Las calles de los nombres perdidos

01 de junio de 2018 09:41 AM

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Cartagena de Indias ha rebautizado en 485 años, el nombre de sus calles, desde la noche remota y trágica en que se subastaban africanos en la plaza.
Los primeros nombres de las calles de Cartagena, son advocaciones a la Virgen María, onomásticos religiosos, y a los episodios de la historia.

Pedro de Heredia dudó varias veces para decidir si el nombre definitivo sería Cartagena de Indias, referencia al nombre de Cartagena del levante en España, que poseía la misma configuración al pie de su bahía y frente al mar.

La pequeña ciudad española de Cartagena tiene un patrimonio árabe en pleno corazón de la ciudad y un antiguo mercado fue encontrado debajo de las piedras de un barrio céntrico. Pedro de Heredia buscó la cercanía del agua para erigir la ciudad, cuyo nombre indígena era Kalamarí, cuyas sílabas significan Tierra de cangrejos.

Muy cerca de la antigua ciudad de Cartagena de Indias, se han encontrado rastros precolombinos de la vida cotidiana de los primeros habitantes. Heredia encomendó a Juan de Vadillo (Badillo) no solo trazar las calles sino también bautizar algunas de ellas.

Gracias a la ruta de la memoria africana liderada por Moisés Medrano, desde la dirección de Población, del Ministerio de Cultura, se han encontrado nombres desconocidos en la nomenclatura histórica y cultural de la ciudad.

Uno de esos nombres primerizos de una de las plazas y calles del corazón amurallado, fue la Plaza del Esclavo o Calle del Esclavo, en la actual Plaza de los Coches.

Es increíble como en esos nombres se revela la legitimación por parte del poder colonial, del comercio de africanos esclavizados.

¿Cómo se explica que la calle de las lágrimas, los látigos y los hierros candentes, hubiera sido bautizada como Nuestra Señora de la Esclavitud?

La calle existe paralela a la plaza. Los nombres tienen un origen político, religioso y cultural. A los ojos del siglo XXI, es como bendecir los reinos de la muerte y justificar el inmenso bazar de los africanos esclavizados, avalar el puerto de los desarraigos y las humillaciones, como si la esclavitud fuera una virgen, una distinción, un honor, una conquista.

La calle se llamó también Calle del Esclavo, como si ser esclavo fuera una decisión, una elección, un título.

Años después, como quien pone paños tibios en una herida que no se cierra, se llamó Calle de Nuestra Señora de África, como si África, pisoteada y condenada en las Américas, hubiera sido una matrona, una deidad, una señora respetada por el dominio español.

Al caminar por esas mismas calles, como quien recorre alfabetos barridos por la impiedad, vuelvo a presentir el barco que acaba de atracar en el puerto y a oír la sangre que se derrama entre las piedras. Las mujeres trenzan un mapa de regreso a casa en la vieja plaza de los esclavizados.  Benkos Biohó, aún con el hierro candente en la espalda, vuela como un pez por los pantanos de la noche.

Lo que sigue intacto
Nada se mantiene igual, me decía Donaldo Bossa Herazo. Solo el trazado de las calles que hizo Vadillo (Badillo). Junto al nombre inicial del gobierno español, hubo metamorfosis de nombres en el Cabildo local. Hay calles con más de tres nombres: el nombre colonial, el nombre republicano y el nombre que le dio el ingenio picaresco del pueblo cartagenero.

Con todos esos nombres: Calle de los Siete infantes, Calle de Tumbamuertos, Calle del Niño Perdido, Calle de la Necesidad. Calle Quero, Calle San Pedro Mártir, Calle del Landrinal, Calle de Baloco, Calle Don Sancho, Calle de la Moneda, Calle de las Chancletas, Calle Tripita y Media, Calle de la Mantilla, Calle de la Tablada, Calle de la Estrella, Calle de la Soledad, Calle de Nuestra Señora del Monte Carmelo, Calle de Nuestra Señora de la Paz, Calle de Nuestra Señora de los Desamparados, Calle de Nuestra Señora de Loreto, Calle del Espíritu Santo, Calle del Guerrero, Calle de San Antonio, Calle de la Sierpe, Calle de la Medialuna, Calle de los Santos de Piedra, Calle de la  Chichería, para citar algunas de ellas, se podría escribir una novela.

Un tuerto anda suelto
El poeta Luis Carlos López intentó esa hazaña en su poemario Por el atajo, y comenzó nombrando la calle donde nació: la Calle del Tablón. Hizo el retrato de cada calle del Centro de Cartagena, mirando a todo el que pasaba por su tienda, López Hermanos, y se metió con todo el mundo, hasta con el arzobispo de la época y eso le costó el ostracismo y el desprecio de cierta élite social.

En uno de sus poemas dijo que el arzobispo prestaba los diezmos al interés. Y se metió con los políticos, a los que llamó Caterva de vencejos y los comparó con los perros hambrientos que escarban en las canecas de basura. Fue el cronista social y moral de los cartageneros desde la poesía en la primera mitad del siglo XX. No se salvó ni él mismo. Ni Rafael Núñez, ni Antonia la Pelada, una loca que bailoteaba por las calles del Centro, cuando él era niño.

La curiosa fritanguera de Getsemaní que se ganó la lotería y cambió de ropa, poniéndose unas medias tobilleras, bautizó su calle. Era quien vendía las tripitas callejeras con la elegancia de una mujer con medias y chancletas. La mantilla novembrina de una mujer que cautivó a uno de los disfrazados, resultó que era la mantilla de una muerta, y esa historia de terror bautizó la calle.

Los muertos que se salían de los cajones en una calle desnivelada y sin empedrar, cuando los llevaban al camposanto de San Diego, bautizó la calle. Sigo pensando en los esclavizados que dieron nombre a aquella calle perdida en el tiempo.

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