Colombia Unida


El extraño caso de un loro que casi termina en un crimen

Los conciliadores de equidad son actores importantes de la sociedad. Ellos mantienen, con una buena dosis de ingenio y dedicación a Colombia Unida. Aquí unas historias.

VANGUARDIA LIBERAL

20 de febrero de 2022 12:00 AM

Por: Juan Carlos Gutiérrez Tibamoso
- Si no me soluciona el problema. ¡Lo mato!

Lo dijo desde la puerta, que estaba abierta. La oficina, ubicada en la calle 35 con carrera 14 de Bucaramanga, tenía además una pequeña reja cerrada, por lo que Antonio no pudo ingresar. Juan Bautista Bustos Rivera se encontraba al fondo. Confesaría después que se asustó. Y mucho. Pero era su labor y en ese caso el temor estorbaba su misión. Pensó despacio. Tomó aire. Se levantó de la silla, camino a la puerta y buscó al sujeto amenazante de pie en la entrada.

Juan Bautista diría después que trató de no abrir la reja. Sofocado por el ímpetu de la amenaza y, en especial, temeroso de una bolsa que parecía contener un arma.

Antonio en cambio había salido esa mañana de su casa perseguido por la rabia, acumulada por más de tres semanas de escuchar, cada vez que pasaba por la vivienda de su vecino, insultos, risas y silbidos. Buscó ayuda semanas atrás, sin obtener respuesta. Fue al CAI del barrio. Llegó después a la Inspección de la Policía de la comuna. Recorrió oficinas en la Alcaldía de Bucaramanga. Nadie lo escuchó. Por eso, ese día, decidió conseguir una escopeta hechiza, con la intención de llenar, literalmente, de plomo la casa desde donde lo insultaban cada vez que pasaba.

Todo comenzó un mes atrás cuando se mudó a este barrio, ubicado al oriente de Bucaramanga, proveniente de ‘Ciudad Norte’. En medio del trasteo uno de los parales de su cama impactó, sin querer, la fachada de una vivienda a pocos metros de la suya. A pesar de que el golpe no fue tan fuerte, lo que desconcertó a Antonio fue lo que escuchó del fondo de la casa.

- ¡Viejo pirobo! ¡Viejo pirobo! ¡Viejo pirobo!

Luego hubo risas y unos silbidos. A Antonio se le hizo extraño el insulto, pero lo dejó pasar. Días después, una tarde, al regresar de la tienda con comida, tropezó con uno de los escalones de la vía de acceso peatonal, con tan mala suerte que terminó de cabeza en un matorral, junto a la casa del vecino de donde provinieron los primeros insultos. Gaseosa, huevos y pan terminaron en el piso, al tiempo que desde el fondo de la vivienda se volvió a escuchar, con el mismo tono de intensidad.

- ¡Viejo pirobo! ¡Viejo pirobo! ¡Viejo pirobo!

Los días pasaron y la historia se repetía cada vez con más frecuencia. Hasta que no lo soportó y buscó confrontarlo. Pero nadie le abrió la puerta, pese a que fue insistente. Antonio tenía motivos para sentirse defraudado. Su irá crecía en la medida que cada vez que pasaba por el lugar escuchaba:

- ¡Viejo pirobo! ¡Viejo pirobo! ¡Viejo pirobo!

Antonio pensó que si lo reportaba al CAI el problema se solucionaría. No podía estar más equivocado.

- Quiero denunciar a mi vecino. Cada vez que paso por su casa me insulta.

- ¿Cómo que lo insulta?, respondió el patrullero de turno.

- Sí. Me ve pasar y me grita desde adentro viejo pirobo.

- ¿Cómo se llama su vecino? ¿Lo puede identificar?

- No sé. Nunca lo he visto.

- ¿Cómo así?

- Solo lo escucho insultarme.

- Si quiere que nosotros hagamos algo debe denunciar a alguien. Con nombre y apellido. Necesito una identificación.

- Le digo que no la tengo

- Mire. Tiene que traer una denuncia contra alguien. ¿A quién vamos a citar? No le podemos recibir esa denuncia...

Esta conversación se repitió en la Inspección de Policía y la Alcaldía de Bucaramanga. Antonio no aguantó más. Se mordía el alma de la ira endiablada que crecía. Decidió hacerse respetar por la fuerza. El palpito de una tragedia se empezó a gestar cuando preguntó por una escopeta hechiza en uno de esos lugares ilegales donde alquilan armas, que las autoridades desmienten que existen, pero el hampa siempre conoce.

Por eso días, Antonio se encontró con un viejo amigo, a quien le contó lo que le ocurría y reveló sus intenciones. Su conocido le habló de un centro de conciliación en equidad. Era su última opción. Decidió ir hasta allá perseguido por el alboroto que le causaban los insultos dando vueltas en su cabeza. Antonio llegó a la reja con los ojos de ira. Juan Bautista Bustos Rivera estaba al fondo, cuando escuchó:

- Si no me soluciona el problema. ¡Lo mato!

