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“Los espantajopos son una triste conexión entre Cuba y Cartagena”

El escritor cubano, Carlos Manuel Álvarez, le desinteresa si le da insumo o no a los que lo tildan de “egocéntrico”, por lo que no dejó títere con cabeza. No se salvó ni Petro.

Si en La Habana hacen fila bajo el sol por un par de bolas de helado en Coppelia, en Cartagena la hacen por un subsidio. En la cola cubana, los paraguas de colores sirven de cielo a hombros rostizados y a greñas mochileras, tal como lo hace la Fuerza Aérea de sombrillas de la calle Tripita y Media en Getsemaní, evitando cada noche que los borrachos y las arepas venezolanas vean cómo está la luna. Lea: La historia que canta Getsemaní

“Los espantajopos son una triste conexión entre Cuba y Cartagena”

Si acá hay recoge locos, allá hay guaguas. Los boleristas y los raperos remorean a los turistas en ambas ciudades. Si cerquita al Teatro Adolfo Mejía, las siluetas se vuelven una sola en los huecos – motel de las murallas, los aseres mezclan sus jugos con el salitre sobre El Malecón. Aunque Centro Habana juegan dominó con más fichas, al igual que en Bazurto las revientan sin piedad contra la mesa, siempre rodeada de los mismos sapos.

“Los espantajopos son una triste conexión entre Cuba y Cartagena”

Alguna vez escuché, algo tontos este tipo de licuados, que “los cartageneros son los cubanos de Colombia”. Que si por el golpe al hablar, que por la flauta de la charanga que deambula nuestros barrios los domingos, o por la bacanería que ellos llaman cubanía. Para constatar si el batido de ciudades es espeso o es grumoso, hablé con el escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez, uno de los invitados del más reciente Hay Festival.

Getsemaní comparte rasgos arquitectónicos, culturales y raciales con Centro Habana o La Habana Vieja. ¿Qué piensas de este espejo recurrente?

Eso que alguien llamó «el hervor tumultuoso de lo impreciso y dinámico».

¿Hay semejanzas detestables entre nuestras sociedades?

Sus oligarquías, sus tiranos. El gomelo, el espantajopos, el pupy, el fresa, el fifí, el gorila, el estirado, el chanta, el pituco, el cuico, el enchufado, el decente, el marqués y también la turba, que la he padecido. No el pueblo, el pueblo es una forma de articulación política, una culebra que muerde los pies.

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Padura alguna vez dijo que «los mundos felices son poco apropiados para la creación». A La Habana muchos foráneos la conciben como un parque de diversiones para la bohemia, para jugar al renegado o como un «olimpo de inspiración» para escritores y artistas. ¿Piensas que esta oda superficial a lo derruido, a lo congelado en el tiempo y a obligarse a pasar carencias es pendejada?

Padura no sabe lo que dice, no importa cuándo leas esto.

En tu libro La Tribu, retratos de Cuba, hay crónicas tan bien logradas que percibes, sin haber estado nunca en Cuba como yo, el salitre del Malecón y el polvorín de Las Martinas, o comprendes los códigos de los bloques del barrio Alamar. A periodistas narrativos como tú siempre les hago la misma pregunta: ¿es válido engañar con que no somos periodistas, sino otra cosa, para propiciar una buena inmersión y que la gente no se empelicule y no muestre lo que son?, ¿o defiendes la honestidad en aras de la confianza entre periodista, personajes y fuentes?

No hay que engañar a nadie. La ética no lo permite, la práctica no lo necesita, la moral lo condena, la estética lo repudia, el poderoso lo utiliza y el corazón de la gente lo percibe.

¿Desde el exilio, la cubanía te golpea a ritmo de la melancolía y de la nostalgia, o consideras que es necesario estar afuera para que tu voz retumbe donde tenga que hacerlo?

La nostalgia y la melancolía son distintas. No me quiero quejar. No hay adentro ni afuera, el mundo es el municipio. Lo que hay es memoria, rabia e imaginación.

Tal vez sea una pregunta cliché, pero, ¿qué consejos le das a los cronistas para abordar los contextos que pretenden explorar? Me interesa mucho saberlo de alguien que por sus convicciones políticas y el ímpetu de narrar realidades ha puesto en riesgo su vida como en ese acuartelamiento y huelga de hambre del 2020.

Que sigan en cualquier circunstancia lo que dice Peer Gynt: «Yo he pensado, y poco a poco me fui enterando».

