LA SEÑO MAYO ENTRA Y SALE DEL INFIERNO

María Magdalena Padilla fue la niña de El Salado que en el retorno se convirtió en la profesora de 37 alumnos: una sembradora de paz.

Por: Gustavo Tatis Guerra 

Algo de aquella niña de doce años prevalece en medio de las sombras del tiempo. La niña que en el retorno de 750 habitantes a su pueblo decidió ser la maestra de 37 niños y enseñarles lo que había aprendido con los profesores ausentes.

Es María Magdalena Padilla Mena, nacida en El Salado el 30 de septiembre de 1989. La niña es una foto en un libro de recuerdos. Está viéndose ahora como en un retrato que el tiempo ha dejado detenido. Tan frágil que se va en lágrimas con solo verse en esa foto en blanco y negro: una niña del color de la tierra en invierno, brazos largos y delgados y ojos negros, “tan flaquita, ¡oh Dios!”, dice, como si ella misma acabara de descubrirse y se devolviera a las veredas y a los atajos de su larga historia que, año tras año, es la vida antes y después de entrar y salir del infierno. Un pasado que aún late en el presente, y un presente que ella teje entre nudos de lágrimas y esperanzas escamoteadas.

Las manos del padre Julio Padilla abrían surcos en la tierra para sembrar maíz, yuca y tabaco, como tantos vecinos en El Salado. Tenía un pedazo de tierra que bautizó ‘La peñata’, con unas pocas vacas. Y una siembra de patillas, ciruelas, naranjos, guayabas, cerezas. Cuando recogía los frutos, dejaba una ponchera en la puerta de la casa para que quienes pasaran se las llevaran. “¡Que coma de esas frutas todo el que quiera!”, decía. Lo mismo hacía cuando mataba un cerdo, lo compartía.

Julio era un ser pacífico, un hombre alto, carismático, todo el mundo lo conocía. Era el esposo de Mariela Mena, el padre de siete hijos. María Magdalena entre esos siete.

“Un día salió a caballo muy cerca del pueblo a llevar una comida y no supimos más de él, solo apareció el caballo. Lo desaparecieron. Mamá se vistió de luto, pero siguió esperando que apareciera. Hace unos tres años supimos en una audiencia que lo habían matado los paramilitares. En la audiencia el asesino dijo que lo había quemado y arrojado sus cenizas a un arroyo. Dijo muchas mentiras sobre él. Tres de mis hermanos, Galo, Somer y Ana Milena, temblaban de ira al escucharle su declaración”.

La niña maestra 
“Cuando ocurrió la masacre, yo era una niña que había estudiado hasta quinto de primaria. La escuela quedó sin maestros. Tuvimos que salir del pueblo amenazado. Nos fuimos para Barranquilla seis meses con mis hermanos y mi mamá, y después nos quedamos en El Carmen de Bolívar.

“Recuerdo que antes de irnos de El Salado, mamá regó un bulto de maíz en el patio para que a las gallinas no les faltara la comida. Se van a morir las pobres, dijo mamá. Durante nuestra ausencia creció el maíz y también la ahuyama. Mamá participó en el grupo de mujeres que lideró el retorno. En el regreso no había por dónde pasar, todo era hierba, la casa estaba perdida entre la maleza y era como si regresáramos a un pueblo perdido.

“Cuando volvimos, le dije a mi mamá que yo quería ser la profesora de la escuela que estaba cerrada. Fuimos de casa en casa a buscar a los niños y a las niñas. Entonces me llevé a mi casa 37 alumnos entre los 4 y 13 años, para enseñarles lo poco que había aprendido. Todo empezó sin muchas reglas. El primer día dictaba matemáticas. El segundo día, paseaba por las calles del pueblo con mis estudiantes. El tercer día les recordaba los juegos tradicionales. El cuarto, los pasaba al tablero. El quinto, recordábamos lo que habíamos hecho en la semana. Algunos de los estudiantes se quedaban dormidos en mi casa. Mamá al principio creyó que era una locura, pero me apoyó. Una psicóloga vio un día cómo dictaba mis clases y contó la noticia. Empezaron a llegar donaciones de chancletas, ropas, cuadernos y meriendas para mis estudiantes.

