VOLVER NUNCA FUE TAN DIFÍCIL

Neida Narváez Ramírez huyó de El Salado para salvarse de la masacre de febrero del 2000, pero tuvo el coraje de volver para ayudar a recoger a sus muertos. Y de volver para trabajar por el pueblo... o lo que queda de él.

Por: Laura Anaya Garrido

Cuando Neida Narváez Ramírez y su enorme barriga regresaron en burro a El Salado, los cadáveres descompuestos yacían en los corredores, en la cancha y en las calles. Había perros, goleros y cerdos dispuestos a devorarlos. El hedor de la muerte invadía todos los rincones del pueblo; trascendía, incluso, las montañas que lo rodeaban y en aquel mediodía solo quedaba una cosa más fuerte: el miedo.

Neida no lloró. No se desplomó. No se arrepintió de haber vuelto para contemplar con sus ojos, chiquitos y negrísimos, el desgarrador cuadro que las Autodefensas Unidas de Colombia pintaron al degollar, estrangular, apalear o acribillar a balazos a decenas de sus vecinos, a un tío, a un primo, a los amigos de toda la vida. Tanta tristeza la llevó a la rabia, a maldecir con todas las fuerzas de sus entrañas embarazadas la bajeza de la raza humana. Era el 21 de febrero de 2000.

Veinte años han pasado exactamente y ese recuerdo, lejos de desdibujarse, se ha convertido en un aliciente para seguir en el propósito de Neida de recuperar la prosperidad de El Salado, aunque por ratos parezca que ella y los demás líderes de ese corregimiento de El Carmen están tratando de pegar un espejo hecho añicos.

Ahora Neida está sentada en la mitad de su cocina. Silla plástica blanca. Hornilla de leña. Ocho gallinas, seis pájaros. Muchos chócoros y muchos pollitos, es difícil contar los pollitos. A Neida no le tiembla la voz al recordar cómo consiguió escapar de la muerte más cruel del mundo. “Ya desde el 10 de febrero (de 2000) había una tensión muy fuerte en la comunidad —Neida calla— , de pronto se sentía como esa... esa… no sé, a veces uno como que tiene presentimientos y eso era algo que como comunidad nos preguntábamos bueno, ¿y qué pasa?, era algo que sentíamos, ese temor de que algo muy grande iba a pasar”.

Por eso, dos, tres o cuatro días antes de la masacre, Neida decidió perderse a propósito en algún monte, aunque tuviera siete meses de embarazo y otros cinco hijos pequeños. A su esposo le parecía casi absurdo largarse así como así, sin comida, sin agua y sin ropa, para quién sabe dónde, pero para Neida el rumor que se había regado en la zona era una razón más que suficiente: “Los paracos se van a meter”.

“(...) Un jueves muy temprano cogí una ropita y la metí en la mochila y dije: ‘Yo me voy’, mi esposo me decía pero para dónde y yo le decía, no sé, pero me voy, porque a mí algo me dice que algo muy grande va a pasar. Bueno, cuando salí a la puerta, había una cantidad de gente esperándome... ah, bueno, nos vamos, así que salimos casi como cincuenta personas a huir para el monte. Allá pasamos tres o cuatro días, para nosotros eso fue algo que nos marcó la vida”.

¿Y después de esos tres días?
-Íbamos a regresar a los dos días, pero casi nos matan, casi nos matan porque en todos estos cerros, en esa parte de allá, todo eso estaba lleno de gente, de esa gente, de los paramilitares, y ellos a todo el que veían eso enseguida le iban disparando (...) Yo veía que los animales, los burros, las vacas, corrían, en todo ese terreno... corrían y yo no sé, a mí me dio como un escalofrío. Yo le dije a mi esposo: “No, yo no me voy para allá, me voy a devolver (para el monte)”. No está pasando nada (le decía él). ¿Que no está pasando?, oye cómo están disparando, yo me voy a devolver, yo no voy para allá. Él no me quería devolver, yo veía en una burra, entonces le dije: “Si tú no te quieres devolver, déjame, que yo me voy a bajar”, y por fin nos devolvimos. Vea, y las personas que se fueron adelante, las cogieron y las mataron, se las llevaron para la cancha y las mataron allá.
No solo se escuchaban los balazos, también la música de todos los equipos de sonido que los ‘paracos’ prendieron para ‘amenizar’ lo que para ellos era una fiesta y para los salaeros la peor de las pesadillas.

