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A diario en los consultorios jurídicos nos llegan asuntos de derecho de familia que atender, y entre los problemas conyugales, no es raro que los hijos siguen siendo el objeto de los combates entre los padres. Como consecuencia, es casi imposible no hacernos una idea de los elementos que integran estos fenómenos disfuncionales y a veces, patológicos en el entorno familiar. 
No es necesario ver las marcas físicas en las partes del cuerpo a la vista, para saber que en la mente de estas personas hay grandes huellas del maltrato psicológico que sufren en esos grupos. Este maltrato es difícil de demostrar, por lo que tradicionalmente, no se le ha prestado tanta importancia como al físico, pero las secuelas persiguen a estas personas por el resto de sus vidas, y marcan la forma cómo asumirán todas las relaciones en especial las de familia, por siempre.
Los problemas emocionales, de desarrollo, de aprendizaje y de comportamiento son enormes, porque el trato humillante y descalificador proviene de quienes les son importantes, y por ello, dan como ciertos esos comentarios negativos, y lo peor es que adoptan para sí, todo lo que se les endilga, al punto de que son incapaces de asumir una actitud positiva frente a la escuela de la vida, pierden proactividad y autoestima, o, la poca que tenían la pierden; sólo piensan en lo que no son, en lo que no tienen, o lo que les falta, para autocompadecerse, y no, en lo que son en la profundidad de su ser, en lo bueno que tienen para sí mismos y para ofrecer, y en lo que les falta mejorar, para crecer y fortalecerse. 
Se acostumbran tanto a ser denigrados, que hacen de la vida un altar de su martirologio. Otras, buscando ayuda divina, le atribuyen a Dios la culpa de la desgracia que les tocó vivir, y pregonan con resignación, que a Dios todo se lo dejan, pero olvidan que Dios también dice: ayúdate que yo te ayudaré. Si bien en Colombia ya se trabaja fuerte desde el punto de vista legal sobre todo tipo de violencia y contra la familia en especial, se concluye que la sociedad está inundada de corazones enfermos, porque la violencia familiar comienza en ella misma y trasciende en un problema de salud pública.
Pero al Estado tampoco se le puede dejar la solución de todos los problemas, porque a la familia como institución que lleva ínsita la noción de la privacidad, no se le puede someter al intervencionismo estatal porque se desdibujaría su naturaleza y perdería su esencia como ha sucedido en regímenes totalitarios. Ya decía Eleanor Roosevelt: “Nadie puede hacernos sentir inferiores sin nuestro consentimiento”, de donde se desprende que es desde el interior de ésta donde se debe rescatar esa autoestima familiar, ubicando el origen del daño, reconociendo falencias y potencialidades propias, y de acuerdo a ello, arremeter contra el maltrato, de la mano de campañas publicitarias en pro de la sanidad familiar, subsidiadas, sí, por el Estado. Esta ha de ser una tarea permanente, y como dice Carter-Scott: “Cuando tu ‘allá’ se convierte en ‘aquí’, simplemente obtendrás un ‘allá’ que te parecerá mejor que tu actual ‘aquí’ ”.
¡Actuemos!

*Directora Consultorio Jurídico y Centro de Conciliación - U- Libre de Cartagena.

tbarrozo@hotmail.com

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