Opinión

“¡Mis príncipes!”

Recibiéndolos con los brazos abiertos de par en par: “¡Llegaron mis príncipes!”. Ellos se lo creyeron: estudiaron y se esforzaron para merecerlo.

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HENRY VERGARA SAGBINI
17 FEB 2025 - 07:12 PM

Efraín y Santiago, compañeros de infancia, huérfanos de padre, vivían en casita de bahareque, piso de tierra, pero implacable. Soledad, su madre, sobrevivía lavando y planchando ropa ajena mientras sus dos cachorros, respetuosos y ordenados, se convirtieron en los mejores estudiantes del Instituto Calamar del exigente maestro Roberto Botero. Al regresar del colegio los recibía con los brazos abiertos: “¡Mis príncipes!, ¡mis tesoros!”.

Almorzaban e inmediatamente Efraín recogía la ropa secada al sol lista para plancharla y Santiago la repartía a los clientes, sacaba cuentas y guardaba aquel dinero sagrado. Cuando crecieron, su tío Edilberto se los llevó a Barranquilla, donde terminaron el bachillerato e ingresaron a la Universidad del Atlántico. Efraín se graduó con honores como ingeniero, y Santiago, Medalla al Mérito Académico, en la Facultad de Economía. Durante muchos años los perdí de vista hasta cuando, mientras esperaba cambio de semáforo en concurrida avenida de Barranquilla, reluciente camioneta se detuvo pronunciando mi nombre. - “Móntate”. Era Efraín. Nos dimos fraternal abrazo contándome que Santiago trabajaba en Houston (Texas) y él hacía maletas, junto a su madre, pues tenía empleo garantizado. En ese momento retrocedí a la época de nuestra niñez: el tesón, afectos de Soledad para sacarlos adelante, instruyendo que, donde hay esfuerzo, respeto y dignidad, germina la libertad y el progreso sin deberle favores a nadie, que dignidad es independiente a la fortuna y no se pierde por pobreza ni se gana por riqueza: - “Nadie tiene, por poderoso que parezca, derecho a pisotear a un semejante: dignidad y autoestima son innegociables, germinan y fertilizan en hogares y aulas, extraditando desigualdades, insumo de la maldita guerra, exclusión social y abusos de quienes aún se creen monarcas absolutos”. No sé por qué, en esta época de fusiles hambrientos de sangre fraterna, escándalos políticos, ausencia de justicia, egos rimbombantes, de trapitos al sol sin medir consecuencias, de palabras impulsivas y venenosas, de ambigüedades e incertidumbres; subsidios a diestra y siniestra, retorna a mi memoria la imagen de Soledad, campeona de la dignidad criando a sus hijos a pulso, lavando y planchando ropa ajena, exigiendo respeto, jamás limosnas. Recibiéndolos con los brazos abiertos de par en par: “¡Llegaron mis príncipes!”. Ellos se lo creyeron: estudiaron y se esforzaron para merecerlo.

Todavía me emociono recordando la llamada de Efraín: encontraron a su madre inconsciente, llegó a urgencia del Hospital Metodista de Houston, sin signos vitales, pero lo que los galenos aún no se explican es por qué se marchó al infinito con una enorme sonrisa de satisfacción y orgullo, jamás descrita por la ciencia médica.

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