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El prodigioso comentarista que sueña con las Grandes Ligas

“Voy de nuevo a la caja de bateo, listo para disparar como si fuese una pelota a la que conectamos de jonrón, mi gran sueño idealizado desde cuando, en medio de radios, aprendía a caminar: ser un comentarista de las Grandes Ligas en los Estados Unidos”.

¡Lo hizo otra vez! Fernando Valenzuela ganó anoche su quinto juego en línea. El pitcher de los Dodgers puede convertirse en leyenda de las Grandes Ligas, pero soy yo quien protagoniza esta historia, por eso empezaré mejor contándote que ¡ya sé sujetar mi biberón con las dos manos!

También giro la cabeza. Además, sigo a mi madre con los ojos para que me cargue. Hoy es martes 28 de abril de 1981. Estoy cumpliendo seis meses de edad, por eso me llevan al hospital para otra de esas dolorosas punzadas. Es la vacuna contra el polio.

El pinchazo me produce fiebre y mi vida empieza a dividirse en un antes y un después, como sucede con dicho torneo, interrumpido por una huelga que busca multiplicar para siempre los pequeños salarios que devengan los big-leaguers.

Tras amanecer, otra vez, nos trasladamos al centro asistencial, en donde dicen que la fiebre es una reacción normal a la vacuna.

Mi temperatura llega a 42 grados, estoy a punto de carbonizarme. Han pasado cuatro días. Angustiada, mamá me pone en manos de un médico naturista muy amigo de su padre, quien logra sofocar la intensa calentura, evitando que convulsione.

Pasó una semana. Me examina el doctor más famoso del pueblo. Según él, la vacuna hizo un daño irreversible, me desarrolló meningitis. Mis ojos, mano y pie derecho se están torciendo, no alzo la cabeza, tampoco agarro los juguetes. Las imágenes se van desvaneciendo, ya solo veo manchas rosas.

Dos meses después, un especialista decreta que estoy totalmente ciego y dice: “Tampoco hablará ni caminará, quedará como un vegetal, antes de los 15 años morirá”. Acabada esa incómoda exploración, voy de vuelta a mi casa del barrio Mochila de Sincelejo y, sin invitarla, le llevo a mi familia una gigantesca amargura como huésped.

Nuestros amigos tratan de sacarnos de esta pesadumbre. Aconsejan a Rosario, mi madre, clamar al cielo por un milagro, pero está empeñada en preguntarse ¿por qué a ella?, y en creer que Dios no existe, llegando a desear cortar, justo aquí, esta historia: la de su único hijo.

Les confiesa a los doctores no quererme así, revelando un oscuro propósito. Entonces, la muerte empieza a flotar sobre mí y, a ratos, se sienta diciendo “falta poco”. Sin embargo, en la mirada perdida de su bebé ella encuentra una luz de esperanza y se propone llevarme a terapias mañana y tarde.

Es miércoles 28 de octubre, son las 10:09 de la noche. Hace un instante Valenzuela se coronó campeón de la Serie Mundial en el Yankee Stadium con Los Ángeles Dodgers. Es el primer jugador en ganar los trofeos de mejor pitcher y mejor novato. En tres días también festejaré, será mi primer cumpleaños.

Poco a poco me voy acostumbrando a lucir botas ortopédicas, de las cuales descanso sólo en las noches, y lentamente ¡mi pie se va enderezando! Así mismo se acerca mi segundo año de vida, sometido a intensas jornadas de ejercicios.

Reencontré mis juguetes, ¡he vuelto a jugar! Vamos de prisa a donde un señor de bata blanca y este pone ojos desorbitados diciendo: “Milagrosamente Marcos ha recuperado 0,02 grado de visión en su ojo derecho”. La muerte se marcha enfadada, diciendo, “este niño no se dará por vencido, así ciego le sonríe a la vida. Le dejaré vivir su destino”.

