Cultural


Óscar Collazos, mar adentro

GUSTAVO TATIS GUERRA

25 de junio de 2015 12:00 AM

Las cenizas de un hombre suenan como un reguero de piedrecitas entre las olas.  Las sombras de las cenizas se volvieron doradas por el destello de los pétalos de flores que  la misma brisa despetalaba.

Óscar Collazos (Bahía Solano 1942- Bogotá 2015), alcanzó a diseñar su propia despedida y regresar a las aguas de los dos océanos que fueron decisivos en su vida: El Caribe y el Pacífico. Tuvo tiempo de leer las noticias de su muerte ficticia y reírse con su amigo Juan Gossaín, sobre el equívoco que no provocó el gran cronista de San Bernardo del Viento, sino a una desafortunada y apresurada cadena de interpretaciones en los medios. Los dos se rieron de los trinos que Óscar le envió a Gossaín.

Óscar se despidió con alegría de su amigo y no perdió jamás la lucidez y el sentido del humor. Intuyó el afecto nacional que provocó la noticia de su final, cuatro días antes de que ocurriera en verdad, y no se desprendió de su teclado.

Las mujeres de su vida: Jimena, su esposa, y su hija Laia, lo acompañaron hasta el final, en la serenidad y placidez con que recibió su muerte. Los amigos y familiares hicieron un ritual íntimo en el mar de Cartagena. Jimena entró al mar con el cofre de las cenizas e iba dispersándolas al ritmo secreto de las lágrimas. Rafael Vergara se sumergió en la sombra de las cenizas de la mano de Jimena y algunos familiares de Óscar. Atrapó en una estela de cenizas en una ola y dijo: "Óscar, querido amigo y hermano, has regresado al origen. Bienvenido a la vida".

A las sombras de las cenizas lanzaron flores de colores. Las cenizas se sumergieron y se volvieron pura música de agua, rocío de ángeles. Óscar Collazos entró para siempre en el mar, como un alfabeto de peces, y se integró al universo como una palabra salida del silencio. Las lágrimas fueron calladas. De adentro. Y el abrazo de todos no permitió que aflorara la desolación del misterio, sino la alegría de   haber podido conocer a un ser excepcional, a una conciencia lúcida de su tiempo y a un narrador prodigioso de la Colombia contemporánea. 

La cámara de Saia Vergara registró el instante del corazón entre las aguas. El momento supremo en que una tumba en el agua era  la vez, canoa en el viento, aleteo de un pájaro a ras de agua. El instante en que la sombra de las cenizas se volvieron un solo resplandor cuando el ritual no fue un adiós sino una celebración de la vida de un hombre.

Ahora, cuando ya esas cenizas se han integrado a su origen y a la errancia del mundo entre dos mares,  es reconfortante  encontrar a Óscar en cada una de sus palabras como cuentista, novelista, columnista de opinión, ensayista y conversador exquisito, con su mordacidad y su visión clarificadora.

Óscar fue un hombre generoso y sin apegos, que todo lo que tuvo lo devolvió y entregó, como su inmensa biblioteca que luego de forjarla en más de medio siglo, regresará a las manos de las bibliotecas públicas. No hizo otra fortuna que el tesoro infinito de su alma, y vivió con la certidumbre de que no hay dos vidas, por lo menos, en este formato físico.

Solo tenemos esta única vida para ser vivida, disfrutada de adentro hacia fuera, integralmente, no para desgastarla en pequeñeces, en intolerancias y rencores, sino en actos sublimes. No alcanza la vida sino para tallar con el cuerpo y el espíritu una pequeña y descomunal aventura: vivir como Óscar Collazos, con la pasión de las palabras. Óscar era feliz además cocinando para sus amigos. Era otro de sus placeres. Escuchar la buena salsa antillana y Caribe, y gozar de ese mar que ahora se lo ha llevado al eterno paseo del atardecer que no  repite sus puestas de sol y el espectáculo siempre cambiante de sus colores. Los marinos señalan un punto dorado en el mar: Es tal vez Óscar Collazos que brilla en el silencio.