Cultural


Nueva novela de Efraim Medina Reyes

EFRAIM MEDINA REYES

19 de abril de 2018 12:00 AM

El escritor Efraim Medina Reyes comparte con los lectores de El Universal, un fragmento de su nueva novela Hombres de humo y mujeres que los aman. El texto se publica con la autorización del escritor.

EFRAIN MEDINA REYES

Especial para El Universal

Hoy hallaron un cadáver en el solar baldío al final de nuestra calle.

Se llamaba Sara, tenía veintidós años y su novio, el principal sospechoso, ha desaparecido.

Matar chicas y enterrarlas en solares baldíos o descuartizar sus cadáveres y arrojarlos en algún basurero es casi una moda. Ocho en el último mes. Ocho chicas bellas y soñadoras, enamoradas del sujeto equivocado.

Y, me pregunto, ¿qué sujeto no sería equivocado? Crímenes pasionales los llaman aún y odio ese rótulo, es como si entrañara una justificación, un atenuante.

Barbarie sería más atinado. Me siento vacío, triste e impotente. Pasé muchas veces en los últimos días por ese terreno, pisé sin saberlo esa tumba sin nombre. Conocía a Sara, su padre tiene un negocio de frutas y su madre es costurera.

También vi un par de veces al novio, conducía un auto rojo y no era de este barrio. Un chico alto, atlético, risueño. No había en él ninguna señal para imaginar al despiadado asesino que albergaba. No dudo que también las mujeres matan, pero las estadísticas son claras: el 97% de crímenes pasionales los cometen hombres.

Violentos y estúpidos es, entre todas las categorías de hombres que pudiéramos imaginar, la más extendida.

La que hacina la Tierra con sus cremas de afeitar, colonias baratas y ambiciones de cartón. Y es precisamente esa clase de hombres los que prefieren las mujeres.

Ellos se reproducen como ratas y se comportan como tales, no importa el oficio: poetas y carniceros pueden integrar por igual esa categoría. Las chicas no los reconocen a priori, ellas tienen la jodida tendencia a defender, contra viento y marea, sus parejas.

Y, como cada cual tiene la filosofía de sus propias actitudes, no les cuesta mucho encontrar argumentos para demostrar que sus hombres son diferentes al resto. Sara amaba a su novio, subía a su auto y sentía que el mundo giraba en torno a ellos.

El hecho de que él fuera un tanto obsesivo y perdiera a veces el control al encontrarla conversando con algún chico del barrio, no la perturbaba. Le parecía normal, la hacía sentir amada y deseada. Ya la había golpeado una vez y conseguido en pocas horas su perdón. Ya había mentido por él a sus padres y a sí misma. Creía que con el tiempo él iba a tranquilizarse, iba a entender que ella le pertenecía, que no pensaba en nadie más, que era absolutamente suya.

Una de las dos veces que vi a ese malparido la estaba gritando. Y no hice nada, no dije nada. Pasé de largo. No fui por mi pistola y le disparé. No le dediqué más que un pensamiento fugaz a la escena, un fastidio circunstancial, un gesto para significar que era un comportamiento ordinario en una cultura ordinaria y que ella, Sara, tenía edad suficiente para defender su trasero.

Me odio por eso, por cada chica muerta, por cada mujer ultrajada.

Me basta ser hombre para sentirme cómplice y tener ganas de morir.

Soy padre de una pequeña niña, la amo en modo sobrenatural y el único plan que tengo en mente es borrar a todos los estúpidos de este mundo antes que ella crezca. Y si no puedo llevar a cabo mi plan juro que la convertiré en una máquina de guerra.

Lo malo de mí es que no puedo ser más que esto que soy. No tengo pistola, solo ira y desazón.

Querría ser otra cosa, otro tipo de animal. Un camaleón que corre sobre el agua, un cuervo que se pierde en la noche, un insecto invisible. Esta piel me ahoga, estos instintos me sobran, este ser hombre me avergüenza. También tengo un hijo, más pequeño aún que mi hija.

Puedo recordarme a su edad. De niño fui frágil, ajeno a mi naturaleza. De niño fui camaleón, cuervo, insecto. Una forma entre las sombras, capaz de confundirme con todo. ¿Dónde dejé lo mejor de mí? Lo necesito ahora, quiero compartirlo con mis hijos, prometerles que van a estar bien, que la barbarie no ganará la partida.

Sé que soy un hombre adulto y que no maté a ninguna mujer, pero soy un hombre. Alcé mi voz, impuse mi criterio, mi voluntad. Fui desconsiderado. Mentí. No importa si ellas alzaron su voz, impusieron su criterio o voluntad, mintieron y fueron desconsideradas.

La ventaja jugaba a mi favor y la aproveché. Me lastima saberlo. Me lastima no tener la oportunidad de volver a ver a Sara, no haber reaccionado esa vez. Acaricio el rostro de mi hija, ella quiere saber la causa de mi llanto. Le digo que no es nada, que a veces lloro sin saber por qué.

-¿Es por Sara, verdad?

-Sí, amor mío-le respondo con voz entrecortada-. Era un buena persona y me duele que se haya ido así.

-¿Así cómo, papá?

La miro y no encuentro una respuesta. Entonces ella me abraza y también llora. Y la noche oscurece las ventanas y el mundo se queda afuera mientras nuestros corazones laten. Allí, entre mis brazos se queda dormida, segura que nadie puede hacerle daño. Y quisiera congelar el tiempo, detener el implacable tic-tac del reloj hasta que no que quede un estúpido hombre sobre la tierra.

EFRAIN MEDINA REYES

Estudió medicina y economía, pero dejó eso atrás para dedicarse a escribir. Ha publicado las novelas Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, Sexualidad de la Pantera Rosa, Lo que todavía no sabes del pez hielo y Los infieles Vol. 1 Acto de pudor; la colección de poemas Pistoleros/ Putas y Dementes (Greatest hists), y el libro de relatos Cinema árbol (con el cual ganó en 1995 el Premio Nacional de Literatura Colcultura). El teatro, el cine y la música también hacen parte de sus oficios. En Italia, donde vive actualmente, reactivó su banda 7 Torpes y ha grabado el álbum La forma del vacío (Greatest flops). Su próxima novela se titula La mejor cosa que nunca tendrás.

 

 

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