Gabo, el genio que dormía sobre rollos de noticias

17 de abril de 2019 06:40 AM
Gabo, el genio que dormía sobre rollos de noticias
Gabriel García Márquez. El germen de su monumental novela Cien Años de Soledad tuvo bosquejos en el joven García Márquez que vivía entre Cartagena y Barranquilla.

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Se quedó mirando los rollos del periódico bajo la luz del amanecer e hizo una cama liviana con las tiras enormes de las noticias internacionales y acomodó su cuerpo, delgado y agotado, en la oficina del director. El jefe de redacción, Clemente Manuel Zabala, se enderezó la boina vasca y le señaló un lugar fresco, bajo la madera antigua del techo. Al salir, el director Domingo López Escauriaza le había preguntado dónde estaba alojado, y él le dijo con una sonrisa: “Aún no tengo dónde”. El director se quedó mirando los pantalones anchos del muchacho y los dientes amarillos de su ansioso fumador, y sintió un desconsuelo paternal. “Quédate en el periódico, mientras resolvemos el asunto”.

Era Gabriel García Márquez, un muchacho de 21 años, delgado, pálido, cabello crespo, de incipiente bigotico negro, receptivo, “de apariencia frágil, pero con una fortaleza interior, que hablaba con mesura y finura y era tan joven que aún despuntaban algunas espinillas en su cara”, recordaba Gustavo Ibarra Merlano.

Gabo, el genio que dormía sobre rollos de noticias

Había llegado de emergencia a la ciudad, como uno de los sobrevivientes del viernes 9 de abril de 1948, y había alcanzado a ver el cuerpo sangrante y agonizante de Jorge Eliécer Gaitán, cuando se lo llevaban para el Hospital Central. La sopa de la pensión donde vivía García Márquez estaba muy cerca, y estaba a punto de almorzar cuando lo supo y salió espantado hacia el lugar del magnicidio. En medio de la ciudad enloquecida y en llamas, el muchacho no alcanzó a salvar los cuentos que estaba escribiendo, porque el fuego los devoró al igual que a la pensión. Sus padres empezaron a llamarlo por teléfono, estaban angustiados en Sucre-Sucre, donde vivían, y él huyó de Bogotá hacia Cartagena, con la esperanza de encontrarse con otro amigo de la pensión.

Todo era tan brutal e incierto que la primera noche en Cartagena, en pleno Estado de Sitio, dos agentes vieron como sospechoso al joven sentado en los escaños del parque Bolívar. Estaban tan hambreados como él y tan urgidos de un cigarrillo, que él se los compartió, comieron juntos en la fonda abierta de La Cueva, en el viejo mercado de la ciudad, cerca al Muelle de los Pegasos. La primera noche en Cartagena, García Márquez durmió en una celda de la cárcel, una que los mismos policías le ofrecieron para que pasara la noche. El novelista y médico Manuel Zapata Olivella, quien en 1947 había publicado con éxito su primera novela ‘Tierra mojada’, con prólogo de Ciro Alegría, lo descubrió en la calle, aún con la ropa del invierno bogotano y los zapatos deplorables y chamuscados de El Bogotazo, y le sugirió que trabajara en el recién inaugurado periódico El Universal, donde estaba su amigo Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción. Cuando Manuel lo llevó a la sede del diario en la calle San Juan de Dios, la sorpresa fue que Clemente Manuel Zabala ya había leído los cuentos que había publicado en el suplemento Sábado, dirigido por su amigo Eduardo Zalamea Borda ‘Ulises’, el autor de la novela ‘Cuatro años a bordo de mí mismo’, que tanto impactó a García Márquez.

En El Universal

El 20 de mayo, Clemente Manuel Zabala lo presentó en una nota de su sección Comentarios, no como un periodista que iniciaba su destino, sino como una promesa cierta de un talento de escritor. Entre mayo a septiembre, no paró de escribir columnas tituladas Punto y Aparte, en la página cuarta del periódico, en el mismo formato de las columnas de opinión, pero las de García Márquez eran una afortunada mezcla de pequeñas crónicas matizadas con su singular agudeza crítica, su olfato poético y su sentido del humor.

El 17 de junio de 1948 se matriculó en la facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena. Es curioso el documento que firmó el joven García Márquez, en donde afirmó ser de “Sucre (Bolívar)”. Firmó como acudiente y como alumno y cuando le preguntaron: ¿A cargo de...?, escribió: “De sí mismo”.

En Cartagena, trabajando con El Universal, vivió los dos años de su mayor pobreza en la ciudad, con intervalos en Barranquilla, desde que Ibarra lo llevó en septiembre a conocer a sus amigos de lo que más tarde se mitificaría como el Grupo de Barranquilla. Y fueron esos amigos quienes le propusieron que se fuera a trabajar a Barranquilla y escribiera en El Heraldo, que le propuso pagarle un poco más, con tal de tenerlo entre los suyos. Pero García Márquez vivió y escribió entre las dos ciudades. Se fue para Barranquilla en diciembre de 1949, pero siguió regresando en breves temporadas a Cartagena, especialmente desde 1951, cuando su familia se vino para esta ciudad. Abandonaron Sucre-Sucre luego del crimen de Cayetano Gentile Chimento (1951), el Santiago Nasar de su novela ‘Crónica de una muerte anunciada’, amigo personal de García Márquez y su familia.

