Lo que nos deja Satoko Tamura

23 de enero de 2020 08:32 AM
Lo que nos deja Satoko Tamura
Satoko Tamura, durante una de sus visitas a Cartagena.

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Acaba de partir a sus 72 años Satoko Tamura (1947-2020), la traductora japonesa de García Márquez, la poeta y ensayista especializada en literatura hispanoamericana.

Tradujo además a Vargas Llosa, Juan Gelman, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y otros escritores de América Latina. Escribió su ensayo: ‘Caminar por Cien años de soledad, un cuarto de siglo con Gabriel García Márquez’.

Satoko concedió varias entrevistas a El Universal en los últimos quince años. Siempre que venía a Cartagena incluía en su agenda un encuentro en el diario. La última entrevista fue en 2018.

Nació en Wakayama, Japón, en 1947, y recorrió cada uno de los paisajes recónditos de los puntos cardinales del Caribe colombiano, para conocer de cerca a Macondo.

Los dos paisajes más impresionantes para ella fueron la alta Guajira de las rancherías de los wayuus, en donde están los ancestros maternos de García Márquez; y la Mojana sucreña de los ancestros paternos del escritor. También le impactó Palenque, porque llegó en los funerales de un campesino y en pleno entierro se desgajó un aguacero. La acompañó Lucho Colombia.

(Lea aquí: Murió Satoko Tamura, la japonesa que investigaba la obra de García Márquez)

Satoko quiso traducir ‘Cien años de soledad’, pero se le adelantó en 1972 el profesor japonés Tadashi Tsuzumi, quien, según ella, hizo una pésima traducción y luego hizo una segunda y más tarde, una tercera. Pero la traducción no tuvo los lectores esperados sino en la tercera edición.

Satoko aprendió a comer todo lo que aparece en las novelas y cuentos de García Márquez, le encantaban los sancochos, los patacones, las empanadas con huevo y los ajiacos santafereños. Tradujo a Jorge Franco y Juan Gabriel Vásquez, al que consideraba uno de los mejores escritores de Colombia. Y tradujo ‘Cinco esquinas’ y ‘El paraíso en la otra esquina’, de Mario Vargas Llosa.

Satoko se despertaba muy temprano y empezaba a escribir a las 7 de la mañana, era jubilada como profesora emérita de la Universidad de Teikyo.

“Lo que más quiero ahora es sentarme a escribir los poemas del corazón, seguir haciendo traducciones y escribir ensayos”, nos dijo la última vez. Nos regaló la antología de sus poemas traducidos por Juan Gelman y Jorge Boccanera. Uno de sus poemas estaba a dedicado a Borges, a quien conoció en Japón. Satoko salía a pasear bajo el cielo japonés con su enorme perro, un labrador de color negro que ella bautizó como Guapo. Nunca le faltaba el café en la mañana. Almorzaba y proseguía con la escritura o la lectura, de 3 a 6 de la tarde. En la noche miraba los noticieros. Se acostaba a las 11 de la noche. Iba dos veces a la semana al gimnasio. Casi vegetariana, comía pescados y mariscos.

Satoko me dijo que no le tenía miedo a nada, y mucho menos a la muerte. Hace poco murió su esposo.

(Lea aquí: Satoko Tamura vive en Macondo)

“La muerte puede ser una amiga”, me dijo sonriendo. Luego de varios meses de trabajo excesivo, de viajes y conferencias por el mundo, fue donde el médico y él le dijo que debía revisar su corazón. Encontró algo en una válvula, pero ya todo parecía estar bajo control. Murió de cáncer de mama.

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