Con tantos premios, reconocimientos y letras publicadas en los medios con los que todos los cronistas soñamos, con tu carrera galopante y siendo tan joven para disfrutar del éxito, muchas veces aparente, ¿qué piensas del ego?

No lo sé. A mí me acusan de egocéntrico, creo que con razón, ¿quién sabe? Yo lo llamo insolencia o soberbia, que son las armas que le quedan a los que «somos de raza inferior por toda la eternidad».

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En Los intrusos, tu libro más reciente, abordas el castrismo en Cuba más allá del régimen, de la política o de la doctrina, y expones cómo se volvió aire que respirar y paisaje acostumbrado. ¿Consideras que puede existir el periodista apolítico, ese que prefiere enfocarse en el lirismo de una crónica o en el coqueteo con la literatura para evitar un mundo, muchas veces, corrupto, ladrilloso, hermético y detestable?

El que dice que es apolítico es siempre de derecha. No hay nada que no sea político, salvo el ajedrez, las ciencias exactas y la música, no así los ajedrecistas, los científicos y los músicos. La pretensión del apolítico me recuerda que, acá en el exilio, hay muchos cubanos ridículos que te dicen, dándose un aire: «A mí no me gusta el cubaneo». Pero el cubaneo no es otra cosa que hablar así. «El cubaneo eres tú». Y el apolítico es eso. «La política eres tú».

El totalitarismo cubano te secuestró por varias horas debido a tu figura y activismo social y político. Imagino que en situaciones así las ideologías se van a la mierda. Yo estoy convencido que ni la derecha ni la izquierda son amos de lo probo, pues dictadorzuelos o proyectos de ello brotan en ambos extremos. Con los Milei, los Bukele, los Maduro, los Castro, los Ortega, ¿qué radiografía haces de Latinoamérica en la actualidad y en el futuro próximo?

La radiografía que dice que Latinoamérica debe convertirse en un conjunto de repúblicas federativas.

¿Qué opinión tienes de la situación del artista Luis Manuel Otero?

Que es injusta y nos llena de vergüenza. Que su cárcel le paga la fiesta en La Habana a mucha gente. Que él es muy refinado, muy exquisito, incluso siendo un héroe, como hasta ahora ha sido.

¿Y qué piensas de Petro o Boric que miran de reojo a Nicaragua o le reclaman vainas a Venezuela, pero persisten en la idealización del castrismo?

Pienso que se equivocan. Me gustaría que enterrasen a la izquierda ortodoxa, el sepelio como nacimiento y el sepulturero como creador. Me cuesta justificar a quienes no someten su educación sentimental a las emociones que generan las constantes evidencias del presente. Desprecio profundamente a los que subliman el castrismo, aunque no considero que Boric y Petro hagan tal cosa. Hacen menos de lo que deberían hacer en este caso, se pasan con ficha, y esa deuda, a la que no le veo sentido, los deja mal parados en varios frentes, pero tampoco son apologetas del desastre cubano. Por otra parte, me parece que mi situación es extraña, no termina de encajar en ningún lugar, no tiene representación política en ninguna parte, quizá me estoy equivocando, pero yo sigo dispuesto a pertenecer, buscando el truco.

Por último, ¿el régimen cubano agoniza o consideras que logrará mutar en dinámicas que le permitan su pervivencia?

Agoniza sobreviviendo, un letargo que en la historia puede durar siglos, aunque el cuento cubano no da para tanto. Yo de todos modos he tratado de comportarme contra el castrismo tal como leí que hizo un activista palestino ante la ocupación de su territorio por el Estado de Israel. El activista cree que se va a morir sin ver a su pueblo libre, pero actúa como si la liberación fuese a ocurrir mañana.

Sobre el autor
Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, Cuba, 1989) es periodista y escritor. Fundador de la mítica revista cubana El Estornudo y sus textos y columnas de opinión han sido publicadas en El País, The New York Times , The Washington Post e Internazionale . En 2017 fue seleccionado por el Hay Festival para la lista de Bogotá 39, que reúne a los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años, y publicó su primera colección de crónicas periodísticas, La tribu. Retratos de Cuba (Sexto Piso). En 2021 recibió el Premio Don Quijote de Periodismo (parte de los premios Rey de España) y fue seleccionado por la revista Granta entre Los Mejores Narradores Jóvenes en Español. Ha publicado las novelas Los caídos (Sexto Piso, 2018) y Falsa guerra (Sexto Piso, 2021). En 2022 obtuvo el Premio de Crónica Anagrama/UANL Sergio González Rodríguez por Los intrusos. Ha sido traducido a varias lenguas, entre ellas inglés, francés e italiano, árabe y croata.

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