Las esculturas de María Mercedes Rozo

11 de septiembre de 2012 12:01 AM

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Parecen olas a punto de elevarse. La escultura es una música congelada en el tiempo, pero estas de María Mercedes Rozo tienen el privilegio de percibirse como vibraciones de luz, como olas incesantes. Evocan en momentos la obra de Omar Rayo en la concepción geométrica, pero van más allá: hay ritmo y armonía, sutileza y calidez en el blanco y negro.
Esta diseñadora industrial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, viene explorando el metal en estos ensamblajes desde hace cuatro años. El guiño evidente al arte óptico del maestro Rayo busca otros senderos en el aluminio, el caucho, el hierro pintado, logrando en los ensambles geometrías intimistas. Ante la obra “Puerta a los sueños”, la artista confiesa que en esas formas sencillas está resuelta la complejidad del ser humano. En un círculo, en un triángulo, en un cuadrado.
Su desafío ha sido convertir el acero en un material cálido.
Se destacan entre las obras expuestas, las esculturas “Abrazo”, “Contra el tiempo”, “Huella”, entre otras. La artista ve en sus propias esculturas y ensamblajes metáforas de las relaciones humanas.
“La felicidad no está en lo complejo sino en lo básico y elemental”. Si:  en ese instante que al ser cuidado puede salvar el resto de los días y las noches del ser humano. Curioso que en un mismo día haya escuchado tantas frases sobre la fragilidad del ser. Sabiéndote efímero, vive como si fueras a ser eterno, decía Leonardo Da Vinci, una sentencia que solía repetir el poeta Héctor Rojas Herazo. Patricia, su hija, volvió a recordarlo. Y ahora frente a la escultora, una de las reflexiones antes de la lluvia, ha sido lo efímero de la existencia. Será también porque en estos días se nos han ido muchos de nuestros amigos. Con el sigilo de quien cruza una puerta.
Las veo agigantadas y en gran formato en los espacios urbanos, especialmente en una ciudad como Cartagena de Indias con tantos espacios humanos en conflicto, donde el pasado colonial y esclavista, aún siguen doliendo y repitiéndose de otras maneras.
Esculturas monumentales que jueguen a lo que no hemos podido ser en estas ciudades fragmentadas: ciudadanos en armonía en medio de las diferencias.
En esta obra de María Mercedes Rozo hay un juego estético entre calidez y frialdad, ritmo y balance, delicadeza y rigidez, movimientos que semejan la música de un tejido, la sensibilidad de un abrazo, el misterio de una pisada.

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