“…;y de repente se armó la pelea. Todos corrimos a escondernos porque los pelaos de la otra cuadra venían a levantarnos a peñón”. El relato breve, carente de elaborada sintaxis, es de mi hijo recién desempacado en el Primer Mundo. Su narración es emotiva, cada palabra expresada como si viviera el momento una vez más…; Muchachos armados de piedras tras él y sus amigos, lluvia de guijarros surcando el cielo prístino del Caribe, cabezas partidas como sandías jugosas, sangre corriendo por brechas de intolerancia.
Al finalizar el relato, ambos, como por arte de magia, miramos hacia el suelo, encontrando un manto limpio y, quizás, sólo algunas hojas de árboles sin dueño bailando en la brisa del verano incipiente. Algo falta. ¿Dónde están? Los ojos de mi hijo asumen un estado inmóvil, de vasta incredulidad. Después de un par de años en la multiétnica Miami cubana, me percato de una realidad triste: en calles y jardines de la más poblada ciudad de la Florida no hay “peñones”.
Mi hijo sigue hablando. Lo percibo desamparado, impotente, presa fácil de cualquier oponente en una reyerta callejera. Sus ojos ahora amenazan con estallar. Manotea, mira hacia todos los lados en actitud huidiza. Lo que dice me contagia de su zozobra: “¡Ajá, pá! Y si se arma una pelea, ¿con qué nos defendemos?” No supe qué responderle. Las palabras se me atrancaban en la garganta.
Como era apenas natural, el padre pacificador exhibió una enorme bandera blanca, trozo de tela insigne lastimosamente salpicada de briznas de sangre. Le dije que en esta ciudad, en este gran país laico, las piedras no tienen mayor preponderancia al dirimir conflictos a ninguna edad. La tecnología de los teléfonos “inteligentes” me permitió enseñarle en Youtube videos de las más ilógicas masacres cometidas en escuelas y otros lugares a lo largo y ancho de la Gran Potencia, usando sofisticadas armas de fuego de corto y largo alcance.
Un niño mata sus compañeros de clases, provisto del arma que su padre guarda en una mesita de noche, porque le decían “gordo McDonalds”. Otro dispara ráfagas de balas contra muchachos en el patio de una escuela porque su novia cortó de tajo la relación sentimental de ambos. Un joven mata a seis en el restaurante donde labora su esposa porque la noche anterior ella le anunció que había iniciado en Corte el proceso de separación. Acto seguido, se suicidó el ser desquiciado.
Después de observar estos y otros videos sentí una opresión fuerte en el pecho. Mi hijo lanzó un resoplido acompañado de un larguísimo “no joda”. Nos miramos por un segundo eterno. A mi mente llegó sin invitación la imagen de Ricardito. Jugábamos fútbol en una calle polvorienta. Dos veces me ha dicho “gordo marica”. La piedra china impacta su cabeza abriéndole una enorme herida. Corro a casa a esconderme debajo de mi cama. Al enterarse, mi padre me da una golpiza que aún me duele. En ese momento comienzo a odiar con toda mi alma a aquel Ricardito burlón y pendenciero. En la mesita de noche de mi padre no había ningún arma de fuego, sólo –¡quién lo creyera!- un par de “peñones” entre papeles y revistas.
dacaspe@gmail.com
