Cultural


Ernesto Taborda Herrera se fue en la plenitud de su vida

Es muy difícil escribir sobre un amigo y compañero que acaba de morir en la plenitud de su vida, pero lo haremos porque Tabo, como le decíamos, lo merece.

EL UNIVERSAL

11 de junio de 2020 07:20 AM

Bajo el impacto devastador de esta partida que enluta al periodismo regional y nacional, y a toda su familia y amigos, compartiremos varias facetas de Ernesto Taborda, el compañero, el amigo y el cronista, con nuestros lectores. (Lea también: ¡Adiós, Taborda! Fallece nuestro compañero de El Universal)

Gustavo Tatis Guerra.

Estamos ante un periodista que clandestinamente escribía literatura, componía canciones de salsa, promovía la música antillana, y era apasionado lector de literatura. Empecemos por el periodismo. A Ernesto, que había sido editor político del diario El Universal y estuvo al frente de otras áreas de la información en el diario, le fascinaban los reportajes intensos, investigativos, la lectura de los periodistas norteamericanos de la generación del Nuevo Periodismo y los periodistas que tenían la doble experiencia del periodismo ficción y no ficción, entre ellos, Gay Talese, Truman Capote, Norman Mailer, para citar algunos de ellos. Era un buen lector de literatura, de cuentos y novelas. Encantado con los cuentos de Ernest Hemingway, Horacio Quiroga Anton Chejov, Julio Cortázar, entre otros. Con su hermano, Gary Gassan, mantuvo una cercanía con muchos escritores locales como el profesor Santiago Colorado, Jorge García Usta, para citar dos de ellos. Su pasión secreta era también la escritura, aunque mantenía en reserva sus propios cuentos y poemas.

Ernesto era un profesional de su oficio. Disciplinado y consagrado, que le tocó escuchar como editor político las distintas vertientes de la realidad local y asumir con neutralidad, pensando en el ciudadano, el desarrollo de las noticias controversiales sobre la política. Al margen de ello, tenía una coherencia y una visión personal sobre la realidad cartagenera, que no siempre compartía. Los episodios de la ciudad tan novelescos en sus maravillas, horrores y desaciertos, le parecían dignos de una novela por escribir. Admiraba a aquellos columnistas que, como Óscar Collazos, hacían pública sus interpretaciones de la realidad local, nacional y mundial. Uno de los rasgos perdurables y ejemplarizantes de Ernesto es su enfoque ciudadano de las noticias. No solo consultaba a la gente, sino que, además, estaba pendiente de fenómenos sociales, políticos y culturales que se daban en la comunidad.

Juliana De Ávila Romero.

Cuando llegué al periódico, hace ya siete años, recuerdo que en la redacción era ‘Taborda’ el editor de Política. De una decidí, no sé por qué, que para mí sería Ernesto. Así que, a diferencia del resto, siempre me refería a él por su nombre y los diminutivos típicos de este lado del mundo, en este caso: Erniiii. Y es que estaba tan afianzado su apellido en la redacción, que en mi primera reunión de portada, después de decir su tema para el día siguiente, mencioné su nombre y todos me miraron con cara de: ¿Quién? Así que me tocó decirlo completo: Ernesto Taborda.

Siempre llegó tarde. Y yo siempre tenía lista una excusa para nuestros superiores. El carro, un malestar, que estaba trabajando en adelantos, lo que sea para salvarle el día. Él lo sabía y siempre recurría a mí, incluso cuando le asignaban un tema que le parecía ‘muy exagerado’ y él prefería hacerlo a su manera. “Mira, Juliana, quieren que...” y me explicaba en detalle lo que pensaba. Era muy inteligente y sabía de todo, hasta de lo que no creías. Arte, música, literatura, arquitectura, historia, solo debías preguntar y decirle que su tema para fin de semana podía ser lo que él quisiera y te sorprendía con una obra maestra. Pero aunque fuera un gran texto, y él lo supiera, prefería que no lo halagaran demasiado. Si le decías lo bueno que había quedado, comenzaba a explicarte de dónde salió la historia o te decía “ah, sí”, y te daba esa sonrisa tímida que usaba hasta para las fotos sociales.

Erni, nos quedamos con demasiado pendiente. Nos faltaron demasiadas noticias por cubrir, canciones por cantar a dúo y esa reunión que tanto prometimos que tendrían Ernesto Jesús y Nicolás, y todos los hijos de nuestros amigos. Me quedo con demasiado pendiente...

Julie Parra Benítez.

