Los proyectos públicos más acertados son aquellos que mejoran la calidad de vida de la gente. Y muchos no tienen nada que ver con cemento. Pero son las grandes obras de infraestructura física las que le permiten al ciudadano evaluar más fácilmente la gestión de sus gobernantes.
Desde que los alcaldes de Cartagena se eligen por voto popular, se rajan en esta materia. ¿Por qué no se alcanzan los resultados deseados? En la ciudad no hemos sido capaces de concluir con calidad ni uno solo de los grandes proyectos. La mayoría ni arrancan ni se terminan. Ni qué hablar de los que hacen fila.
Hace unos veinte años se publicaron noticias en El Universal, algunas con imágenes sorprendentes, sobre la Quinta Avenida de Manga, el desarrollo de Chambacú, el traslado de la Base Naval, el puente de Tierrabomba y la caída del puente Heredia, entre otros.
De aquellos proyectos lejanos luego se pasó a difundir información sobre el Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado (con emisario submarino incluido), el Triángulo del Desarrollo Social, el Corredor de Carga (y su apéndice, la Transversal 54), la Vía Perimetral, las obras del Canal del Dique, el traslado o acondicionamiento del Mercado de Bazurto y la construcción de una nueva central de abastos.
Por supuesto, no puede faltar en la lista Transcaribe, que se inició en 2004 y aún no hay claridad sobre cuando se dará al servicio. Las preguntas incomodan: ¿Alguna de esas obras se terminó? Si la respuesta es un sí, ¿cuál se terminó con calidad?
En los últimos años se han anunciado las obras futuras para el control de mareas en Bocagrande (y su fallida licitación); la Avenida del Bicentenario (Avenidas Primera y Santander) y el concurso que se realizó para seleccionar su diseño, la recuperación integral de la Popa, la Ciudad Bicentenario (más los proyectos de vivienda que venían “ejecutándose”) y las obras del urgente sistema de drenajes pluviales.
¿Son propias de Cartagena, sus gobernantes y ciudadanos las razones de esta inmovilidad? Aparentemente, no. En Bogotá, por ejemplo, hemos visto casos similares: la Tercera Fase de Transmilenio, el Metro, el corredor de la Séptima, el Tren de Cercanías, y la Avenida Longitudinal, para mencionar algunas.
Ni qué decir de la Nación con las dobles calzadas de Bogotá-Girardot o Briceño-Sogamoso, el Túnel de la Línea, el Plan 2.500, entre muchos otros ejemplos. La construcción del Metro de Medellín permaneció paralizada durante siete años.
Hoy las noticias locales anuncian la resurrección de varios de los proyectos mencionados, la terminación de otros y el emprendimiento de nuevos como el Canal de Varadero o el tren que unirá a Cartagena con Barranquilla y Santa Marta. Sin embargo, ¿se culminarán en tiempo razonable? Con planes de desarrollo que cambian cada cuatro años y con precario sentido de la continuidad, no es posible pensar que sí.
Cada nueva administración no sólo debe terminar las iniciativas que hereda sino aprender de los errores de las anteriores. El examen no se pasa visitando barrios sino ejecutando obras de calidad, pues con el tiempo se asumen los costos de ilusionar a la gente con promesas que no se cumplirán y que se sigue llevando el viento.
*Profesor del Programa de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, UTB.
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