El tiempo no se detiene. Ya tengo tres años y medio, es 22 de abril de 1984. El short-stop” de Boston, Jackie” Gutiérrez escupe los excesos de tabaco, entra a consumir su turno, ve una recta que le gusta y batea. La pelota se eleva tomando velocidad y sale del Fenway Park. Es el primer jonrón de un colombiano en la “gran carpa” de los Estados Unidos, desde donde un psicólogo especialista en discapacidad llegó anteayer a Sincelejo traído por misioneros cristianos.

Les hablo de Bryam Hillis. Él es una especie de ángel que en sus alas trajo toneladas de esperanzas, pues interesado en mi caso ha decidido tratarme y así crear la fundación “Vida Diferente”.

Aquí inicia la mejor parte de esta historia, pues comienzo a rehabilitarme, a romper pronósticos e imponer mis propios récords para ir convirtiéndome en ¡el campeón mundial contra la adversidad!

A los seis años doy los primeros pasos entre radios sintonizados en noticieros de deportes, usando sus informaciones como antorchas imaginarias para evitar caer dentro de mi oscuridad. Así llego a los siete y por fin logro hablar. De lo que se está perdiendo mi padre. Hace cinco años no sabemos nada de él; tal vez se fue asustado o se impacientó como la muerte y poco a poco desapareció.

Es la tarde del viernes 29 de junio de 1990. Valenzuela está lanzando. Transcurre la parte baja del último inning con un out, mira al bateador de Cardenales; de reojo ve al corredor de primera base y tira. Le chocan la pelota, pero su cuadro hace doble-play y roza la perfección, ¡gana el juego sin permitir hit ni carrera¡

Hace cuatro días recibí un regalo, es un receptor de cuatro bandas. Tía Ruby y abuela Juana Petrona están sorprendidas por la rapidez como aprendí a usarlo. Yo solo me sumergí en una incontrolable emoción y encontré en él sitios en los que voces dibujan momentos deportivos maravillosos, uno de esos fue ese histórico partido.

Mientras cumplo terapias y muevo el dial van pasando los años. Encuentro cautivadoras las canciones de Diomedes Díaz, sigo el ritmo de su guacharaca, aunque con el transcurrir del tiempo las noticias se me tornan más interesantes y las transmisiones de béisbol me alucinan.

Por eso pedí ir a conocer el estadio de béisbol y estoy sentado en sus gradas. Logré convencer a mamá que me trajera, aunque para ella este es un deporte aburrido.

Escucho miles de corazones emocionados, laten cada uno a un ritmo distinto. También oigo voces expresando opiniones diferentes sobre una misma jugada. ¡Qué divertido! Siento enamorarme para siempre de la pelota caliente.

Rancheros de Sincelejo está a punto de coronarse campeón de la temporada 1996-1997, por eso aunque Rosario está casi siempre conmigo prestándome sus ojos, mi Phillips se convierte en el más fiel de los compañeros.

Al equipo local de béisbol profesional lo sigo desde hace cuatro temporadas. Esta noche nuevamente lo acompañaré, si gana quedará a un solo juego de ser campeón.

Traje el viejo radio. Emocionado narro a gritos entre el bullicio los foul y strike antes que el locutor lo haga. Gente del público empieza a preguntar sobre mí. Un comentarista me ha escuchado desde su cabina de transmisión, viene caminando hacia acá, quiere saber cómo lo hago.

“Con el sonido del bate contra la pelota sé si es un sencillo, doble o un jonrón; igualmente, escucho el choque de la esférica contra el guante del receptor y así sé, si es una bola curva, bola rápida o cambio”, le dije.

Tengo todo en cuenta, el rugir de los fanáticos, quienes están bateando, lanzando y corriendo; memorizo las estadísticas, récords y hazañas como las que te he venido contando.

Regresé feliz a casa, Rancheros ganó su juego. Mañana debo seguir la rehabilitación, lo haré con más ganas, pues aquel comentarista me vio talento para periodista deportivo; aunque todavía no he hecho la Básica Primaria, con 17 años de edad.

Es 27 de enero de 2003, hoy es mi primer día de clases. ¡Voy a validar la Primaria! Será en un colegio convencional, por eso estoy nervioso, pero les batearé hit a los “no puedes”, “es imposible” o “jamás te adaptarás”.