Esa tarde agitada en la redacción del periódico El Universal, mientras todos se afanaban por cerrar sus páginas, hubo espacio para aplaudirlo. Él salía airoso de su jornada con una sonrisa. Yo estaba recién llegada al diario y no comprendí la fugaz celebración, pero bastaron pocos días para entenderlo: Tabo siempre era el último en cerrar sus páginas, tanto que la mayoría de las veces era el editor nocturno quien terminaba revisando sus notas y por más que se inventaran estrategias para quitarle esa “mala costumbre”, él tenía sus razones. Varias veces le tocó devolverse porque ocurría algo a última hora.

No recuerdo con exactitud en qué momento nos hicimos tan cercanos. Y hoy que medito sobre tu partida y nuestra amistad, me doy cuenta de que por alguna extraña razón siempre nos buscábamos para hablar sobre nuestros problemas familiares y económicos. Rara vez compartimos en una fiesta o reunión extra laboral diferente a los almuerzos a los que íbamos cuando alguien del periódico cumplía, pero siempre que sentía la necesidad de desahogarse me ofrecía un chance en su carro, en el que casi siempre mantenía sintonizada una reconocida emisora de música romántica, a pesar de su bien sabido gusto por la salsa.

“Julie, mi cariño te saluda. Aquí a la orden para hablar te cuidas”, me escribió cuando comenzó el aislamiento.

Agradezco a la vida haberlo conocido, por confiar en mí y por brindarme su hombro. “Te tengo un cuento”, así solía decirme cada vez que quería hablar conmigo. Hace dos semanas me lo escribió por chat y acordamos hablar ese mismo día en la noche. Hoy me arrepiento de no haberle insistido. Gracias por ser tan buen amigo, para mí y para muchos.

Samuel Álvarez.

Compa, me pidieron que le escribiera unas palabras. Pero ya me lo imagino a usted, con su pañuelo secando su cara y diciendo: “Y esa vaina para qué. Es que se inventan unas vainas”... y muerto de la ‘R’...

Me tocó. Y ríase si quiere. Pero carajo, lo que menos me imaginé en esta vida era tener que escribirlas para que se las llevara. Pero grato saber que con personas como usted, quienes andamos en este campo del periodismo aprendíamos algo cuando nos sentábamos a hablar de cualquier tema.

Y es que un día, me acuerdo yo, que en nuestras tertulias diarias de almuerzo en la sede del periódico (no pelábamos una), le dije que por qué usted sabía de todos los temas, no se le escapaba media. Su respuesta fue corta pero certera: “Es que uno tiene que instruirse para que no nos cojan fuera de base”.

Y es que ese era mi llave, mi amigo y hermano Ernesto Taborda Herrera. Hablaba de música, cualquiera fuera su género, de muchos libros que recomendaba para leer; de política, lo que era su fuerte, tenía claro el rumbo de la ciudad y me podría atrever a decir que Tabo era una autoridad para poder consultarlo sobre el rumbo de esta Cartagena, ciudad que amaba mucho. Le dolía lo que pasa con La Fantástica. Béisbol, fútbol, boxeo, también hablaba de deportes.

Tal vez por eso se dio a conocer y es por eso que hoy nos duele tu partida compadre. Anécdotas, muchas para contar, daba hasta risa cuando se le salía la piedra, quizás muchos no te vieron así. Pero sí, a Tabo se le volaba también. Hablar de usted, con ese don de gente, le daría a uno para escribir largo. Pero que bueno encontrar a personas como usted en el camino, de un gran corazón, noble, bondadoso.

Bueno, como decías tu cuando me dabas el chance en tu camioneta, popularmente conocida como La Consentida... “Llego hasta aquí”. Hermano mío, buen viaje. Y sí, compa, aunque usted no lo crea, lo vamos a extrañar.

Rubén Darío Álvarez P.

Son varias las cosas que nunca olvidaré de Taborda. Aparte de sus camisas mangas largas y sus zapatos de tacón alto, me impresionaban su formación cultural, el estar bien informado de casi todo y esa capacidad de socialización, que le permitía relacionarse con gente de todos los estratos y condiciones intelectuales. Más de una vez soltamos la carcajada cuando quería hablarle de algún personaje de las zonas populares de Cartagena --o de los sectores exclusivos-- y él resultaba conociéndolo mucho más que yo. Las primeras lecciones que recibí sobre el rock en español, que se estaba cultivando en la América Latina de los 90, me las dio Taborda; y por él supe que existían los escabrosos cuentos de Charles Bukowski y el pop art de Andy Warhol. Su abundante conversación e ingenio para la broma inteligente eran poco comunes entre la gente de nuestro gremio. Ayer en la mañana, cuando su sobrina me escribió por el Facebook avisándome de su deceso, pensé que era otra de las bromas que Taborda solía mandarme al teléfono celular. Pero cuánto me hubiera gustado que también hubiese sido una tomadura de pelo de la sobrina. Una chanza macabra, pero hubiera sido mil veces mejor.

