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Análisis: ¿Qué le pasó a ‘Euphoria’? Que Dios tenga piedad de la serie

El colapso de una revolución estética: cómo el ego de Sam Levinson y la desconexión narrativa transformaron un fenómeno generacional en un burdo y vacío delirio de morbo.

Análisis: ¿Qué le pasó a ‘Euphoria’? Que Dios tenga piedad de la serie

¿Qué le pasó a ‘Euphoria’? Que Dios tenga piedad de la serie. //Foto: HBO Max.

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En el año 2019, la noche televisiva se tiñó de un morado nocturno, eléctrico y melancólico. Una pantalla parpadeante nos introdujo en las venas de una adolescencia descarnada, suspendida entre el brillo del glitter y el abismo de las adicciones. Euphoria no apareció simplemente como una producción más en el catálogo de HBO; irrumpió como un meteorito que revolucionó de manera inmediata la industria del entretenimiento, las redes sociales, la moda, el maquillaje y la juventud. Aquella primera entrega poseía un misticismo hipnótico que lograba que el espectador no sólo observara el dolor de sus protagonistas, sino que lo sintiera en la propia piel, atrapado en una atmósfera onírica donde cada plano parecía un recuerdo difuso.

Aquel viaje audiovisual no sólo bendijo a la cultura pop con una imaginería visual inédita , sino que catapultó hacia el firmamento de Hollywood a jóvenes promesas que hoy sostienen la industria, como Jacob Elordi, Sydney Sweeney y Zendaya. Sin embargo, la magia en la pantalla escondía sombras tras bambalinas. Lo que en su momento fue endiosado como la genialidad de un autor, con el paso de los años comenzó a revelar las costuras de una alarmante decadencia creativa de un impostor. Una erosión que inició en su segunda entrega y que terminó por detonar de manera catastrófica en una tercera temporada irreconocible, carente de sustancia, donde la poesía visual fue burdamente intercambiada por el escándalo barato. Hoy, al mirar los escombros de lo que alguna vez nos cambió la vida, la pregunta es inevitable: ¿qué le pasó a Euphoria? Lea: La escena de Sydney Sweeney en Euphoria que causa indignación en redes sociales

Póster original de Euphoria. //Foto: IMDb.
Póster original de Euphoria. //Foto: IMDb.

Sam Levinson Vs. Las mujeres

Para entender el devastante desmoronamiento de la serie, es imperativo encender las luces del set y enfocar directamente a su creador, guionista y director absoluto: Sam Levinson. Durante mucho tiempo considerado uno de los más influyentes, hoy es severamente cuestionado.

Detrás de los créditos de Euphoria no habita un creador brillante, sino un hábil curador que ha sabido insertarse en proyectos ajenos y alimentarse del talento de creadoras mujeres a las que posteriormente ha despojado de reconocimiento. La génesis del show ni siquiera le pertenece: Euphoria nació en Israel en 2012, bajo la autoría de Dafna Levin y la dirección de Ron Leshem, quienes moldearon la verdadera filosofía y el tono del relato antes de que Levinson se adueñara del formato y se lo vendiera a HBO solo por ser hijo del reconocido actor y director Barry Levinson.​

Este patrón de apropiación se extiende de manera dolorosa hacia el alma estética de la serie. Ese lenguaje visual icónico y de ensueño que todos conocemos fue una edificación artística de la fotógrafa canadiense Petra Collins. Levinson la convocó para co diseñar el universo de la serie basado en su obra, trabajó con ella durante cinco meses en la cadena y luego la apartó del proyecto argumentando que era muy joven. Pero el golpe llegó cuando Collins se topó en las calles con gigantescos anuncios que reproducían su estética exacta, forzándola incluso a modificar su propio sello artístico porque la serie se lo expropió sin otorgarle crédito ni compensación.

Lo mismo ocurrió con Augustine Frizzell, encargada de dirigir el ritmo visual del show en el episodio piloto, quien sufrió una constante interferencia por parte de Levinson —lo que hasta provocó intervenciones del sindicato de directores (DGA)— hasta que terminaron haciéndola abandonar la producción, dejándole los elogios a un hombre lo único que hizo fue capitalizar el esfuerzo ajeno.