No tendré que dejar mis clases de música folclórica, las combinaré con los estudios y rehabilitación. Por cierto, hago parte de una agrupación de invidentes, ¡adivina cómo nos llaman!

Un día tocamos en un evento de beneficencia, ¡estuvo genial!, se presentó el humorista de “Sábados Felices”, Álvaro Lemmon y él nos puso nombre, nos bautizó, “Los Nada que Ver”.

Hoy, jueves 2 de octubre debo ir a ensayar. Acabo exhausto prácticas de guacharaca, tambora y llamador. Mientras nos vienen a recoger, mi compañero Leo y yo nos jugamos, de repente él toca mis costillas y reacciono corriendo hacia una reja, tropiezo y caigo de rodillas, mi fémur derecho se ha roto.

Me llevan a casa con un dolor que el cuerpo se niega a expresar, engaña al médico y solo días después a través de una radiografía se descubre no sólo la fractura, sino que mi cadera está descalcificada.

Deben colocarme una prótesis, pero no tenemos dinero para cubrir los gastos.

Ha pasado un mes, estoy a punto de conocer al “Pibe” Valderrama, vino a Sincelejo para un evento. Una cuñada de él, amiga de mi madre, me presentó al “10” y le está proponiendo organizar otra actividad con su presencia para recaudar el dinero.

Estoy en la puerta del hotel El Prado de Barranquilla, es primero de febrero de 2004 y en minutos iniciará el partido de despedida del “Pibe”. Él cubrirá los gastos de la operación. Ya me vio, dejó a los periodistas y vino a saludarme sorprendido, pues he venido a verle aún fracturado para agradecerle su noble acto.

Ahora llevo una cadera artificial. Mis compañeros del “San Francisco” se han ofrecido para apoyarme, hasta se inspiran en mis limitaciones para sacar buenas notas.

Estudiando en casa las clases que me traen en una grabadora voy recuperándome de la lesión. Después de dos años, a los 24, obtengo el grado. ¡Ya estoy en primera base!

Voy al “Luis Carlos Galán” a cursar la secundaria. Pasaron dos años y con 27 lo logro, ¡he validado el Bachillerato! Ahora estoy en segunda, dispuesto a ganarme la tercera almohadilla y robarme el home para hacer mi carrera de periodista deportivo.

Es sábado 4 de diciembre de 2010, mi último día de clases en la academia de periodismo y aún tengo la misma emoción del primero. Desde el próximo lunes, aquel comentarista que me descubrió en las gradas, Julio Carvajal, me espera para que haga prácticas en su programa “Instante Deportivo”, ¡Aún no lo creo!

Son las 6:19 de la madrugada del 12 de enero de 2020, faltan dos minutos para que amanezca en Sincelejo y el resto de esta parte del planeta.

Extiendo mi mano izquierda y sintonizo R.C.N o Caracol, emisoras que reconozco por sus voces, como lo hago con las personas. Me actualizo con las últimas noticias y espero con paciencia los deportes, mi mundo de mil colores y gran pasión.

Soleado, nublado o lluvioso, se cumpla o no el loco pronóstico de Google, mis ojos siguen insensibles a la luz, pero mi ilusión no para.

Nueve años de experiencias en noticieros de radio y televisión, entre ellas comentarista invitado de Mike Schmulson, Rúgero Manotas y Marcos Pérez en transmisiones de juegos de las Grandes Ligas por Telecaribe, creo que son suficientes.

La sonrisa con la que siempre despierto hoy florece dos horas más tarde y el desayuno será en mi habitación, pues es domingo. Este es un lugar extremadamente ordenado (al menos para mí), donde tengo mis dos medallas de plata ganadas en olimpiadas especiales y planeo sigilosamente cómo atrapar entre redes sociales a mi propia audiencia.

¿Será a través de un canal de Youtube?¿o tal vez desde una plataforma propia? Aún no lo sé, pero siento que voy de nuevo a la caja de bateo, listo para disparar como si fuese una pelota a la que conectamos de jonrón, mi gran sueño idealizado desde cuando, en medio de radios, aprendía a caminar: ser un comentarista de las Grandes Ligas en los Estados Unidos.

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