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Hincha cartagenero en Chile: “mi vida ha ido de cero a cien”

Manuel Martínez, olayero que tuvo una infancia dura en Cartagena, en donde vendió confites en los buses y fue mototaxista. Hoy reside en Chile y es instructor en un gimnasio. Es un ejemplo de superación.

CARLOS CABALLERO VILLA

16 de octubre de 2020 12:00 AM

Fredonia es un sector de Olaya Herrera, uno de los barrios más populares de Cartagena, en donde no es fácil salir adelante, pues los niños crecen en medio de muchas dificultades. Ahí las drogas, el alcohol y las pandillas son el pan de cada día.

Pero Manuel de Jesús Martínez Chiquillo, de Fredonia y olayero 100%, supo sortear las situaciones gracias a una buena crianza y a su carácter para afrontar las adversidades.

Hoy, a sus 35 años, este cartagenero es un gran ejemplo.

A Manuel me lo encontré hace 5 años atendiendo un restaurante en Santiago de Chile en la Copa América que se realizó en ese país. En aquel entonces él se ganaba la vida como mesero.

En ese momento, en una entrevista para El Universal, por su parecido con el futbolista colombiano Carlos Sánchez, dijo frases para poner en práctica. “No es excusa decir yo soy drogadicto porque me tocó nacer en un barrio marginal, hay que ser fuerte de mente, siempre tienen que tener en cuenta que para todo el mundo brilla el sol, que uno debe tener esperanzas y salir adelante con esfuerzo y dedicación”, comentó Manuel.

Le ofrecieron droga

Obstáculos hay siempre y en barrios marginales más. Eso es verdad. “No falta el amigo que está metido en las drogas y te propone, si eres débil de mente pierdes el año”, sostuvo.

Y relató cómo le hizo el zig zag a las drogas cuando era joven. “Cuando nació mi primer hijo yo vendía confites, muchos de mis compañeros a mi alrededor eran drogadictos, yo no decía nada porque no quería que me vieran como el sapo, más de uno me propuso meter vicio, yo me hacía el loco y les respondía ahora no quiero como para que pensaran que sí metía, pero que no quería en esos momentos. Así me la pasé siempre. Los manes me tomaron la buena. Tuve una gran formación de mi mamá y mi abuela, siempre vi cosas buenas, no tenía porque dañar eso”, argumentó.

vendía confites

Siempre con la frente en alto. “A mí no me da pena decir que en Cartagena vendía ajonjolí en los buses, que fui mototaxista y obrero. Siempre me he ganado la plata a lo bien”.

Es hijo de Alejandro, un minero chocoano, con el que poco ha compartido y de Sol María, ama de casa y su guía desde que nació. Manuel es el menor de seis hermanos.

Avanzando en la vida

Hace unos días, Colombia jugó ante Chile en Santiago , esta vez por las Eliminatorias Sudamericanas, y volví a contactarlo para saber qué había pasado con aquel ‘morocho’ lleno de ilusiones que se habría camino en tierras lejanas siempre pensando en ser alguien mejor.

Muchas cosas han cambiado para bien en su vida. “Mira... ya no comparto el apartamento con un amigo para ahorrar gastos, ahora vivo con mi esposa, que se llama Sandra Paola y es diseñadora gráfica y mi hijo menor, Valentín. Tenemos auto familiar, pero yo para ir al trabajo todavía me muevo en bicicleta, como antes. Santiago sigue siendo una ciudad demasiado costosa”, afirmó Manuel vía whatsapp.

Sacrificio, la clave

En 2018, trabajando aún como mesero, terminó la carrera de educación física, la cual había suspendido en 2014 cuando nació Valentín. “Trabajaba de día y estudiaba en la noche. Apenas terminé mi carrera renuncié en el restaurante y apliqué para un gimnasio y comencé como recepcionista hasta que un tiempo después comencé como instructor”.

Pero no se quedó quieto, siguió preparándose. “Hice una certificación de psicología en el deporte y entrenamiento funcional. También me he ganado una platica haciendo comerciales en una agencia, ese ha sido otro campo en el que me he movido. Gracias a Dios he tenido muchas oportunidades, mi vida ha ido de cero a cien. Esas son bendiciones que trato de aprovechar al máximo”.

Emprendimiento

Tiene un negocio de emprendimiento a domicilio que se llama Bar Caribe. “Asisto a fiestas o eventos con un bar móvil, con todos los juguetes para ofrecer un buen servicio a los clientes. Esa es otra entrada que sirve”, recalca.

Vive feliz y le da muchas gracias a Dios a cada momento. “Lucho todos los días para ser mejor, cometo errores, pero estoy muy pendiente a corregirlos. Antes de acostarme siempre me pregunto en qué me equivoqué hoy y trato al día siguiente de hacerlo mejor”, concluye.