Roberto Burgos Cantor: "Escribir novelas es salir a una aventura"

24 de septiembre de 2015 12:00 AM

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A lo largo de más de medio siglo de escritura, Roberto Burgos Cantor (Cartagena, 1948), ha encontrado que las palabras tienen el prodigio de nombrar, revelar, encantar, descifrar, descubrir, contar, cantar, pero además de todo eso, reconstruir una memoria que duerme bajo la piel soslayada del tiempo.

Él ha ido tras esa memoria que habita en las piedras y ha logrado en su tercera novela La ceiba de la memoria (Seix Barral, 2007), devolvernos las noches tormentosas de la esclavitud africana en Cartagena de Indias y adentrarse en el espíritu de la época, en las paradojas del amor, la impiedad, la compasión y la muerte. Con esta obra ha escrito una de las mejores novelas de los últimos cincuenta años en la historia literaria del país.
—¿Qué ha significado la infancia en la búsqueda de un lenguaje y en la afirmación de una vocación?

La infancia es un tiempo de la vida, feliz o desdichado, donde la mayoría de las acciones carecen de intencionalidad. Sometida la niñez al imperio y al cuidado de otros seres, por lo general mayores, la aventura autónoma tiene instantes y resquicios que implican riesgo, las experiencias sin aprendizaje, la presencia extraña de lo otro. No hay significados aún. El mar de leva entra por el portón del patio y se queda poniendo caracoles y sombras de sal en las flores carnosas de los heliotropos y los capachos. Aquel tren lento que atraviesa el aguacero y avanza: ¿Cuándo lo vi?

Los sábalos arponeados y sangrantes entre las rocas del malecón y su estertor lento de branquias. Mi madre entre la jauría de perros escandalosos corriendo detrás de mí que escapo del bus escolar. Tu desnudez Elsa incrustada en los espejos manchados de la casa.
Será qué esto estimula la escritura. No lo sé. Exorcismo o rescate la escritura encierra un enigma. ¿De cuántas corrientes vienen las palabras? ¿ Su fluir qué busca? A lo mejor todo estimula. Totalidad o reducción la escritura funda; da cuenta; restablece lo humano. ¿ A partir de qué?
 

—¿Qué pervive en usted del temperamento de sus padres? ¿Cómo era el ambiente familiar?

Mi madre y mi padre fueron maestros de vocación. Ella, formada en la escuela franciscana donde rigen los valores de la igualdad, el amor por la naturaleza, la solidaridad y el desprendimiento ante los bienes materiales. Él, formado en las canteras de la fe en la ciencia y el progreso, dentro de una concepción liberal de respeto a la libertad y obtención de logros mediante el esfuerzo.

Así la casa fue un revuelto de mística y razón, de pensamiento y pasión, que ampliaba la mirada sobre el mundo y los seres.
De alguna manera cada quien lleva la vida de sus muertos y los prolonga, están ahí, en un gesto, algunas palabras, en las formas del recuerdo.
De esta manera la casa no tenía estropicio distinto al bullicioso y sordo estruendo del mar en un tiempo; en otro era la carrera de las iguanas en el jardín; y después el casco de las embarcaciones rompiendo el oleaje de la bahía, la formación de los temporales, los mangos reventándose en el patio.

En medio de ello las rutinas de un profesor que leía hasta tarde, preparaba notas y mi madre lo ayudaba. A veces iban amigos: Eutiquio Leal, Manuel Zapata Olivella, Eduardo Carranza, Jorge Zalamea.
 

— ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

Rafael Pombo y Rubén Darío. Mi madre nos leía poemas del primer Neruda, Platero y yo de Juan Ramón, cuentos de fantasmas de Oscar Wilde, y después se aficionó a Miguel Hernández.

Me enamoré temprano de Joyce, de Sartre, de Passolini, de Camus, de Moravia, de Camus, de Kafka, de Fray Luis de León, de Vallejo, de Luis C López. Y tres libros que me regaló mi padre: París era una fiesta de Hemingway, Un tal Rock Wagram de Saroyan, y Paralelo 42 de Dos Passos.
 

