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No dejemos sola a la isla y el archipiélago

No dejo de pensar en los amigos de la isla de San Andrés y en los hermanos del archipiélago de Providencia.

GUSTAVO TATIS GUERRA

22 de noviembre de 2020 12:00 AM

Muy temprano recibo el clamor de la amiga sanandresana residente en Cartagena, Heaven Stephens Fernández: “En San Andrés hay más de 1.800 casas sin techo, no hay láminas de zinc, se requiere material de construcción y personas que ayuden a reconstruir. En Providencia solo quedan cinco casas en pie, sus habitantes han perdido todo lo que tenían y están vivos de milagro, son aproximadamente 5.000 colombianos que se quedaron sin nada. Ayúdenos a reconstruir este paraíso que tantas alegrías nos ha dado”.

Eduardo Lunazzi, un argentino que llegó a San Andrés atraído por el imán del amor, se quedó para siempre allí bajo la luna verde y frente al mar de los nueve colores, me escribe ahora para contarme lo que está pasando. En este jueves, en el que su voz grave y conmovida atraviesa el océano bajo el cielo de San Andrés hasta Cartagena, me recuerda que se cumplen hoy ocho años en que el otro huracán de las negligencias políticas de Colombia sembró el camino para el despojo de una enorme franja del país, luego de que la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de la Haya decidiera que “buena parte de las aguas de nuestro archipiélago fuera cercenado. Un aniversario que a la vez cobra un impacto dramático y nos desnuda como nación tras el paso devastador de los huracanes Eta e Iota por Santa Catalina y Providencia”. (Vea aquí: VIDEOS: Providencia quedó devastada tras paso de Iota)

En aquellos días pasé por San Andrés y percibí el desaliento de los nativos, de los jóvenes y los adultos mayores que me confiaron su desencanto de que, en más de medio siglo, un solo presidente había llegado de paso por allá, como si la isla y el archipiélago no fueran de Colombia.

Me decían que se sentían solos y aislados, ahora aún más, con la embestida del huracán. Pero una doble soledad en la que la presencia del Estado ha sido precaria, para no decir ausente. Y en esas negligencias, el país perdió a principios de siglo XX a Panamá y les ha hecho sentir a algunos colombianos que viven alejados de todo, de los designios de Dios y del gobierno; de los planes de desarrollo y distantes de toda noción de esperanza. Creo que no ha sido suficiente y no lo será invertir en reconstruir la isla y el archipiélago, sino se reconstruye la confianza perdida de que esa inmensa franja de país forma parte del mapa territorial y humano de todos los colombianos. Pero que sean una peste y unos huracanes los que nos recuerden la existencia palpitante e irreemplazable de San Andrés y Providencia, eso es algo que nos desfigura como comunidad, como región y como nación.

La solidaridad deberá pagar la gigantesca deuda que tenemos con nuestros hermanos, ahora damnificados del huracán. Vuelvo a preguntarle a Eduardo Lunazzi, quien promueve muchos sueños en la isla, no solo como periodista y gestor cultural de El Isleño y dinámico impulsador del Festival de la Luna Verde y de diversas publicaciones de índole cultural y turístico como la revista Welcome Caribe, y me dice que la sola imagen de ese enorme cocotero, aferrado a sus raíces ancestrales frente a un atardecer que parece pintado por William Turner y al pie de un mar devastado, podría ser la metáfora de la esperanza de los isleños.

La reflexión urgente “no es otra que la del Plan Archipiélago, que nació como alternativa para apoyar a las islas en la debacle limítrofe y que, por diversos factores y razones sociales, humanos, políticos, culturales, no logró los resultados esperados”, precisa Lunazzi, quien deposita su fe invencible en la sociedad civil.

Esa sociedad civil, como ese árbol decidido a no dejarse arrastrar por el huracán, que no solo denuncia, se queja, se pronuncia, participa, opina, sino que es una comunidad activa para que las intenciones del Gobierno Nacional y regional, junto a la solidaridad de todos los colombianos, abra un nuevo sendero de sostenibilidad en sus propósitos de reconstrucción, integración y apuesta incesante hacia un desarrollo social que mejore las condiciones de vida (salud, educación, movilidad, servicios públicos, seguridad, etc.), ahora que la esperanza y la vida de los isleños ha estado tan amenazada en su “fibra más sagrada: la de su propia supervivencia”.

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Pero, al margen de esta tragedia sanitaria y ambiental que devasta a San Andrés y Providencia, Lunazzi nos recuerda que hace dos décadas se alcanzó un logro que ameritaría retomar como carta de navegación en este presente en que la isla y el archipiélago resucitarán como Ave Fénix: la categoría de Reserva Mundial de la Biosfera, que luego de haberla alcanzado también pasó desapercibida, pero que en este presente desolador cobra una nueva dimensión de esperanza y protagonismo en esta tragedia que viven todos los isleños. Reinventar el paraíso que el huracán ha devastado con la memoria de todos sus habitantes, sembrando las mismas especies que el huracán arrasó con el ímpetu de los vientos y las aguas, reconstruir senderos de la memoria y afectos con los colores vivaces y con la música ancestral tocada con quijada de caballos, para crear un nuevo calipso, una nueva soca, un nuevo reggae, que restaure nuestros sufrimientos, como quien borda sus lágrimas con hilos de oro.