En las audiencias solo se observa, quizás con mucha rabia, quizás con lástima, la más grande de las crueldades humanas. Delante de sus padres, los hijos se expresan en los peores términos de ellos, y sin prudencia ni vergüenza, dicen estar hartos de ellos. Cierto día una hija citó a los hermanos para pedir alimentos para su padre, quien vivía solo en un rancho cerca de un caño de la ciudad. Se jugaban su cuidado del tingo tingo tango, en el cual nadie quiere la pelota ni cumplir una pena.
El hijo menor, llorando, dijo que el día que fue a cuidarlo, según lo habían acordado anteriormente, encontró a su padre en el piso, con la nariz sangrante; la comida preparada para dos días tenía ratas encima; y el olor de la materia fecal invadía la estancia, pero más malolientes eran el dolor y la decepción que hacían llorar a su pobre viejito. Dejo al lector las conclusiones sobre esta escena. Su hijo manifestó que su padre no lo merecía, porque en medio de sus posibilidades ¡fue el mejor padre del mundo! Casos perecidos seguimos viendo.
La C.P. en su artículo 46 reza que “El Estado, la sociedad y la familia concurrirán para la protección y la asistencia de las personas de la tercera edad y promoverán su integración a la vida activa y comunitaria. El Estado garantizará los servicios de la seguridad social integral y el subsidio alimentario en caso de indigencia.” Los padres serán siempre nuestro ejemplo y seremos su más cercana semejanza en la vida, y así como lo es todo en el destino, el mismo trato que les demos, recibiremos cuando seamos viejos, porque seremos ejemplo para nuestros hijos también. Los derechos humanos de los ancianos son obligaciones del Estado, la sociedad y la familia. Esta última es la primera obligada, y no del todo, un asunto del gobernante de turno. Sus derechos hay que hacerlos valer y hay que cumplirlos. Legalmente, los hijos mayores de edad tienen la obligación de alimentar a sus padres, pero sobretodo, darles la calidez y el amor que necesitan. La soledad es peor que no alimentarlos, y como una verdad de Perogrullo, esto sigue siendo falta de valores, como tantas veces se ha dicho desde estas líneas. Es la falta de coraje ante la lucha contra la insensibilidad, es la esclavitud de las cosas banales que establecen la inversión de valores, y la sociedad de consumo que deja de lado lo verdadero. En la etapa senil el ser humano se puede definir con unos versos de Quevedo: “Ayer se fue; mañana no ha llegado/hoy se está yendo sin parar un punto/soy un fue, y un será, y un es cansado”.
*Directora Consultorio Jurídico y Centro de Conciliación, Universidad Libre-Sede Cartagena
tbarrozo@hotmail.com
