Los tesoros de Gloria Triana

11 de agosto de 2015 12:00 AM

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Está sentada en su apartamento de Bocagrande y el mar  se presiente detrás de la ventana.  Al recibir la noticia del Premio Vida y obra del Ministerio de Cultura 2015 en compañía de la cantadora Petrona Martínez, dice sentir una doble sensación, de satisfacción y a la vez de nostalgia, porque los reconocimientos nacionales se parecen mucho a las despedidas, “pero yo no he parado de trabajar por la cultura popular del Caribe y el país”.

Ha cumplido 75 años pero se los guarda muy bien, con su gracia, su elegancia y su vitalismo por las manifestaciones tradicionales y ancestrales de la cultura colombiana. Toda su casa es una síntesis estética, delicada, exquisita, de todo el país en el último siglo. Junto a las pinturas de aguateras que bajan de la montaña tolimense pintado por su padre Jorge Alí Triana, están las pinturas primitivistas de Marcial Alegría,  tallas en madera, cerámicas y vitrales, y objetos de arte de los rincones más secretos del país.

“Cuando empecé a estudiar en la Universidad Nacional de Colombia en los años 60, me encontré con unos profesores providenciales: El Cura Camilo Torres, Orlando Fals Borda, Virginia Gutiérrez de Pineda, Ernesto Woolf, que eran los más brillantes de las ciencias sociales y habían puesto a mirar el país desde la academia.

El cardenal de aquel entonces le prohibió a Camilo Torres dictar clases si seguía vinculado a la política y al movimiento Frente Unido, así que nos tocó a los catorce alumnos ir a recibir sus clases de manera clandestina en su casa de la carrera 13 con calle 46, en donde él vivía con su mamá.

y salíamos de su casa con mucho misterio para no ser vistos. A mis diecinueve años trabajé en asuntos indígenas con el ministerio de Gobierno, y mi tesis de grado que ha desaparecido fue sobre La tenencia de la tierra en el Cauca. Allí hice trabajo de campo con afrodescendientes e indígenas”.

En la Universidad Nacional de Colombia se graduó como Antropóloga y Socióloga y ejerció la docencia durante veinte años. Su padre estudió en México y vivió el esplendor del influjo de los muralistas, pero a su regreso al país, fue permeado por nuevas realidades culturales, entre ellas, sus hallazgos como documentalista  de las expresiones musicales y dancísticas de las diversas regiones de Colombia.
 

La revelación de Totó
El detonante de todo ocurrió en 1970 al ver y escuchar por primera vez a la cantadora Sonia Basanta (Totó La  Momposina).

“La casa de Totó era el verdadero consulado musical del Caribe. Allí se reunían todos los fines de semana la colonia del Caribe, con todos sus músicos. Fue allí donde conocí a los acordeoneros, a los gaiteros, a los cañamilleros. Conocí a Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales. Fue en esa casa donde conocí a los protagonistas de mis películas. Luego, acompañé a Totó a recorrer 11 poblaciones de la Depresión Momposina. Llegamos a Altos del Rosario y cuatro mujeres nos esperaron, y una de ellas nos dijo que sabía que vendrían dos mujeres, una morena y una rubia al pueblo, como si alguien se lo hubiera dicho en el sueño. Una de esas mujeres era Agripina Echeverry. A raíz de esos viajes, Colcultura empezó a interesarse por los festivales folclóricos, y creó la oficina de Festivales y Folclor.

"Creo que esa nueva visión cultural del país fue impactada por el pensamiento de Ernesto García Canclini y Jesús Martín Barbero. Hasta el año 2000 esas expresiones de la cultura popular que habían sido ignoradas y despreciadas, empezaron a cobrar un nuevo status, como manifestaciones del patrimonio inmaterial. Me llamaron a dirigir Noches de Colombia, que todos los sábados, en el Teatro Colón, se convirtió en el espacio de promoción de la cultura regional y nacional. Las colas eran enormes y el auditorio se llenaba. Se transmitía en directo.

"Allí presenté por primera vez a las cantadoras de alabaos y currulaos del Pacífico, a las cantadoras de Arboletes, Altos del Rosario y Guapi (Cauca), a los músicos de Palenque y San Andrés. Con Procultura y Colcultura se editaron discos sobre esta música, acompañados de folletos. Todo esto culminó con la más grande misión de escoger la delegación folclórica que acompañaría en diciembre de 1982 a Gabriel García Márquez, a recibir el Premio Nobel de Literatura. Fue dictando clases y viendo a los antropólogos norteamericanos que explicaban sus clases acompañándose de documentales de culturas en el mundo, como se me ocurrió la idea de hacer documentales sobre cultura ancestral y tradicional colombiana. Presenté el libreto a Audiovisuales parea hacer una serie llamada Yuruparí, que se emitió desde 1983 a 1986. Recorrimos todos los rincones del país. Hace poco fui a San Martín de Loba, tenía tantos años de no ir y la gente me recibió como si nunca me hubiera ido. Me ha ocurrido ahora con el premio, que gente muy joven, que incluso eran niños o niñas cuando se emitía Yuruparí y Aluna, no se desprendían del televisor, viendo la memoria regional viva”.

Una tarea inagotable
Su tarea no se ha detenido. Mucho antes de la Constitución del 91, ella se anticipó a los acontecimientos sociales y culturales al proponer una inclusión de las minorías étnicas  en la vida cultural del país, a través de su trabajo como documentalista. Fue artífice de las Jornadas de Cultura Popular en todo el país, del cual hay un libro “Aluna” y una intensa  documentación y memoria audiovisual. Fue iniciadora de encuentros culturales en zonas de conflicto y de grupos que se desmovilizaban en los años noventa.   Ha sido diplomática en Venezuela, junto a la ex ministra de Cultura Araceli Morales, ha coordinado el Festival de Artes Escénicas del Gran Caribe en Cartagena, fue la impulsadora de la declaratoria de Patrimonio Cultural de la Nación de los Cuadros Vivos en Galeras, que la declaró Hija Adoptiva de Galeras y Gestora Cultural dela Nación . Es asesora en la actualidad el Salón  de Arte Popular, convocado por la Fundación BAT Colombia. En la actualidad prepara un documental sobre lo que ocurrió aquel 10 de diciembre en Estocolmo en 1982, cuando García Márquez recibió el Premio Nobel.
 

El dolor de Cartagena
Está triste porque en Cartagena no hay ni hubo dolientes para seguir haciendo el Festival de las Artes Escénicas que era gratuito. Está triste porque en Cartagena, una ciudad fragmentada y racista, en vez de posicionar su música como ocurrió en Cali  con su salsa, está prohibiendo con el mismo lenguaje inquisitorial de la Colonia, las expresiones afrocolombianas como la Champeta. Se levanta de su silla. Hay muchos secretos por contar de Gloria Triana.
 

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