Cuando el silencio volvió al monte, cuando ya ni los pájaros parecían tener ganas de cantar, Neida decidió que era el momento de retornar y lo hizo. Regresar nunca fue tan difícil: los muertos en la cancha, en la plaza; los vivos como muertos de tristeza y miedo.

Todos estaban exhaustos, hambrientos, sedientos e insolados, pero no dispuestos a dejar que los animales se comieran a sus primos, hermanos, vecinos y amigos, así que los vivos decidieron sepultar a los muertos. “A unos los metieron en la iglesia, porque no había dónde enterrarlos, todos estábamos angustiados. A otros los metieron al frente, donde está el monumento. La gente comenzó a cavar, a cavar y a cavar, y ahí fueron echando de a tres o cuatro personas”.

¿Hubo algún momento para despedirlos?
-No, nada, no hubo momento para eso. Acá se acostumbra a hacerle su novenario a cada difunto, pero qué novenario íbamos a hacer, si todos teníamos miedo. No sabíamos si salir o si quedarnos, pero todo el mundo decía nos vamos, nos vamos. Después de recoger a los muertos, nos fuimos casi enseguida. Prácticamente todo se quedó aquí, porque qué íbamos a recoger con esa angustia.

Y se fueron en volquetas que la Alcaldía de El Carmen de Bolívar les envió.

¿Cómo fue su vida a partir de ahí?
-Pues, te cuento que muy triste porque... —la voz de Neida se quiebra y ahora llora— era volver a empezar de nuevo, tenía una niña pequeña pero que también tenía la esperanza de vivir.

La vida se convirtió en un ir y venir de El Carmen a Magangué, de Magangué a Cartagena y así, en una carrera por reconstruirse, a ella, a sus seis hijos y a su esposo, sin olvidar el anhelo de regresar algún día a El Salado. Aunque Neida estuviera muerta del miedo, en el año 2002, su esposo fue uno de los arrestados -así les dicen en El Salado a los valientes- que atravesó la trocha y pisó de nuevo el pueblo. Neida regresó, todavía asustada, a comienzos de 2003 y le sorprendió encontrar que la maleza había colonizado todo lo que el miedo desoló. Había hierba y aromos por doquier, matas de ahuyama y de maíz, y más monte, que se había metido como perro por su casa en las viviendas abandonadas.

“Tenía tanta tristeza porque este pueblo estaba solo, no se veía a nadie en la calle. Había un dolor, había un silencio. Mira, yo te cuento que lo único que yo hacía era que no salía para no ver eso”, dice. “Para nosotros fue muy difícil el retorno, después de eso acá mataron siete personas”.

En 2004 y 2005, cierta estabilidad comenzó a sentirse en el pueblo, aunque todavía había miedo. “Ahí, nosotras, como mujeres, hicimos un proceso muy fuerte. Comenzamos a dar la batalla por los derechos de las mujeres, a dar a conocer lo que estaba pasando con las mujeres. Nosotras liberamos esa vía del camino a El Carmen, nos tocaba ir y venir a pie, cuatro horas caminando, y éramos mujeres las que lo hacíamos porque los hombres no se atrevían, entonces es fue otro desafío que hicimos como mujeres. Usábamos unas estrategias, decíamos: si se llevan a una nos llevan a todas, porque no podemos permitir que se nos lleven a alguna”.

Lo que más atesora Neida de volver, aunque haya sido siempre tan difícil, es poder contar esa historia, aunque es triste y todavía duele, no quiere que se olvide jamás. No quiere que se repita jamás. 

Periodistas
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