—¿Qué fue lo primero que se le ocurrió escribir?

La historia de un pintor que no logra hacer el cuadro que quiere, y una de un grupo de hormigas que se pierden en la luna.

-¿Qué autores han ejercido desde el principio un deslumbramiento en usted?

James Joyce, Dürremat, Saint-John Perse, Borges, Cortázar, el Neruda de Residencia en la tierra, Rilke, Vallejo, la poesía de Mutis, Henry Miller, Machado de Assis, Faulkner, Rulfo, Robbe Grillet, Butor, Duras, Kafka, Homero, Tolstoi, Virginia Woolf, Musil, Conrad, Joseph Roth, Luis Carlos López, Capote, Proust, Thomas Wolf, Cabrera Infante, Guimaraes Rosas.

Son autores y obras que como ocurre con la música se alejan algunas veces y vuelven y uno sabe que están por allí, rondando. Cada vez a punto de entregar algo.

—¿Qué experiencia humana, extrema, fantástica de su vida ha querido narrar?

Por lo general lo que cuento es lo que me habría gustado que sucediera. Como si la novela y el cuento se enfrentaran a la imperfección de la vida y corrigieran su aburrimiento. En el territorio de la ficción ocurre todo.

—¿Qué piensa usted del actual estado de la narrativa en Colombia y en el continente? ¿Qué se podría privilegiar como singularidad?

En un momento de mucha producción y diversidad. Hay que esperar un poco para reflexionar y hacer balances. Nunca antes había sido tan urgente y necesaria la labor crítica. Es probable que como el mundo del Caribe por razones políticas, culturales, económicas, había padecido un largo desconocimiento tenga hoy una fuerza y un misterio que lo torna muy atractivo y complejo desde la perspectiva de fundación de mundos literarios, de fijación de referencias, de novedad.

— Si el mundo acabara en 48 libros, cuáles serían los 7 libros que usted se llevaría?

Ojalá El de la Sublime Puerta te escuche y haya tiempo de llevar libros en medio de la devastación mundial. Haría lo posible: Don Quijote, Homeros de Walcott, La vida y sus usos de Perec, La eneida, El otoño del patriarca, la poesía de Celan, La biblia.

— Cuéntenos cómo fue la experiencia de escribir La ceiba de la memoria

Para mi escribir novelas es salir a una aventura. Si te va bien quieres quedarte a vivir en ese viaje. Si se frustra quedas triste, desamparado. La aventura te va mostrando sus necesidades y la manera de navegar. Sobre la relación entre historia, documento y ficción, explicó que fue significativo para él sumergirse en la literatura del siglo XVII y XVIII.

“Hay un texto básico para el tema de la esclavitud, un libro de un adelantado, es: De instauranda aethiopum salute del jesuita Alonso de Sandoval, publicado en 1627.

Por supuesto los trabajos de Valtierra, Aristizábal y Splendianni. Los lexico de Del Castillo y del Instituto Caro y Cuervo. Los documentos de Arrázola.

Leí mucha teoría y esto es un hábito generacional, mis compañeros y yo creímos en la razón, en la teoría. Una vez ella se agota, cuando estás al borde de la esterilidad, entonces te queda la poesía y las virtudes de lo narrativo.

—¿Qué piensa del escritor que emprende una misión humanística frente a la sociedad que lo rodea?

 

Lo que hace a un escritor es el acto de escribir. De ello depende. Es escritor en tanto escribe. Por supuesto tiene el mismo deber de cualquier productor: hacerlo con excelencia. Ello, como a todos, no lo excluye de pagar impuestos, de establecer vínculos con su sociedad. Por supuesto donde mejor es lo que es, es en la escritura, es su esencia de vida. Por su escritura será.
Todo lo que hace alguien adicional a su elección, sea como soldado o como monjita de la caridad, o como predicador político, es respetable. Pero donde entregará su alma es en su arte.

—¿Qué aspectos de la realidad colombiana le interesa narrar?

Me interesan todos los aspectos de esa realidad, y más si de allí se deriva una revelación, algo que no ha sido visto, una posibilidad de transformación.

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