Los García Márquez vivieron en el Pie de La Popa, Lo Amador y más tarde en Manga. Fueron a la vez los años de pobreza para su familia.

La dignidad del genio

Al recordar aquellos años, su amigo Ibarra Merlano veía a un ser desamparado y genial que “jamás se quejó ni prestó nada a nadie. Era profundamente autónomo, muy pulcro, incorruptible, un extraordinario ejemplar humano, casi siempre muy ensimismado, interiorizado”. Tenía una gran madurez intelectual, y era “uno de los temperamentos éticos mejor estructurados del país”.

La primera novela

Ibarra jamás llegó a estar de acuerdo con su amigo en la fecha en que leyó su primera novela. Mientras él decía que era en 1949, García Márquez se aferraba al año 1951. Pero en julio 7 de 1982 reconoció en su columna dominical de El Espectador: “La mitad de mi primera novela la escribí en ese papel en las madrugadas ardientes y olorosas a miel de imprenta del periódico El Universal, de Cartagena, pero luego la continué en el dorso de unos boletines de aduana que estaban impresos en papel áspero y de mucho cuerpo”.

Gabo, el genio que dormía sobre rollos de noticias

¿A qué novela se refiere García Márquez en su nota de 1982? ¿A ‘La casa’ o ‘La hojarasca’? Ibarra leyó los originales de ‘La hojarasca’ que reescribió entre la dos ciudades y le entregó ‘Antígona de Sófocles’ para que analizara el conflicto de poderes que surge en un pueblo ante un cadáver insepulto, y más tarde le entregó ‘A Eurípides y a Esquilo’. La sorpresa de Ibarra fue que el joven García Márquez, de apenas 23 años, con una intuición de adivino, había tenido sin saberlo la misma percepción del más grande trágico de la antigüedad griega. Las sugerencias teológicas que le compartió Ibarra a García Márquez en 1948 y 1949 en Cartagena de Indias, serían recordadas por el escritor cuando escribió ‘Del amor y otros demonios’. García Márquez leería la ‘Suma Teológica’ para descifrar los conflictos espirituales y teológicos de su personaje Cayetano Delaura.

El germen de Cien años...

El germen de su monumental novela ‘Cien años de soledad tuvo bosquejos en el joven García Márquez que vivía entre Cartagena y Barranquilla. Los nombres de Úrsula y el coronel Aureliano Buendía se anticiparon en sus columnas y en los cuentos que empezó a escribir, y en cuatro textos encontrados en las 66 páginas halladas por Jorge García Usta, que hoy son un documento de los inicios del genio literario.

El coronel liberal Francisco Buendía, que enfrentó al régimen conservador en 1895 en Aracataca, fue el primer Buendía que García Márquez escuchó desde niño de los labios de su abuelo Nicolás y su abuela Tranquilina. En Cartagena de Indias tuvo noticias de tres coroneles veteranos de la guerra de los Mil Días, dos de ellos de apellido Buendía. Se trataba de Ramón Buendía, José Manuel Buendía y Aureliano Naudín. Las vidas de dos de esos coroneles, la de Ramón Buendía y Aureliano Naudín, fueron escritas en un pequeño folleto por Antonio María Zapata.

En 1948 Manuel Zapata Olivella le enseñó ese folleto al joven escritor. Junto a la memoria de su abuelo coronel y la suma emocional de todos los coroneles salidos de la misma guerra, García Márquez empezó a construir su personaje obsesivo entre 1948 y 1950. Al evocar a estos coroneles en sus memorias, García Márquez confesó que lo que prevaleció de todos ellos, además del aura mítica de los guerreros, fue el apellido Buendía.

El reportero

García Márquez escribió más de cuarenta notas en El Universal, algunas no las firmó porque formaban parte de la sección Comentarios, en el que participaban a su vez Clemente Manuel Zabala, Héctor Rojas Herazo y Domingo López Escauriaza.

Gabo, el genio que dormía sobre rollos de noticias

En la Universidad de Cartagena, tuvo de profesor a su amigo Mario Alario Di Filippo, el autor de el Diccionario de Costeñismos, publicado en 1964, que definió de manera amplia el significado de la palabra Macondo como árbol, tribu, juego de azar y especie de plátano.

En las noches en el Muelle de los Pegasos, conversando con Clemente Manuel Zabala, el joven García Márquez tuvo noticias de primera mano de la Masacre de las Bananeras, en cuyo informe participó Zabala, quien acompañó a su amigo Jorge Eliécer Gaitán en su investigación sobre la masacre en los pueblos del Magdalena. Ese libro de Gaitán, publicado en 1929, aportó datos precisos de las atrocidades cometidas y las denuncias de los sobrevivientes y familiares de las víctimas. El padre Francisco Angarita, quien bautizó a García Márquez, fue uno de los que se comunicó con Gaitán para contarle detalles de la tragedia.

Epílogo

Detrás de la alta ventana de madera, se colaba el rechinar de los cascos de los caballos sobre el empedrado al amanecer. La cama de papel era fresca y el linotipo en los periódicos olía a madera guardada. García Márquez despertaba con un resplandor de un rayo de luz. Había dormido sobre los rollos de las noticias internacionales. En la vieja casa flotaba al amanecer un olor a café y las ventanas se humedecían con el rocío del mar que salpicaba a pocas cuadras.

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