Carmen Muñoz: ‘Solo quiero que llegue la noche’

06 de julio de 2020 01:45 PM
Carmen Muñoz: ‘Solo quiero que llegue la noche’
//Foto: Cortesía.

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Desde que publicó en 1989, hace treinta años, su libro de cuentos ‘¿Quién no ha besado a Teresa?’, Carmen Victoria Muñoz Morales, nacida en Montería y residenciada en Cartagena de Indias, empezó a tejer con hilos inusitados la trama de un destino a la inversa en la narrativa del Caribe colombiano, escrita por mujeres. No solo historias eróticas o alusivas a las pasiones del cuerpo o del alma, amores con pasaportes ineludibles a los oscuros paraísos o a la luz abisal de los infiernos. La suya es la narrativa que va más allá de contar lo que les pasa a los cuerpos de las mujeres y se adentra en construir una conciencia sobre el ser, el amor, el sexo y la muerte. Una narrativa con ritmos fragmentarios pero coherentes, en los que fluyen destellos de una sensualidad poética que atrapa el color y la vibración del sol sobre el mar de Cartagena de Indias, escenario de su novela ‘Solo quiero que llegue la noche’, culminada poco antes de 2011, en el bicentenario de la Independencia de la ciudad.

(...) Todo lo anterior para subrayar en el espíritu valiente, aguerrido y resistente de Carmen Victoria Muñoz, al seguir el llamado de una vocación temprana por la creación literaria, y descifrar el legado de una de sus maestras, la apasionante novelista norteamericana de intriga, suspenso, misterio y terror, la imprescindible Patricia Highsmith. Devoto del soñador de cronopios, ese gigante incesante que es Julio Cortázar y ese maestro fascinante de la novela negra que es Raymond Chandler.

(...) La fiera dormida está dentro de Laura Martín, la protagonista de la novela ‘Solo quiero que llegue la noche’, que ha publicado Ediciones Exilio, de Hernán Vargascarreño. La protagonista llegó virgen a los veinticinco años, mientras sus amigas de la universidad se burlaban y le tendían trampas para provocar tentaciones. Pero esa fiera que contiene a su propio ángel en disputa está interpelada por Mercedes Dorado, un alter ego o voz de conciencia que la contradice y pasa de personaje de ficción a enfrentarse con la autora, una especie de juez moral o inquisidor de normas y leyes que siempre le evoca al padre imperial ya fallecido, pero que subyace en la memoria de Laura Martín y reaparece en unos intersticios de la novela que la devuelve a la infancia y a descubrir el cuerpo y del amor. Este recurso ingenioso e inquietante de la novela moderna fluye con maestría en esta novela de Carmen Victoria Muñoz. Así como El Quijote es la novela que le ocurre a Alonso Quijano luego de leerla y enloquecerse creyéndose el protagonista de esa novela de caballerías; La Biblia es, a su vez, el libro sagrado que le ocurrió a la humanidad y le seguirá ocurriendo hasta el final, en su capítulo final, el Apocalipsis, según la devoción de sus lectores fieles. Y en el caso de la novela de Carmen Victoria Muñoz, su personaje Mercedes Dorado intenta suplantar la vida de la protagonista Laura Martín y arrebatarle instantes de plenitud, de tentación e, incluso, momentos de confusión ante el temblor de la carne y el miedo a la libertad.

La novela transcurre en escenarios de Cartagena de Indias: la universidad, el parque de San Diego, el Centro Amurallado, el mar, la muralla, los bares de la Media Luna, el apartamento de Rebeca Sáenz, el bar donde asisten los escritores de la ciudad y la cúpula de amigos de Laura Martín, capitaneados por Daniel Cadena, el muchacho pintor prepotente y lujurioso, quien junto a Santiago, que siempre viste de negro y calza botas de vaquero, pretende acostarse con todas las mujeres, entre ellas, con Rebeca Sáenz, quien conoce la sordidez de esas relaciones dañinas y destructivas. El otro escenario es la oficina donde Laura Martín es esa empleada acorralada por el machismo de sus jefes, acusada injustamente de la desaparición de un contrato millonario de la empresa. Absuelta de esa acusación, ella decide renunciar. En la vida de Laura Martín está la memoria de una relación efímera con Andrés, al que vuelve a llamar después de un año de ausencia. Toda la novela es la búsqueda de un placer efímero y profundo que pasa del cuerpo al espíritu y altera la conciencia en los momentos cruciales de tentación, como ese encuentro riesgoso que tiene Rebeca con el alemán Jan-Mark, quien luego de hacer el amor con él, propone acostarse también con Laura Martín. La protagonista se flagela interiormente intentando domesticar a su propia fiera, diciéndose a sí misma que el amor, así como nos exalta, nos envilece y puede convertirnos “en reptiles babosos, pisoteados, lacerados”. Entra en contradicciones y paradojas. Piensa en la belleza y concluye que “a un ser bello no se le debe exigir inteligencia. La belleza exterior debe ir acompañada de algo interior, poderoso, cautivador: el ángel”. Pero ese mismo “miedo al amor es más grande que la fascinación por él”.

Paralelo a las historias de sexo, amor y desamor, se construye una encrucijada entre Laura Martín y Mercedes Dorado, quien en el primer capítulo se cuestiona si luego de dotar a su personaje de alegría, vida, sensualidad y pensamientos, debía narrarla en primera, segunda o tercera persona. La criatura que sale de su mente cobra una vida orgánica dentro de la novela, hasta el punto que Laura Martín decide destruirla, desaparecerla, pero solo al final, ficción y realidad, se entrelazarán de manera magistral y nos devolverán una sorpresa aún mayor: los tacones de Mercedes Dorado en la habitación.

La novela logra con maestría, luego de sumergirse en la oscuridad de la conciencia, que la fiera dormida y atormentada salga de su jaula.

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