“¡Mamá! Pantera Negra se parece a la foto que me mostraste de papá”

25 de febrero de 2018 01:20 AM

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Recordé qué día de la semana era justo antes de cruzar el punto del camino en el que resultaba imposible regresar a casa. Tomé un libro de 667 páginas que había estado leyendo por la tarde y reanudé el camino a la sala de cine más cercana.
La acumulación de personas que saltaba a la vista era suficiente evidencia para anticipar la respuesta de la cajera: “Solo tengo asientos disponibles para la última función”. Encontré una banca que todavía tenía los perfumes mezclados de una amorosa pareja que se alejaba del lugar. Me senté e invoqué a Carlos Ruiz Zafón a mi lado para que me siguiera contando la historia de David Martín mientras esperaba las dos horas que faltaban para la función del estreno de la semana: Pantera Negra. (Tal vez también te interese leer: "Black Panther" despierta moda africana)

Mirar una película con ojo crítico es un ejercicio que había abandonado. Mientras hacía fila para ingresar a la sala pensaba en lo relativamente fácil que puede llegar a ser el trabajo de un escritor que somete a su criterio cosas tan subjetivas y abiertas a interpretación como el cine, la tecnología, la literatura, la moda o cualquier otra cosa que podamos percibir como “real”. Arriesgamos muy poco desde nuestros escritorios redactando una misiva frente al trabajo de otros que sí se arriesgan a levantarse de la silla. Sometemos a un juicio personal un trabajo cuyo valor radica en la percepción individual. Sin embargo, la gente confía en tu criterio y por eso tomé asiento convencido de que mi labor resulta ser un ladrillo más en la defensa para preservar la hermosa y gratificante experiencia humana que significa el descubrimiento de lo nuevo.

El niño del afro

Estaba listo para acribillar la fórmula cinematográfica de Marvel, para encontrar personajes vacíos y estereotipados que se ponen la máscara de la inclusión racial, para bostezar con villanos sin ninguna clase de motivación convincente para enfrentarse al protagonista que funge como modelo perfecto de ética y moral, cuyos pecados e imperfecciones son perdonados con el carisma y/o humor americano.

La película no tardó en silenciar cada una mis predisposiciones negativas. Una situación que pudo resultar en el parto de una de las tantas críticas alabadoras que ha recibido el más nuevo y valiente hijo del universo cinematográfico de Marvel. Sin embargo, mi misión de escribir una crítica pasó a un segundo plano cuando noté que, a un par de sillas de mi puesto, un afro se agitaba en medio de la oscuridad parcial con cada segundo que pasaba de la película. Lo que ocurría con el dueño de tan imponente cabello era mucho más interesante que cualquier cosa que pudiese decir sobre la historia que se presentaba en pantalla.

Era un niño acompañado de su madre, cuya vestimenta angulosa y ceñida me hizo recordar los odiosos uniformes que la burocracia empresarial le impone a sus empleados. En medio de la oscuridad podía notar como la joven madre tomaba al niño del antebrazo en un intento fallido de apagar la llama de una genuina emoción que le impedía quedarse quieto y estar en silencio en un recinto dispuesto para que las personas se sienten por al menos 90 minutos a comer crispetas frente a una pantalla que parece un portal a otra realidad.

Este chico del afro, que parecía tener unos cinco años, no paraba de saltar de la emoción cuando el Rey T’Challa (Pantera Negra) entraba en una de esas espectaculares escenas de acción. En las coreografías de combate le daba ánimos al protagonista como si se tratara de un evento en vivo y cada vez que el héroe hacía una de esas piruetas que desafían las leyes de gravedad, en la sala de cine retumbaba un potente “Yestaaaaaaa” que, para mi sorpresa, hacía reír a carcajadas a una audiencia que solo esperaba reírse con los chistes americanos a los que Hollywood nos tiene acostumbrados. Al notar que el público celebraba tal excitación del pequeño y que ningún siseo anónimo se escuchaba, la madre desistió de sus acciones para que el niño, que llevaba una corona de cabellos enroscados más imponente que el de Chadwick Boseman, guardara la compostura. 

Mi héroe favorito
-Mami, ¿ese es Pantera Negra?
-Sí ese es- susurró la madre.
-¡Mamá! Pantera Negra se parece a la foto que me mostraste de papá- dijo el niño del afro sin medir el volumen de su voz.

Esta fue la conversación que escuché antes de que Pantera Negra se colocara la máscara y saltara al vacío desde su nave para su primera secuencia de acción seguido de un “Woooooooow” que el niño profirió como si hubiese visto la quinta maravilla del universo.

Este fue el momento en que descarté la crítica que tenía pensada. Este fue el momento en el que me di cuenta que no se trataba de otra película más de súper héroes. Este fue el momento en el que me di cuenta que todos los niños afrodescendientes de esta generación tenían, por fin, un referente de color y una representación cultural en el séptimo arte de sus orígenes africanos del cual puedan sentirse orgullosos.

Es claro que esta no es la primera película que hace una apología y homenaje a la cultura africana y la raza negra. Sin embargo, se trata de un filme que apunta a una generación específica que ya no tiene que apoyarse en modelos cinematográficos de piel blanca. Este ya no crecerá admirando un tipo caucásico con la bandera estadounidense impregnada en el atuendo y adoptará el color negro para intentar parecerse a este héroe que combina el progresismo sin dejar de lado sus tradiciones raizales. Estoy casi seguro que cuando sus amigos quieran jugar a Los Vengadores y todos empiecen a pelear por ser el Capitán América o Iron Man… este chico del afro los mirará con desdén sabiendo que él ha escogido al súper héroe más “bacano” que el MCU tiene para ofrecer en este momento: Pantera Negra. Finalmente, un héroe con personajes con el que estos chicos afrodescendientes pueden identificarse. Nace una generación de admiradores de Pantera Negra, un evento que, en mi humilde opinión, puede llegar a ser tan importante como el día en que Obama llegó a la presidencia de un país con tantos problemas de racismo. (Tal vez también te interese leer: El negro color del éxito)

Después de la acostumbrada escena post créditos de Marvel, el niño salió disparado y se escabulló con su madre hacia la salida. Cuando quise darme cuenta ya se había perdido en la multitud de personas que avanzaban hacia destinos inciertos. Quedé con las ganas de pedirle permiso a su madre para entrevistarlo y publicar esta maravillosa experiencia, de preguntarle qué aspiraba ser cuando grande y quiénes eran sus mayores inspiraciones en la vida. Sintiéndome un fracaso como periodista por haberlos perdido, teniéndolos tan cerca, me di cuenta de lo innecesarias que eran esas preguntas después de haber presenciado ese espectáculo. El chico del afro iba a responder, en esencia, exactamente lo mismo a cada pregunta: “Quiero ser como Pantera Negra”.

Epílogo: Mientras salía del cine, escuché otra voz infantil que decía: “papá quiero disfrazarme de Pantera Negra”. Giré mi cabeza esperando encontrar a otro niño con afro y la esperanza de una entrevista volvió a surgir, pero lo que contré me dio a entender, una vez más, lo innescario de mis preguntas. Era una niña caucásica de ojos azules. Me alejé del cine con una sonrisa y una sensación de gran satisfacción en el pecho.

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