Quieren para ellos un lugar pintoresco en Colombia. Un lugar donde pasar días de descanso, sin el inclemente clima estacional de los dos hemisferios. Un lugar para traer extranjeros, donde caminar por las calles, donde encontrarse con sus amigos. Muy pocas ciudades de Colombia podrían serlo.
Le tienen el ojo puesto a Cartagena. Quieren salvarla e invertir en ella. No entienden su estado: el inmenso potencial desaprovechado siendo un fastuoso escenario. Traen todo tipo de propuestas culturales para sus temporadas, un mundo pensado con el deseo. Poco saben de ella, para algunos su vida cultural comienza con su arribo. Con sus contactos, sus empresas y sus medios organizan preciosos festivales y conciertos. A la ciudad le preguntan poco, porque son portadores de la Cartagena soñada.
El desembarco viene con programación, técnicos, políticos, intelectuales, periodistas, farándula y su gente linda. Además de traer dinero traen su propio público. Destilan riqueza, prendas de marca en cuerpos finos. Champú de música y escritores para la cabeza. Así, la “fragorosa ciudad del Caribe”, como la llamara García Márquez, es colonia vacacional donde lo falso se asombra con la realidad.
Cuando algo falla es la ciudad culpable. Esa que viven los cartageneros, de sudores y sinsabores que se atreven con grosería a bautizarla como “la otra Cartagena”, no les gusta; quieren una fácil y sueñan con elegir burgomaestre que les limpie calles, esconda mendigos y ponga en escena a los pobres para sus programas de redención; al que no abucheen por ignorante delante de la “crème de la crème”.
Muerden un porcentaje importante del presupuesto cultural de la ciudad. Les parece poco, porque en otros lares es mucho más. Lo que aquí quitan se lo restan a las instituciones locales para cumplir su misión. Pero nunca se les ocurre pensar en lo que ellos mismos dirían cuando uno o dos eventos se llevaran el 30% de la promoción turística de su lugar de origen.
Les preocupa el empleo vestido de blanco que generan en sus pasa-días en mansiones. Son capaces, con sus caprichos, de levantar de la mesa en un restaurante a una dirigente cultural para sentar al patrón que llega con la bolsa llena para los antojos. Son capaces de tumbar a golpes las puertas de un teatro en pleno concierto reclamando privilegios. Son capaces de hacer en Cartagena lo que no hacen es sus lugares de residencia estos cultos ciudadanos.
Piensan en redimir a Cartagena con estímulos exógenos, cuando aquí la preocupación es por fortalecer un verdadero desarrollo endógeno abierto al mundo, al intercambio comercial y cultural. La interculturalidad es bienvenida pues las culturas que viven en un caracol tarde o temprano mueren.
Las que viven son aquellas que se exponen, intercambian, se ensucian, se abren a lo extranjero. Pero se habla de cultura de ocupación cuando las relaciones sociales y económicas con lo extranjero son desiguales, se ejercen de arriba hacia abajo, desde el mundo de los poderosos al mundo de lo frágil, débil y vulnerable. Qué bueno que Cartagena se consolide como epicentro cultural, incluido en ello ser ciudad de festivales. Y es bueno que los que lleguen se pongan en sintonía con la ciudad, respeten sus procesos, el trabajo de su gente y sus culturas.
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