Cartagena


Me enamoré en Transcaribe: Memorias de una rutina

Memorias de una cotidianidad que a veces dejamos escapar o se nos escapa. ¿Te has enamorado mientras estabas en el bus? Yo sí.

JUAN SEBASTIÁN RAMOS

26 de noviembre de 2023 12:00 AM

El optimismo es una palabra bonita y de consuelo, pero que desgraciadamente no dura toda la vida. Se va deshaciendo con el tiempo, se borra como las cebras o trazos de pintura industrial que uno ve sobre el asfalto de la Pedro de Heredia; líneas radiantes, eternas, estéticas, prometedoras, útiles, pero que poco a poco dejan de ser.

Aquellas señaléticas ponen límites, no dejan que te rebases, crean una barrera... Ya se imaginarán la importancia de retocarlas para respetar los espacios, quisiera yo tener uno en las horas pico.

Esa mañana amanecí amargada, casi que por inercia pasé aquella tarjeta desgastada que le dio la orden al torniquete del vehículo para que girara y me dejara entrar. De niña esto me habría asombrado “wow, una tarjeta que pita y te permite entrar a un enorme bus que parece un tren”. Hoy, para mí no es más que un pasadizo a la tortura de la hora pico. Lea también: Tinder: 10 años desde que buscar pareja se volvió “un juego”

¿Quién diría que yo sería una más en la fila del sistema de transporte público de Cartagena? Ese transporte que en el momento menos conveniente te revuelve las tripas, como si la menstruación fuera eterna, como si en ti habitara todo el tiempo en un ser amargado, abominable, alguien con pocas probabilidades de que sonría o dé los buenos días.

Para mi suerte o tragedia, esa mañana en medio de la penumbra y la frustración lo vi por primera vez, parecía luz en medio de toda una multitud desesperada. Tenía una camisa blanca con el logo de una empresa, quise leer bien para buscarla en Instagram y dar con él, pero el astigmatismo pudo más que yo. Por consiguiente, esa mañana solo me quedé con la imagen misteriosa de ese muchacho, y ese perfume que dejó cuando pasó por mi lado como un tornado, uno que me dejaría loca y obsesionada.

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Qué duro es dejar la universidad para trabajar.

Me enamoré en Transcaribe: Memorias de una rutina

Estudié diseño en Bellas Artes y para mi familia sería la más talentosa de los últimos tiempos, según yo “cambiaría el mundo”, ya saben, la clásica frase que dicen los primíparos ¡qué ilusa!

Salí amargada del trabajo, mi jefa me tiene al borde de la locura, me dice casi de manera implícita que soy una floja, a eso le sumamos que no me deja tocar el celular y cree sabérselas todas, cree que puede mandarme a comprar papel al mercado de Bazurto, donde el sol pareciera estar más caliente que en cualquier otra parte de la ciudad. Quisiera tomar una loca decisión y renunciar, pero me detiene y me hace reflexionar, aquella charla que tuve con mi abuela hace días. “Estos pela’os de hoy todo lo quieren rápido”, dijo teniendo la boca llena de razón. Lea también: Conoce los efectos de los comentarios negativos en las redes sociales

El reloj marcaba las seis cuando terminé lo que estaba haciendo. Apagué el computador y me fui, no estaba ni tibia mi jefa si creía que le iba a dar un minuto más.

Estaba lloviendo, como pude esquivé los mil y un charcos de agua estancada del Pie de La Popa, una ‘Venecia’ desagradable y apestosa que nunca publicaría en mis historias. Pero cuando llegué a la estación de Transcaribe vi algo realmente fotografiable; era él, aquel joven que me encontré en el bus por la mañana.

Tenía cara de Pedro (así lo registré en mi memoria desde esa noche).

Me enamoré en Transcaribe: Memorias de una rutina

Quise tomarle una foto y subirlo a mis ‘Close friends’, esa opción de amigos exclusivos de Instagram. Pero no lo hice, quería que aquello fuera algo tan exclusivo que fuera solo mío. Lastimosamente solo lo vi de lejos, cuando quise terminar de recargar los pasajes, gracias a la inoperante tortuga con forma humana de la cabina, él ya se había ido.

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Día cincuenta y dos en mi nueva vida de adulta cartagenera, ¿resumen? Extraño la vida universitaria. Me siento en un capítulo de The Office, cuando en realidad quisiera estar en alguna temporada de The Sex Lives of College Girls.

¿Consuelo? En estos momentos me entretiene Pedro, el chico que conocí en Transcaribe, y que no tiene la más remota idea de quien soy. Esta mañana traté de llegar a la misma hora, esperaba que se sincronizaran nuestros relojes, pero eso no pasó, me quedé con ganas de verlo.

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Lo acabo de ver en La Bodeguita, fue hoy en la noche y por si fuera poco le tocó al lado de mi puesto. Me puse tan nerviosa que no dije ni una sola palabra. Intuyo que Pedro puede tener mi edad, porque cuando desbloqueó el celular vi que en su Spotify estaba reproduciendo “Un verano sin ti” de Bad Bunny. Por desgracia esa noche no hablamos, me ganó la cobardía.

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Les voy a dar un consejo, uno solo; nunca se fijen en una persona en Transcaribe, y más si no conocen su vida. Hoy vi a Pedro en la mañana y estaba acompañado de una morena cabello largo. Iban escuchando música juntos, cada uno con un audífono en la oreja.

Debo sacármelo de la cabeza. Si escribo esto es porque el trabajo acabó con mi vida social, no tengo a quien contarle mi vida, y de tenerla no le contaría eventos tan vergonzosos como estos.

***

Todo dio un giro inesperado. Esta mañana me fui hasta el Patio Portal y tomé un T103, era eso antes que subirme a un X103, que da más vueltas que una Vehitrans.

No pude irme sentada, necesitaba llegar a tiempo, así que sin renegar me acomodé en la parte central de bus, esa que lo hace lucir como un acordeón. Oh sorpresa, adivinen quién estaba ahí.

- ¿Este es un T103 o un X103? - le pregunté haciéndome la estúpida.

- Es un T, no te preocupes, a mí también me ha pasado – dijo mirándome a los ojos.

Había roto el hielo, logré derretir un glacial inmenso que me privaba de conocerlo, debía ser astuta, seguir la conversación. Dicen que la labia es solo para los hombres, pero yo también era capaz de ir por ese hombre que me traía loca. “Era”, bien dicho, de no ser por Transcaribe.

Esa mañana el bus se varó. Cuando quise seguir la conversación nos interrumpió un estruendo y luego el bus frenó en seco. Inmediatamente nos pidieron bajarnos del bus para hacer un trasbordo. Él tuvo que coger un taxi porque su jefe lo necesitaba con urgencia, y yo, triste y frustrada me vi en la bochornosa necesidad de caminar tres cuadras con el sol caliente para subirme a ese odioso X103 del Consulado.

Ese fue el último día que me crucé inesperadamente con Pedro, a quien nunca llegué a conocer, pero que tantos sentimientos despertó en mí.

Me enamoré en Transcaribe: Memorias de una rutina

Gracias, Transcaribe. Espero que me des la dicha de volverlo a ver.

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