Entrevista con Alberto Salcedo Ramos sobre su más reciente libro

14 de septiembre de 2015 03:49 PM

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Alberto Salcedo Ramos aspira a que su más reciente libro, ‘Botellas de náufrago’, sea de aquellos que se eligen para llevar a la finca, leer en la hamaca. Sin prisas.

A mí se me ocurre, mejor, una silla, la playa, el mar Caribe. El libro tiene mucho de eso que caracteriza a la región donde nació su autor: un especial interés por el placer, el hedonismo.

- Cuando García Márquez hacía aquella famosa columna de los domingos en El Espectador, siempre se mostraba más interesado en seducir que en convencer.

Para seducir, Salcedo Ramos escribe sobre sus propios placeres: un elogio a la empanada, una balada al mar, la banda sonora de su cumpleaños, viajar, el fútbol, el béisbol, el boxeo, los piropos, Rubén Blades, los juglares, el periodismo, un elogio al patacón, una oda al muñeco de año viejo, amigos como Juan José Hoyos, Leila Guerriero, los camarones al ajillo.

Todo ello en las columnas que ha publicado en periódicos y revistas del país y que ahora están ahí, como un todo delicioso, en ‘Botellas de náufrago’, un libro, también, para tenerlo a la mano en la mesa de noche, en el que además hay crónicas breves, ensayos, perfiles y en general lo que, con suma terquedad, se ha dedicado a hacer Salcedo desde que era un jovencito de 19 años con una máquina de escribir Brother en su poder: contar historias, tirar botellas de náufrago que al principio nadie encontraba y que hoy, en cambio, incluso las buscan en otros continentes.

A partir de este mes sus columnas se publicarán en el suplemento dominical del periódico El Mundo de España.

Alberto, ¿qué quiere decir con el título de este libro, ‘Botellas de náufrago’?

Arrojar botellas de náufrago al mar es un acto propio de ilusos. Crees que alguien las encontrará y de pronto vendrá a rescatarte. Pero la gran verdad, como decía García Márquez, es que al escribir nos dedicamos a una cosa que no se puede ver ni tocar, una cosa que, si se mira bien, no sirve para nada.

La mayoría de las botellas que uno lanza al mar se pierden, no le interesan a nadie. Es una aventura quijotesca.

Hablemos de los temas del libro. Algunas columnas son pequeñas traducciones de la cotidianidad (filosofía de bolsillo como dice Daniel Samper Pizano); otras son semblanzas de juglares, de fotógrafos; de deportistas, hay unas dedicadas al Caribe, al periodismo como oficio, en fin. Como columnista, ¿qué hacer para no caer en la tentación de escribir exclusivamente sobre lo que pasa en el país (Farc, corrupción, etc,) sino, más bien, hacernos reír al recordar las particulares letras de Ricardo Arjona?

Quisiera parecerme a los columnistas que me gustan, que son los versátiles. Tú nunca sabes de qué van a escribir. Los monotemáticos se vuelven previsibles y cansones.

A mí me gusta el columnista que se atreve a apostar por el placer de los lectores, como lo hace Julio César Londoño. Sus textos son siempre piezas hermosamente escritas, en las que nunca vas a encontrar una palabra mal puesta.

Las columnas que se ocupan solo de lo coyuntural son más leídas en el momento, pero al otro día ya se han envejecido.

A propósito, ¿cómo escribe sus columnas Alberto Salcedo Ramos?

La columna es un parto semanal que se vuelve más difícil porque hay horas de cierre en los medios. La columna es una tiranía, porque lo de menos es escribirla. Yo suelo demorarme escribiendo. Sabroso los que pueden escribirla en un par de horas. Ojalá yo pudiera hacer eso.

Hay que pensar en un tema que tenga pertinencia aunque no sea urgente. En Colombia uno empieza la semana con un tema candente que el miércoles ya es visto como un asunto viejo.

Además hay columnistas bien informados que se ocupan con solvencia del hecho del día. Yo prefiero dejarles a ellos los asuntos de coyuntura política. A mí me parece aburridísimo ser uno de los cincuenta columnistas que salen a hablar de lo mismo.

Vuelvo a Julio César Londoño: él puede ocuparse de un hecho coyuntural desde una perspectiva más amplia, porque ve el contexto con su agudeza y además su columna no se envejece porque está muy bien escrita.

Resumiendo, te podría responder que una columna son tres momentos: identificar el tema, saber qué quiero decir sobre ese tema y escribir.

¿Por qué los grandes cronistas han vuelto a los periódicos, se han dedicado a cultivar sobre todo la nota ligera, ese género literario de extensión breve que puede tratar temas tan aparentemente insignificantes pero tan cercanos y a la larga fundamentales para todos?

Quizá porque pensamos que la nota ligera es menos ligera de lo que se cree. Es un género que permite interactuar con la realidad más allá de lo urgente.

Yo no tenía pensado hacer eso. Sin embargo Ernesto McCausland, cuando era editor de El Heraldo, me ofreció un espacio semanal y ahí empezó la historia.

¿Riñe de alguna manera el oficio del columnista con el del cronista? Me refiero sobre todo a dos asuntos: tiempo y espacio.

Cuando hago crónicas o cuando hago columnas, soy periodista. No veo conflicto entre las dos actividades porque ambas pertenecen al oficio.

El columnista está expuesto: no falta el que a través de la sección de comentarios de la web insulte, critique, ataque desde el anonimato.¿Cómo es su relación con los lectores en ese sentido? ¿Lo han lastimado?

Siempre hay lectores dispuestos a mentarnos la madre. Hay que aprender a convivir con ellos pues son parte del paisaje. Además, en este país histérico y de gente que tiene bajos niveles de comprensión de lectura, los lectores suelen leer lo que les da la gana, que generalmente es algo que uno no ha dicho.

¿Cuál debería ser, por cierto, la ética de todo columnista?

A los reporteros se les exige que no establezcan relaciones de dependencia económica con sus fuentes, pues eso es antiético. Pero me sorprende que haya tantos columnistas, que ahora se hacen llamar pomposamente “líderes de opinión”, contratados por dependencias a las cuales deben referirse algunas veces en sus columnas. Eso es, por lo menos, indelicado.

Hay columnistas que son abogados y litigan en sus columnas, hay otros que tienen jugosos contratos con entidades oficiales y ni siquiera tienen la decencia de informar a sus lectores sobre estos conflictos de intereses. La opinión es libre pero debe ser responsable. O eres columnista o eres asesor de un funcionario público. Las dos actividades son incompatibles.

Hablando de buenos columnistas, entonces, ¿a quiénes lee Alberto Salcedo Ramos?

Te advierto que son muchos, pero solo te voy a nombrar a dos para no armar una lista injusta: Julio César Londoño y el argentino Pedro Mairal.

Para finalizar, y volviendo a ‘Botellas de náufrago’, ¿cómo definir el libro? Una antología de notas ligeras, o en realidad siguen siendo crónicas, textos narrativos que piensan?

La materia prima de este libro no solo está compuesta por columnas. También hay ensayos sobre fiestas populares del país y crónicas. Los textos están organizados en unidades temáticas. A estas alturas yo no veo ‘Botellas de náufrago’ como una suma de columnas sino como un libro. Aspiraría a que mereciera ser leído sin prisas en una hamaca.

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