“Me dieron el premio Mujer Cafam. No comprendía nada de lo que me estaba ocurriendo. Pensaba que habíamos nacido en un pueblo pujante y que no estábamos acostumbrados a que nos regalaran cosas. Que lo esencial era que nos ayudaran a ser lo que éramos antes para salir adelante.

“Raimundo Angulo conoció mi historia y me dio una beca a través del Concurso Nacional de Belleza y estudié Primera Infancia en la Universidad Rafael Núñez. Estuve trabajando un año en la Fundación Semana en la coordinación pedagógica de Derechos y Valores. Desde hace dos años estoy desempleada.

“Mamá murió hace siete meses, víctima de la diabetes, pero no asimiló jamás la ausencia y desaparición de mi padre. Y ninguno de sus hijos se atrevió a contarle los detalles pavorosos de su muerte, narrada por su asesino, aunque ella intuía en qué lugar pudieron haber dejado sus restos.
“El día que murió, le preparé un puré de papa con pescado. La bañé. Le dije que se durmiera. Eran las tres de la tarde. Mamá lloraba. Yo le decía No llores mamá, tú hiciste demasiado, nos diste un gigantesco coraje para seguir. Ya puedes descansar. Le agarré las manos, le di besos. Mamá murió en mis brazos a las 7:58 de la noche”.

Memoria menos salada
El aire es caliente y arrastra una arena dispersa al mediodía en El Salado.

Las coquitas de mico sueltan sus tapitas en el parque cercano a la cancha de la memoria, donde ocurrió el infierno hace veinte años. Y solo consuela mirar el peladero del verano y encontrar que entre los cerros resplandece un guayacán de hojas amarillas.

Algo de aquella niña prevalece en medio de las sombras del tiempo. Ella se sumerge en las aguas del pozo El Corrincho, pasea por las calles de su pueblo en burro, juega en la puerta de su casa al fútbol y al béisbol. Se sube al tanque de El Salado a ver a su pueblo desde las alturas. Ve a sus antiguos y ausentes vecinos intercambiando tubérculos, verduras y sueños. El trueque, algo perdido, y la práctica de la ‘mingada’, en la que alguien daba una parte de lo que tenía para compartirlo. “Éramos felices y compartíamos en unión. Y en la cocina, mamá hacía aquellos patacones dorados, aquel arroz con frijolito, aquella gallina guisada. Y su vecina, Dorita Torres, aún pedalea su Singer cosiendo y remendando los vestidos de todos en el pueblo, aún no la habían matado a tiros en su propia cama de resortes, donde debajo se habían escondido tres de sus familiares”.

La esperanza
“Tras veinte años de la masacre, lo que más queremos es que entre todos podamos ser lo que éramos: un pueblo que salió adelante por sí mismo. Éramos un pueblo unido, ‘echao palante’, sostenible. El Estado ha incumplido con El Salado. Me inclino más por motivar procesos en que las nuevas generaciones despierten y descubran la esencia de lo que éramos. Las indemnizaciones del Estado no son suficientes y muchas veces generan más desuniones entre las familias fragmentadas, porque benefician a unos y a otros no. Lo emocional y mental sigue siendo un drama silencioso y las personas en apariencia no demuestran el inmenso dolor que tienen por dentro”.

Epílogo
Aquellos 37 niños de su escuela ya no están. Crecieron y se fueron del pueblo. La mayoría. Y al regresar en este jueves, a pocos días de conmemorarse los veinte años, a María Magdalena, la seño Mayo, se le arruga el corazón al ver caer las hojas de los guayacanes, ver a un señor en una mecedora, con la mirada perdida en viento lleno de arena, asomarse en las casas deshabitadas yescuchar el ladrido de los perros. Suspira y siente que la vida no se detiene. Que es como si acabara de salir del infierno y se asomara a un horizonte donde todo está por empezar. 

Periodistas
Cristian Agámez  /  Gabriel García  / Gustavo Tatis / Víctor Mora 

Fotos y videos
Nayib Gaviria / Archivo El Universal

Editora Facetas 

Laura Anaya

Editor Web
Jairo A. Cárdenas

Diseño digital El Universal
Duvan Peña

© 2020 - Todos los derechos pertenecen a El Universal