Cuando las mentes femeninas que sostuvieron el alma de la serie fueron expulsadas, la verdadera naturaleza de Levinson quedó inevitablemente expuesta, dando paso a una pésima trama, una preocupante misoginia narrativa y a una obsesión desmedida con la hipersexualización de sus personajes femeninos. Su incapacidad para contar historias alternativas quedó validada tras el colapso de la serie The Idol, donde repitió exactamente su modus operandi al despedir a la directora Amy Seimetz cuando ya tenía el ochenta por ciento de la producción filmada, y en Euphoria, esta alarmante fijación ha terminado por aniquilar la tridimensionalidad psicológica de sus mujeres, quienes en lugar de obtener profundidad, la han perdido para convertirse en fetiche.

El caso más indignante esta temporada es el de Cassie, interpretada por Sydney Sweeney. Luego de que el público lograra desarrollar una empatía genuina con las heridas emocionales e historia de su complejo personaje; hoy, ha sido reducido a la caricatura de una “rubia sin cerebro” cuya única función es someterse a humillaciones sexuales que desbordan la ficción y lastiman la imagen de la propia actriz.

Levinson suele escudarse bajo el pretencioso discurso de estar denunciando la explotación de las mujeres en el arte, pero su propia producción se ha convertido en la prueba de dicha explotación. Resulta lamentable que la única salida que el guión conciba para las protagonistas esté ligada a la degradación sexual: una Rue convertida inexplicablemente en proxeneta, Cassie y Maddy atrapadas en el circuito de OnlyFans y Jules reducida a ser la sugar baby de hombres adinerados, ¿dónde quedaron el resto de sus historias?

El vacío de un salto al vacío

Narrativamente, la tercera temporada se sostiene sobre un abismo insalvable. El recurso del salto temporal de cinco años, concebido en teoría para explorar las complejas secuelas de esa adolescencia desenfrenada, ahora en la adultez, se ha ejecutado de una manera tan abrupta y descuidada que destruye por completo cualquier noción de continuidad dramática. El espectador se encuentra frente a una galería de extraños que habitan una trama superficial e improvisada.

Tras seis episodios emitidos, las inconsistencias resultan brutales: Nate Jacobs, el antagonista violento, descontrolado, misógino y disruptivo que solía fracturar las vidas de todos a su alrededor, da un giro inexplicable de ciento ochenta grados. De la noche a la mañana, aparece transformado en un hombre sumiso, amoroso y complaciente, extrañamente domesticado en su matrimonio con Cassie, relegado a un plano secundario tan irrelevante que su ausencia no alteraría en absoluto el curso de la historia. Nadie explica el cómo, el cuándo ni el porqué de esta metamorfosis. Lo mismo sucede con Rue, quien mágicamente aparece limpia de sus adicciones y reconciliada con Jules, ignorando la devastación psicológica y el oscuro abismo emocional en el que ambas quedaron sepultadas al cierre de la entrega anterior.

Euphoria temporada 3. //Foto: HBO Max.
Euphoria temporada 3. //Foto: HBO Max.

Lo verdaderamente trágico de este naufragio es el olvido absoluto de temáticas que habrían aportado una riqueza intelectual inmensa a la serie. Levinson decidió sepultar y tratar con una alarmante superficialidad el arco de la psicosis espiritual y el despertar religioso de Rue —un sendero perfectamente coherente con su historial de luto y autodestrucción— para priorizar la violencia y los desnudos. Asimismo, el prometedor ascenso de Lexi en la industria de Hollywood tras el éxito catártico de su obra de teatro que cerró con broche de oro la segunda temporada quedó confinado a una subtrama de relleno totalmente desperdiciada. Y para terminar de arrebatarle el corazón a la producción, el alma sonora de Euphoria ha muerto. El músico Labrinth, responsable de componer esa atmósfera electrónica, inmersiva y celestial que dictaba el pulso emocional de cada episodio, abandonó la producción manifestando abiertamente su descontento con el director. Su ausencia se siente como un silencio ensordecedor que termina de desmantelar la experiencia mística del show. Lea: Confirman la muerte de Eric Dane, actor de ‘Greys Anatomy’ y Euphoria

Desconectada por completo de la realidad, ridiculizando y romantizando los dolores de una generación, la serie sobrevive únicamente gracias al inmenso cariño y a la nostalgia de aquellos espectadores que continúan sintonizándola por la inercia de terminar lo que un día empezaron en 2019. pero, ¿hasta donde le va a alcanzar este recurso para sobrevivir? Euphoria ya no es buena; es simplemente el eco lejano y bizarro de una revolución estética que terminó destruida por el ego insaciable de su falso director.

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