 de abril de 2015 08:00 AM

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El nombre de la abogada y escritora cartagenera  Ladys Posso Jiménez es ampliamente conocido en Cartagena, por ser una de las gestoras culturales más serias que han surgido en los últimos años en esta capital.

En los recientes días, ese nombre está siendo nuevamente comentado por la aparición de su libro “Getsemaní, casa tomada”, que, además de ser su tesis en la maestría de Gestión Cultural, que recibió en Barcelona, “representa una contribución única al panorama académico urbano y cubre un vacío existente al entorno del análisis de las consecuencias reales de un barrio de cambios en las dinámicas residenciales, la existencia de presiones especulativas y la amenaza subyacente de la uniformidad”, como bien lo dice Monserrat Pareja-Eastaway.

En otros apartes, el investigador Édgar Gutiérrez afirma que “la autora construye un gran aporte al conocimiento de la ciudad, demostrando, además de su experiencia cultural, una formación humanística tan difícil de florecer en estos días”.

El Universal dialogó con Posso Jiménez a propósito de la llegada de su libro a Cartagena.

A parte de ser su tesis de maestría, ¿qué inquietud generó la creación de este libro?
--Creo que muchas preguntas que, como ciudadana cartagenera, me hacía respecto a la dinámica de la ciudad. Había cosas que no entendía, como el fenómeno de la discriminación, los ambientes y situaciones donde uno puede sentirse discriminado o discriminar. Cuando empecé a indagar la historia de Getsemaní, que en cierta forma es también la historia de la ciudad, me encontré con un fenómeno que no conocía y era el de los barrios adosados a la muralla y la utilización del término “chambaculero”, una lápida que pesaba sobre la persona a quien se lo ponían. En ese sentido, sabía que había existido un barrio Chambacú, pero no sabía cómo era. Y creo que eso mismo pasa con las nuevas generaciones. Frente a todo eso, empecé a ver cómo era el comportamiento de las  élites frente a esos fenómenos, cómo se dan los desalojos que tienen que ver con los sectores cercanos al Centro Histórico y cómo son los discursos que se manejan en esa dinámica urbana.

¿Por qué es Getsemaní el objeto de estudio y no otra parte del Centro Histórico?
--Porque cuando me interesó ese tema, el fenómeno de desplazamiento que ahora vive Getsemaní no estaba tan acentuado, estaba en un momento de transición. En cambio, en otras partes del Centro Histórico ya la mayoría de quienes fueron los habitantes raizales se habían ido y ese pedazo de la ciudad estaba convertido en el fantasma que es hoy. En Getsemaní todavía hay vida y esencia barrial.

¿Qué cosas interesantes halló en esa esencia barrial que usted menciona?
--Hay algo que me pareció interesante, no sólo frente al resto de la ciudad, sino frente a algunos fenómenos de desplazamiento de población tradicional en otros centros históricos, y fue que encontré una cierta resistencia y organización vecinal respecto a la transformación del barrio. Eso no se da con mucha frecuencia. Y el ejemplo, repito, lo tenemos en San Diego y el Centro, sitios de los cuales la gente salió tranquilamente. Incluso, intuyo que los primeros que se fueron hicieron “malos negocios”, porque en ese momento las propiedades no estaban tan valorizadas, ya que la mayoría eras casas ruinosas.

¿Cree usted que esa resistencia que muestran los raizales está dando frutos?
--Esa resistencia empecé a verla desde el momento en que leí la investigación “Memorias de la libertad”, de Martín Morillo y Florencio Ferrer, quienes en la primera parte hacen una semblanza histórica de Getsemaní; y en la segunda, un censo barrial. A partir de ahí, pienso que cuando una comunidad se pregunta, ¿qué es lo que hay en este barrio? ¿Qué es lo que está pasando?¿Cuál es el salario promedio de cada uno?¿Cuántas personas viven en una casa? ¿Cuántas familias la comparten? Creo que son reflexiones donde la gente se pregunta, ¿Cómo estamos viviendo? Esas interrogaciones pueden erigirse en herramientas importantes para pensar qué viene a futuro y cómo pueden organizarse.

¿Qué cosas le parecieron dignas de resaltar en cuanto al pasado del barrio?
--Muchísimas. Fue una cosa que disfruté bastante, pues la gente de la tercera edad me hacía mucho énfasis en las formas de vecindad de hace 50 años, la música que escuchaban, la forma de vestirse del getsemanicense, los bailes que se organizaban en las calles, la tradiciones, los valores, etc.

¿Qué opinan esas personas de la actual transformación del barrio?
--Muchas de ellas ya no viven en Getsemaní, pero lo extrañan mucho, aunque cuando lo visitan les queda claro que ya no es lo mismo que ellas vivieron, lo ven como una cosa fantasmal. Sin embargo, algunas que todavía viven aquí ven con buenos ojos que el barrio ahora tenga un comando de policía y que se haya mudado mucha gente extranjera, porque eso, según ellos, le da un buen ambiente a Getsemaní, que tuvo sus épocas críticas como cuando era vecino del mercado público; y en los años 80 cuando se dio el fenómeno de la delincuencia organizada, las ventas de alucinógenos y la prostitución callejera.

¿Por qué el título de “Casa tomada”?
--Es una manera de lanzar una pregunta. En el cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar, se describe, de una manera muy cortazariana, un desalojo bastante manso. Y yo pregunto: ¿será que en Getsemaní va a pasar lo mismo? ¿Será que sus habitantes van a dejar el barrio en manos de fuerzas invisibles, pero poderosas? Al final, en el relato de Cortázar no se sabe qué pasa, quién y por qué se quedó con la casa.

¿Qué fue lo más traumático durante la investigación?
--Cerrarla, porque en Getsemaní siempre pasan cosas: dejas de venir una semana y encuentras que tumbaron una casa, vendieron otra, hay un nuevo local, etc. Siempre hay cosas sucediendo. En ese sentido fue difícil finalizar el trabajo.

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