Colombia


Historias desconocidas detrás del Bicentenario de Independencia

El Ministerio de Educación creó el proyecto ‘Te cuento la Independencia’ con una serie de relatos desarrollados por importantes historiadores y dirigidos a niños y niñas.

COLPRENSA

06 de agosto de 2019 06:19 PM

Han pasado 200 años y aún hay mucho qué contar sobre los hechos ocurridos que generaron la Independencia de Colombia. Para ello, el Ministerio de Educación creó el proyecto ‘Te cuento la Independencia’ con una serie de relatos desarrollados por importantes historiadores y dirigidos a niños y niñas.

Un proyecto soportado por el trabajo, la investigación y los datos recolectados durante años por los historiadores que están siendo difundidas en escuelas y colegios del país, así como en las rondas de cuentos infantiles, en las salas de lectura para niños de las bibliotecas y librerías, en las alcobas de la casa antes de dormir.

EN LA ESCUELA

Es el caso del relato de Óscar Saldarriaga Vélez sobre la escuela en la República de la Nueva Granada, cuando apenas dos escuelas en toda Bogotá, teniendo como novedad el sistema inglés recién importado, donde un solo maestro le puede enseñar hasta a mil niños.

“En Colombia no nacieron primero las escuelas, nacieron primero las universidades, y ellas tenían todo dentro, colegios y escuelas. Allá enseñaban a leer, después el latín y luego las carreras de Derecho y Teología, de donde salían los abogados y los sacerdotes. Todo era para los pocos descendientes de los españoles. Por eso no había escuelas grandes y abiertas, aunque sí había chicos de 10 años que eran universitarios: entraban allá a aprender el alfabeto y la gramática, y ¡ya eran universitarios! Y eso no es todo, los 11 títulos eran de tres grados: bachiller, maestro y doctor. Sí, bachiller no era el que terminaba el colegio, era un universitario que había terminado los dos primeros años de una carrera. Por eso los bachilleres, que eran por lo general blancos sin dinero ni propiedades pero que sabían leer y escribir, iban ganándose la vida escribiendo las peticiones de la gente y los pleitos”, asegura Saldarriaga en su relato.

Otros iban a enseñarles a los hijos de los ricos en sus casas, que andaban de pueblo en pueblo pero no inspiraban mucho respeto.

POR LA CAPITAL

El historiador Jorge Orlando Melo González realiza un recorrido por la Bogotá de aquella época, cercana a los 25 mil habitantes. Todo esto a través de los diarios y relatos que escribieron algunas personas en su momento.

Como en su momento la gente vivía asustada con Napoleón Bonaparte, a quien llamaban tirano francés, que tenía preso al Rey de España y el miedo era que enviara soldados de Francia a conquistar estas tierras. El susto es que si llegan pueden matar a muchos y no respetar la religión.

“En el año de 1814 vino Bolívar y al fin, después de varios días de batalla en los que murieron muchos venezolanos, entró a la ciudad con las tropas que llaman de la ‘Unión’, o del ‘Congreso de las Provincias Unidas’. Primero entraron a Santa Bárbara. Esto se llenó de forasteros del Socorro y Caracas, y muchos eran mulatos o negros. 31 Vi, en 1815, las últimas fiestas para celebrar los cinco años de la ‘transformación’. Entre el 19 y el 24 de julio hubo toros todos los días, misas y muchas comedias. El 20 de julio pude meterme a la del Coliseo: cantó la señora a la que llaman ‘la Cebollino’”, narra Orlando Melo a través del personaje de un niño.

DESDE CARTAGENA

Adelaida Sourdis Nájera se sumerge en la Cartagena de 1810, en un proceso de independencia que se concretó tras múltiples guerras, pues la metrópoli, que no estaba dispuesta a perder las colonias de América, había enviado un gran ejército y muchos barcos para reconquistar las tierras que consideraba suyas.

“Rodeada de altas murallas y castillos de piedra que habían sido construidos mucho tiempo antes para defenderla de piratas y de enemigos que codiciaban las riquezas que desde allí se enviaban a Europa. A su puerto llegaban flotas de muchos barcos procedentes de España, al parecer llegaron a sumar 40, que descargaban mercancías y que luego zarpaban con cargamentos de oro y plata. Cartagena era la Capital de una extensa provincia que llevaba el mismo nombre y cuyo territorio comprendía selvas impenetrables, caudalosos ríos, ciénagas, sabanas y playas que bordeaban el mar”, describe Adelaida Sourdis en su relato.

Para mediados de 1815, la ciudad estaba rodeada por mar y tierra por las naves y las tropas del Rey. A esta encrucijada, que duró muchos meses, se la conoce como el ‘Sitio de Cartagena’. Los cartageneros resistieron con valor mientras les duraron los alimentos. La harina, la yuca, el plátano y el maíz no se conseguían, mucho menos el vino o el aguardiente. Los sufridos habitantes tuvieron que comer cosas que nunca imaginaron: los cueros que se empleaban para fabricar los asientos, los baúles y hasta los zapatos se convirtieron en apetitosos bocados.

El 6 de diciembre de 1815, cuando los realistas finalmente entraron a Cartagena tras 106 días de asedio, la encontraron convertida en ruinas. La guerra dejaba destrucción por todas partes, pues los pueblos y las haciendas eran quemados y los cultivos y ganados arrasados. Algunos se escondieron en los montes, a merced de fieras, culebras venenosas y enjambres de mosquitos que picaban sin compasión, mientras que muchos cartageneros se encerraron.

PUERTAS PARA ADENTRO

María del Pilar López Arismendy se concentra en lo que sucedía en los hogares y en las escuelas, con la historia de José Manuel, un niño que nació en la navidad de 1800. Su familia pertenecía a la clase criolla ilustrada que se vinculó a la causa de la Independencia y que defendía los ideales de Antonio Nariño.

“Las casas eran grandes, con balcones macizos y patios empedrados donde solían permanecer los niños. Aunque no era la primera vez que lo escuchaba, José Manuel volvía a asustarse con el relato de Carretero, un perro sin cabeza que la gente creía que era el demonio. Su nodriza Josefina, una esclava grande y cariñosa que le pertenecía a su padre, le contaba éstas y otras historias de brujas, mohanes, duendes o aparecidos como la patasola o la mula herrada, en la que cabalgaba el demonio en la oscuridad de las noches y cuyos cascos resonaban contra el piso para estremecer de miedo a las mujeres en sus cuartos”, presenta María del Pilar López en su relato.

“Era uno de los pocos niños de su época que tenía el privilegio de asistir a un colegio. En ese entonces, pocas personas sabían leer y escribir y las instrucciones que recibían se las brindaban los padres o personas particulares en las casas, mas no en las escuelas. Su colegio, como todos los de la época, pertenecía a una comunidad religiosa que, además de alfabetizarlo, le enseñaba la doctrina cristiana, los principios de la aritmética y algunas lecciones de historia y geografía.

“Para ir a la escuela, José Manuel incluía en la maleta la Gramática griega, el Nebrija, las Platiquillas, el Masústegui y el Arte explicado, que eran las cartillas con las que sus profesores le enseñaban, un tintero, papel y pluma, pero también un tacón para jugar la golosa, unas bolas, un trompo y alguna ensaladilla o caricatura de alguno de sus compañeros o profesores. Pero estos juguetes tenía que esconderlos con sumo cuidado. Algunas veces debía llevarlos en los bolsillos de la chaqueta o de los pantalones, en el capote, en los forros del sombrero o entre el escapulario, porque si los directores los encontraban, podían reprenderlo”, continúa con su relato.