"No soy un oficinista de la escritura. Escribo todos los días": Gustavo Arango

17 de julio de 2015 12:00 AM

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La vida es única, las experiencias son riquezas. No hay que cerrar los ojos, hay que ver, sentir, oler. Apreciar cada cosa. Esto lo lleva a concluir que la reserva de usanzas, es como un embalse de agua que se va nutriendo mediante imágenes y sensaciones. El amor, el paisaje, el dolor, la tristeza. Todo eso se va guardando, y, él sabe que eso sirve para traducirlo después con su propio lenguaje. Como persona que escribe, siente que todas las experiencias son materia prima de la escritura. Por eso, abre sus antenas para ser más receptivo. Así va narrando Gustavo Arango, en un rincón del Centro amurallado, apartes de su vida. Su cara de niño grande, su energía de adolescente y la madurez de un camino recorrido a fuerza de voluntad, disciplina, responsabilidad y gusto por lo que hace; logra que pueda atrapar sus palabras a través de la luz de sus ojos.

Es curioso, cuando niño no hablaba con nadie de literatura. En sus libros, tiene un nombre: El vendedor de fantasías. Su padre siempre llevaba libros a casa. Nunca le dijo que leyera esto o aquello, pero siempre llegaba con uno y lo ponía en un estante. Jamás le dijo que leer valía la pena, pero dejó allí el anzuelo  y él lo  mordió, a la edad  diez años. Había una colección en aquella época: La biblioteca básica Salvat. Entonces, leía a Mark Twain, Julio Verne, Daniel Defoe. Le gustaban mucho los libros de aventuras. Ahí empezó la fiebre y fascinación por los libros. Más adelante, descubrió que en su familia  si había escritores. Un tío abuelo muy loco, escribía cosas sobre los astros, del átomo. Todos consideraban que estaba chiflado. Entre los suyos, se decía que quien leía, enloquecía. Razón por la cual, su madre vivía preocupada porque Gustavo leía mucho. Desde el principio, fueron tanto una pasión como vocación muy temprana y clara.

Escribió su primer cuento a los trece o catorce años. Lo mandó a un concurso y no ganó. Decía que los jurados eran malos, que no entendían, pero no se desanimó. Siguió la fiebre. Continuó escribiendo cuentos en el cuaderno del colegio y los mostraba a sus compañeros, para ver qué efecto producían en ellos. A la hora de decidir cuál carrera quería estudiar, veía que los escritores antiguos estudiaban Derecho; pero se dio cuenta que algunos habían sido periodistas. En ese momento, empezaba el auge de las carreras de Comunicación Social y Periodismo. Entonces, pensó que no iba a memorizar códigos ni a litigar. Se decidió por la Comunicación Social, pero con la intención de hacer periodismo y ser escritor.

Cree que fue una decisión muy afortunada, porque la Comunicación Social le brindó un panorama muy amplio. Hizo radio, cine, televisión; escribió guiones, crónicas y textos de opinión. Mientras estaba estudiando, tuvo cantidad de experiencias muy ricas, por lo que la pasión por escribir estaba germinando en un terreno muy abonado.

Piensa que el momento en que sintió y decidió ser escritor, fue cuando hizo la tesis de grado, sobre una biografía de Julio Cortázar. Más tarde, se dio cuenta de que era la primera biografía que se hacía de él: “Un tal Cortázar”. La escribió dos años después de su muerte en 1986. La universidad se la publicó. Cuando terminó el libro, tenía la claridad de que iba a escribir y  a pasar el resto de su existencia escribiendo.

Cuando niño, lo primero que sentía al leer, era una conexión con las personas que escribieron los libros. Un encuentro de amigos que vivieron hace doscientos y quinientos años. Es decir, esa conexión espiritual surge de los libros. Sonríe pícaramente, diciendo que aspira que sus libros se lean y que los lectores sientan que hay un encuentro que se da a través de la palabra. Ese es uno de sus propósitos. El otro, es una búsqueda de entendimiento y de sentido. A medida que escribe, trata de entender su lugar en el mundo, el significado de la vida. Esto se logra por intermedio de las fábulas e historias que le interesan y entusiasman. Algunas, en especial, hacen eco en él, ayudándolo a entenderse en esa búsqueda. Está convencido de que si alguna persona siente y sabe que tiene un talento, debe aprovecharlo al máximo y no distraerse ni ser perezoso. Hay que otorgarle la pasión y energía para desarrollarlo.

Es feliz escribiendo. Posiblemente, otras cosas le roban el tiempo; pero la escritura, no. El tiempo de la escritura y lectura, jamás es tiempo perdido. Ambos encarnan el tiempo verdadero para él. Hace poesía, pero la considera como algo demasiado personal. Publicó un librito de poemas y lo ha dejado por ahí escondido. Le parece que en la poesía, el corazón está abierto del todo, muy expuesto. Le asusta mostrarse públicamente de esa manera.  Cree que la poesía debe ser póstuma.

Para él, la literatura es música. Lo entendió desde que leyó a Cortázar. Sus escritos son musicales, los finales perfectos.  Musicalmente, no le sobra una coma. Cada letra está en su lugar, no tienen defectos. Pero, la verdadera musicalidad la encontró en Cartagena. Nació en Antioquia, viene de Medellín. No obstante, le parece muy dura el habla de su tierra natal. Con muchos golpes y falta de fluidez, poseedora de otra perspectiva. En Cartagena, en cambio, todos parecen cantar. El que está peleando con el otro, el que ofrece el plátano, el vendedor de lotería. Para Gustavo Arango,  fue muy liberador a nivel personal, el usar el tú; por ser más cálido el encuentro con éste  que el usted o el vos. Para él, Cartagena representó la liberación a nivel del lenguaje, en el uso del mismo.

Le encanta la literatura del Siglo de Oro, y,  cuando escucha el español en Cartagena, siente que probablemente se usan algunas palabras a la manera antigua. Comenta que existe una expresión en inglés, que se usa cuando alguien conoce  acerca de algo: “My Heart”. No se memoriza con el cerebro, sino, con el corazón.

Compara la escritura con los deportes. El futbolista, por ejemplo,  en noventa minutos hace cualquier cantidad de jugadas. En ese tiempo, las hace por la repetición. El cuerpo las ha automatizado. Uno tiene que escribir siempre con la mano caliente, el brazo ha de estar caliente; como decía García Márquez, para cuando aparezca un libro que diga: Escríbeme.

Hace una pausa, respira. El calor está casi a treinta y dos grados.  Al preguntarle sobre cuándo escribe, responde: “Escribo al levantarme y al acostarme, es una rutina. Lo primero que hago cuando abro los ojos, es abrir el cuaderno y escribir. Generalmente, sobre los sueños. Trato de captar alguna cosa de los sueños, porque en ellos me pasan cosas interesantísimas. No soy vanidoso ni orgulloso, pero si me preguntas que si sé escribir, me falta, pero sí sé escribir”. Considera que el ego y la fama son un error, pero, si hay algo de lo que se envanece y lo dice llevándose la mano al pecho;  es de haber estado a cargo del Dominical del Periódico El Universal en los años noventa. Saber que influyó en muchos jóvenes. El suplemento, en esa época, tenía dieciséis páginas, por lo que pudo abrir muchas puertas a los jóvenes; publicando cuentos de escritores que eran desconocidos. “Me siento responsable, en alguna medida, de que hayan muchos escritores jóvenes en Cartagena. En ese momento, era abrir puertas para poder leer escritores que no se conocían. Nadie me lo ha dicho, ni lo ha reconocido públicamente,  pero así lo siento”.

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