Colombia


El miedo no deja que campesinos regresen a Tarazá

Tras el asesinato de tres mineros, los labriegos salieron aterrorizados de sus tierras y no quieren volver por temor a las amenazas de los violentos.

Desde una de las esquinas del coliseo del barrio La Siberia, en el corregimiento el 12 de Tarazá, se ven los cultivos de caucho. Son como gigantes verdes que rodean dos torres altas, blancas y rojas en la montaña de enfrente, las cuales sirven de antenas repetidoras para las señales de celular de este pueblo del Bajo Cauca antioqueño.

Fue en ese bosque de caucho donde el pasado 7 de diciembre Antonio burló la muerte. Mientras Colombia encendía velitas para darle la bienvenida oficial a la Navidad, este campesino de manos callosas por arrancarle a la tierra la papa y la yuca que siembra, esquivaba las balas de los siete hombres que llegaron al caserío agrediendo y disparando sin mediar palabra.

“Me los encontré de frente. Uno de ellos me apuntaba directamente con el fusil mientras me decía ‘por qué estás temblando gran hp’. Yo les dije que cómo no iba a temblar si me estaba apuntando con esa arma, y él me respondió que era que me iban a matar por sapo”, recuerda Antonio.

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Como una bendición caída del cielo fueron las palabras que uno de los hombres armados le dijo al joven que no paraba de apuntarle a Antonio con un fusil AK-47. “Tranquilízate hombre, vamos mejor a hacer la tarea”.

Entonces se fueron hasta la caseta donde se encontraba la comunidad reunida, separaron a uno de los campesinos y lo subieron a la cancha, lo acostaron junto a los dos que ya habían separado de la comunidad y los fusilaron en el piso. Luego tiraron una granada que tumbó el techo, destrozó parte del local que funcionaba como comedor estudiantil y lo agarraron a bala. Las paredes agujereadas son ahora el mejor testigo de un pueblo que desde el sábado se convirtió en fantasma.

Esos recuerdos atormentan a Antonio desde hace cinco días, cada vez que mira el cultivo de caucho ubicado al lado de su pueblo. Piensa en la gente corriendo para escapar de los violentos, en los niños agazapados bajo las camas con un llanto contenido, en lo que dejó en su pueblo solitario.

“Yo por allá no vuelvo. Esa gente dijo que el que volviera se moría, y ellos cumplen sus promesas”, cuenta Antonio mientras se esconde en su hamaca, convertida en su pequeña parcela para vivir.

Llegaron al coliseo

Los gritos de los niños tras el balón son las únicas muestras de alegría para los desplazados de San Antonio. Descalzos y con pantalones cortos, los pequeños se reunieron en la cancha enmallada y como si estuvieran en el escenario deportivo de su vereda, repartieron el juego. “Carlos y María conmigo, Pepe y Juan contigo”... Entre ellos está Jacinto, un pequeño de 12 años de edad al que la guerra ya ha sacado tres veces de su terruño.

Anoche, mientras el frío se metía entre las hendijas, Jacinto le preguntó a su padre por qué habían tenido que dejar su casa. “Lo bueno es que tengo mi perro”, dijo el niño a su padre Jairo, quien no supo que respuesta darle.

Jairo y Jacinto, y su esposa y las otras 157 personas solo tuvieron como opción llegar al coliseo del barrio La Siberia para escapar de la violencia que amenaza su territorio. Llegaron asustados, con lo poco que tenían encima.

En ese espacio instalaron algunas carpas verdes que recibieron cuando fueron afectados por el río Cauca en la emergencia de Hidroituango, pero también pusieron algunas colchonetas donadas por la Alcaldía de Tarazá y guardaron unos pocos víveres de ayudas que han recibido.

Mientras varios adultos conversaban, algunos de los hombres destazaban un cerdo donado por la comunidad para hacer un almuerzo comunitario en un fogón de leña, las mujeres extendían la ropa recién lavada en tenderos improvisados, las mujeres lactantes daban pecho a sus pequeños acostadas en las colchonetas de colores y otros lamentaban el entierro de uno de los jóvenes asesinados por el grupo armado ilegal.

“Puede que no tengamos mucho por acá, pero sí tenemos corazones generosos”, dice uno de los animadores, y prefiere que le digan así porque considera que la palabra líder es ponerles una lápida.

Aunque en el coliseo no son felices, ninguno de los labriegos piensa en el retorno. Dicen que no hay garantías y piensan en la promesa hecha por aquellos hombres de negro: ¡vamos a volver!

No quieren volver

El 14 de enero de 2019, un grupo armado ilegal llegó hasta la vereda San Antonio y les dio una orden perentoria a sus habitantes: “o se van o acabamos hasta con el nido de la perra”.

Aunque en aquella ocasión los violentos no asesinaron a ningún labriego, sí causaron daños en varias propiedades e hicieron una promesa que tardaron 11 meses en cumplir: volvieron, pero esta vez sí causaron dolor a la gente.

El 7 de diciembre, los siete hombres armados con armas largas y vestidos de negro irrumpieron en el caserío y se llevaron a José Albeiro Villada Linares, Remberto Lucas Flórez y Germán de Jesús Betancur López, reconocidos en la zona como tres personas que se ganaban la vida arrancándole pepitas de oro al río Cauca.

“Esta gente lo que quiere es tomarse el corregimiento el 12 y por eso buscan entrar por nuestra vereda, porque es de las más estratégicas para llegar hasta ahí”, dice uno de los campesinos desplazados que, a diferencia de muchos que sueñan con un retorno, no quiere volver a su tierra.

“Ellos nos quitaron los celulares y ahí tienen datos y fotos nuestras. Ya saben quienes son nuestras familias y nos pueden matar”, dijo Antonio, y suspira pensando en su terruño, el mismo que abandonó por miedo y al que no quiere retornar por la última sentencia ilegal: “sencillo, si nos devolvemos, nos matan”.