- Dígame

- Tranquilo, no es con usted.

Juan Bautista Bustos Rivera escuchó con atención a Antonio. Este hombre posee un talento casi mágico para oír con detalle a las personas y encontrar soluciones, por eso lleva más de 25 años ayudando a resolver conflictos de la comunidad.

- Le voy a hacer un citatorio a su vecino. Sin nombre.

Antonio debía llevar ese documento al CAI del barrio, pero con instrucciones de entregárselo al comandante del cuadrante, no al patrullero que lo atendió la primera vez. En ese documento estaba una citación para dentro de tres días. Efectivamente fueron hasta la casa. Identificaron al presunto agresor.

El día de la audiencia llegó. Antonio y Jaime, su vecino, por fin se encontraron. Juan Bautista expuso los hechos hasta que le preguntaron a Jaime la razón de los insultos contra su vecino.

- ¡No señor! Yo estoy muy viejo para esto. Yo vivo solo en esa casa. No le abro a nadie porque una vez abrí y unos ladrones me empujaron y se llevaron el televisor, la plancha y la licuadora, todo. Ese barrio es muy peligroso. Yo si vi que el señor tocaba, pero no le abrí pensando que me iba a robar. No lo conozco en el barrio. Le abrí a la Policía porque es la autoridad...

- Pero usted me insulta. ¿Qué es lo que tiene conmigo?

- Cómo se le ocurre. Yo vivo solo con un perro y con un loro. Ese animal se la pasa en un palo de guayabo del patio de la casa. El loro es el que silba, se ríe y dice groserías. A eso se acostumbró. ¿Les traigo el loro para que lo escuchen? Se los traigo y comprueban...

Juan Bautista recuerda que Antonio quedó satisfecho, que incluso se devolvieron juntos en el mismo bus para el barrio y ahora, no son los mejores amigos, pero se saludan con cordialidad como buenos vecinos.

El conciliador en equidad es una figura reconocida por el Ministerio de Justicia para la resolución alternativa de conflictos. A ellos se puede acudir cualquier ciudadano. El conciliador en equidad no decide la solución del problema, actúa de manera independiente y neutral motivando a las partes para que lo solucionen ellas mismas su problema, con base en los sentidos de igualdad, justicia y beneficio común. Su trabajo es gratuito. El área metropolitana de Bucaramanga cuenta con cerca de 12 conciliadores de equidad, cuya forma de localizarlos generalmente es por medio de las juntas comunales.

Flor María Rojo Pérez, conciliadora en equidad de Girón, asegura que en la región el motivo principal de conflicto son las disputas por arriendos y pago de deudas.

La mujer agrega además que hace falta apoyo para dar a conocer el trabajo de los conciliadores en equidad. “Si se diera a conocer esta figura, hasta muchos feminicidios se podrían evitar”.

Según una encuesta de percepción ciudadana del programa ‘Bucaramanga Cómo Vamos’, el 48% de los encuestado dijo no conocer la conciliación en equidad, 25% tiene una imagen desfavorable y 27% posee un buen concepto de esta forma de resolver conflictos.

El caso del bóxer

Uno de los casos que más se recuerda en el Norte de Bucaramanga es la resolución de conflictos ocurrió en la Casa de Justicia de ese sector y que tuvo como protagonista a un perro de raza bóxer.

La historia comienza cuando una mañana se enfrentaron dos hombres. Resulta que el animal salió de la casa de sus originales dueños y fue a parar a una vivienda del sector. Ellos lo cuidaron por un tiempo hasta que los antiguos propietarios lo descubrieron.

Hubo insultos y amenazas hasta que un buen día, gracias a la intervención de líderes de la comunidad, terminaron en una audiencia de conciliación. Tras varios minutos de charla no se encontraba una solución y cada parte reclamaba la propiedad del animal.

Finalmente se encontró una solución salomónica. Ubicaron al perro en un centro de una habitación. En dos extremos estaban las familias en conflicto. El perro definiría quiénes eran sus legítimos dueños. Le dieron exactamente ocho vueltas para marearlo y luego cada cual empezó a llamarlo por el nombre por el que lo conocía.

El acuerdo de conciliación consistía que para donde se fuera el perro se quedaba en esa casa. Ya no valían los argumentos de las partes. Esta era una decisión del animal y se respetaría. Al final, el bóxer apareció lamiendo los primeros dueños, mientras que la otra familia salió del recinto decepcionada. Uno de los hombres perdedores dijo al marcharse:

- Ese hp perro era de ellos, es que yo les quería joder la vida...

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