Adriana De la Cruz.

Te hiciste periodista a pulso y eras uno de los mejores. Fue tu sueño ser periodista y lo lograste. Acucioso, prudente, respetuoso, caballero, siempre con una mirada amplia. Es un placer leerte, le aportaste mucho al periodismo y tus letras quedarán por siempre, ellas serán nuestro refugio para los días en que se sienta más tu ausencia.

Siempre dispuesto a ayudar a quien lo solicitara o lo necesitara. Te regías por un inmenso amor hacia lo que hacías y hacia tus amigos y familiares. Fuiste el mejor amigo que tuve, el que no pedí, el que no merecía.

Es lindo ver cómo todos reconocen tu talento, tu caballerosidad, tu profesionalismo, tu entrega. Todos te querían, todos te quieren, a todos nos dueles hoy. Quizás nos hizo falta decírtelo más a menudo.

Me cuidaste como un papá, me quisiste como un hermano y me acompañaste en cada paso y hoy te digo adiós en mis oraciones, sabiendo que te marchas con miedo a lo que hoy vivimos, pero con la certeza de que amaste sin medidas y te quedas siempre en nuestros corazones.

Javier Ramos Zambrano.

Si algo caracterizaba a Taborda, era la prudencia, dentro y fuera de la sala de redacción. Sabía darle la pausa necesaria que requieren ruidosas informaciones, entendía plenamente el compromiso como periodista para buscar la verdad. Paciente al hablar, así como medía cada letra al escribir. Artista, con un talento para componer, cantar y dedicar frases en cada cumpleaños de sus compañeros. Además de conocer a plenitud el mundo político de Cartagena, tenía varias facetas, escribía de historia, cultura y sobre todo, de la salsa que lleva en el corazón. Lo extrañaremos.

Carlos Caballero Villa.

Se fue un compañero de trabajo ejemplar, con tremendas cualidades humanas, inteligente y poseedor de una gran pluma. No solo tenías el don para escribir muy bien y con gran conocimiento de política. No. También conocías muchísimo sobre la problemática de la ciudad y de las causas de cada situación. Amaste a Cartagena y luchaste por ella, siempre te dolió cada golpe que recibió La Heroica. Fuiste un tipo culto, amable, educado y con una altura única a la hora de debatir cada tema. Buen viaje, Tabo, Dios te llamó, ve con Él.

Laura Anaya Garrido.

A “Tabordeishon” -así le decía yo- lo recordaré por su sonrisa, por ser un hombre increíblemente galante y respetuoso, por su amor a la salsa y por esa peculiar forma de despedir a todo el que salía de la Redacción: “¡Que te mejores!”, decía siempre y reía. ¡Y todos reíamos! Siempre tenía un tema en mente para Facetas, alguna crónica interesante e intensa, alguna historia de la política, de música o de fantasmas, de lo que fuera, siempre le quedaba bien y siempre demoraba días en una campaña de expectativa: “Te tengo un tema, pero te lo diré cuando lo concrete”, me decía siempre. Y yo esperaba. Y él cumplía. Te faltaron muchas crónicas por regalarme y por regalarnos, “Tabordeishon”, pero afortunadamente siempre nos quedará tu sonrisa.

Andrés Frías Utria.

Duro golpe al mentón. Quiero pensar que es un sueño, que es mentira, que es una noticia falsa. Pero no, desafortunadamente sí, Dios lo llamó.

Qué dolor infinito siento por la muerte repentina de mi compañero y amigo Ernesto Taborda Herrera; creo que todos mis compañeros de redacción del periódico están como yo en shock, impávidos, ante nefasta noticia.

Que dolor tan brutal nos dejas en un momento de unión de toda la redacción, por querer sacar un periódico excepcional, que le guste a la gente y que lo digiera a placer en esta situación por la que atraviesa el mundo por el COVID-19.

Su muerte
Ernesto trabajó durante casi diez años en este diario, tiempo en el que se encargó de cubrir noticias locales, política y escribir ocasionalmente crónicas. Le sobrevive un hijo pequeño. Falleció en la mañana de ayer en su casa. Sus familiares contaron que padecía neumonía pero no quiso tratarse en una clínica por miedo a contraer el COVID-19, pero se complicó y sufrió un ataque cardiaco que lo llevó a la muerte. Las autoridades realizan las pruebas pertinentes para comprobar si esa neumonía fue causada o no por el nuevo coronavirus.