LA DULCE GUARDIANA DE LOS LIBROS

Frente al espacio donde una vez la muerte atroz desoló al pueblo, hoy Mile Medina Cárdenas, la bibliotecaria, quiere cosechar esperanzas en el patrimonio más valioso de El Salado: los niños.

Por: Cristian Agámez Pájaro

Un tipo que llegó buscando medicinas a la farmacia del doctor Pedro Eloy Cohen lo asesinó. Su muerte, el 13 de julio de 1990, “se instaló en la memoria colectiva de los salaeros como el punto de no retorno hacia una etapa de violencia que cambiaría para siempre la historia del pueblo”, dice el libro ‘El legado de los ausentes’. En la década de los 90, la violencia se enraizaba como una hierba mala en el pueblo, comenzaría a consumir la prosperidad de El Salado, a succionar riquezas a punta de sangre. Pedro Eloy Cohen es uno de esos personajes inolvidables.

No había alcanzado a graduarse de medicina en la Universidad de Cartagena por un mal de amor, pero aun así regresó a El Salado y se convirtió en el médico del pueblo, a punta de libros de medicina que le enviaban de la ciudad. Le llovían pacientes incluso de otros corregimientos, a los que atendía en su farmacia, en el mismo sitio donde un sicario lo mató. Esa misma pena de amor lo había convertido en poeta y su instinto de líder lo llevó a hacer denuncias sociales entre las líneas de sus poesías. “Ayudó a que el pueblo tuviera energía eléctrica y luchó por el acueducto, por arreglar la vía hacia El Carmen. Era un gran médico y una excelente persona”, se escucha aún en las calles. Era tanta la admiración que la primera biblioteca pública de El Salado, inaugurada el 23 de marzo abril de 1991, llevó el nombre de Pedro Eloy Cohen, dice el mismo libro. Y no solo su nombre, varios libros de la colección privada del médico, de autores como Pablo Neruda, Luis Enrique Arciniegas, Antonio Machado y el Tuerto López, que consiguió en sus viajes a Cartagena.

En el recuerdo
Aquella primera biblioteca funcionó junto a la iglesia. Mile Medina Cárdenas recuerda que hacía sus tareas en ese lugar, antes de que su padre la enviara fuera del pueblo, temiendo la difícil situación de orden público que arreciaba en El Salado. “Me fui a los 16 años, en 1997, el 8 de marzo. Ya estaba en el colegio. Fue doloroso desprenderme de mi papá, de mis amigos, de mi familia. Al mes que yo me fui, sucedió la primera masacre en el pueblo. Mataron a un amigo mío por defender a su papá. Los mataron a los dos. Algunos (pobladores de El Salado) cogieron miedo, pero no se fue todo el mundo”, narra. Esa vez, delincuentes armados asesinaron a otras tres personas, incluyendo a la maestra del pueblo. Hubo cinco muertos.

La masacre de 1997 acabó con las aspiraciones de El Salado de convertirse en un municipio y con la prosperidad que lo perfilaba como una potencia de los Montes de María; empezó a desplazarse parte de sus 7.000 habitantes y las empresas tabacaleras se marcharon. Hubo más líderes y personas asesinadas en la década de los 90 en El Salado y sus alrededores. Más allá de aquellos hechos dolorosos, Mile Medina Cárdenas guarda bonitos recuerdos. “Yo siempre hablo de mi Salado viejo, era un pueblo muy unido. No necesitábamos ni de la Alcaldía, ni de la Gobernación, El Salado viejo él mismo resolvía sus problemas, económicamente. Era muy unido. Mi niñez fue muy bonita aquí”. Sus ojos brillan al hablar del pueblo que dejó atrás. Pasarían varios años antes de poder regresar y para entonces nada sería igual. Luego vino la segunda masacre, en 2000, de la que hoy se cumplen veinte años, la misma que dejó 61 muertos y que desplazó al pueblo por completo. Lo desoló.

Volver a casa
“Mi papá, Eduardo Medina, amaba al pueblo. Tenía su finca y nunca la quiso vender porque siempre decía que algún día tendría que llegar la paz. Cuando se dio lo del retorno (en el año 2002), fue uno de los más contentos y ayudó en el regreso”, narra Mile. Hace siete años, ella volvió del todo a El Salado para “apostarle a la biblioteca”. “Era un lugar que estaba cerrado, no querían trabajar en él porque las administraciones no pagaban”, señala. Ya no era la biblioteca a la que iba de niña junto a la iglesia. Ahora es el edificio más moderno, se llama la ‘Casa del Pueblo’, fue construido por la Fundación Semana y por empresas privadas, e inaugurado en el año 2012. Se levanta en mitad de todo, con paredes blancas. Es el epicentro cultural, académico y recreativo. Es un pequeño oasis en mitad del abandono desértico que hoy azota con dureza al pueblo de unos 1.200 habitantes. Mile mantiene viva y funcionando a la ‘Casa del Pueblo’. Hila esperanzas perdidas y sueños por cumplir, aunque muchas veces no le paguen por ello.

Al principio “duré como dos años así, sin dinero (sin pago fijo por ser bibliotecaria), pero el dinero casi no me importaba, es muy importante pero yo decía: ‘Ahí voy aprendiendo’, y me fui encarretando con el cuento de la biblioteca”, explica. “Ahorita representa un sitio de unión, de paz, de risas, es un lugar muy hermoso (...) A la biblioteca no me gusta verla cerrada”, agrega. En cierta forma, allí es feliz porque se encuentra con niños felices. “Leemos, hablamos, me gusta hablar mucho con ellos. Este ese el lugar más importante del pueblo, aquí llegan los niños, el extranjero, el visitante, la comunidad”.

Guardia de los libros
El aire es caliente y arrastra una arena dispersa al mediodía en El Salado. El polvo se posa sobre las casas, algunas coloridas, de verdes brillantes y azules intensos, otras pálidas. La calle principal, al igual que las demás, está sin asfaltar, como hace tantos años. El progreso en infraestructura no ha trascendido más allá de la biblioteca y de un conjunto de viviendas. Mucho de ese polvo se posa sobre los estantes y los libros, algo que preocupa a la seño Mile, como le dicen los niños que llegan a hacer sus tareas. “Ahorita estoy preocupada de que sea tan abierta (la estructura de la biblioteca), entra mucha humedad y mucho polvo y se dañan los libros”, sostiene. Aquí los libros son un verdadero tesoro que nutre al patrimonio más valioso del pueblo: los niños y los estudiantes para quienes es muy complicado ir la universidad. Además, en El Salado la señal de Internet es escasa. Del Wifi que alguna vez instalaron en la biblioteca solo queda un letrero, pues el servicio solo duró tres meses. Así como muchas otras cosas, que no funcionan, o que van lento, muy lento.

Mile lleva libros hasta las veredas de El Salado y al colegio. Hay proyecciones de cine, reuniones, talleres. “Si no hubiera pasado lo que pasó, créeme que El Salado fuera un municipio, un pueblo próspero, porque aquí no había pobres, era un pueblo agricultor, cada quien tenía sus gallinas en el patio, su cerdo”, añora. Su voz se quiebra un poco. Y dice que sigue ahí “para poder sacar el pueblo adelante. Ahorita estoy como enraizada aquí, quiero seguir dando más y más, a la biblioteca, a los niños a mi comunidad, a mi gente”. 

Periodistas
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