Columna

Tristeza sin papel higiénico

Compartir
DANIEL CASTRO PEÑALOZA
18 MAY 2013 - 12:00 AM

Tengo nueve años, no pueden ser diez porque no he mudado todos los dientes. El baño del patio, de dos metros por tres, con calados que dejan ver las hojas del árbol de caimito, lo visito cada mañana a las siete en punto. No podría ser más tarde porque un minuto después de las siete debo cepillarme los dientes. El abuelo Domingo Peñaloza Lafaurie vigila el cumplimiento estricto de los tiempos.
En cincuenta segundos me siento aliviado. Tardar más de ese tiempo sería crear una maníaca dependencia que podría enfurecer al abuelo. A tientas, como esos hombres mañosos en el lecho nupcial u otros en camas incendiadas por la aventura, intento alcanzar el elemento que podrá remediar el resultado de mi sensación de libertad por veinticuatro horas. ¿Dónde está? No lo encuentro. El grito es escuchado por la tía Rosalbina, quien, como siempre, a las siete en punto de la mañana recoge las hojas del almendro de la terraza.
Es la primera vez que me siento triste y desprotegido. Nunca había visto el portapapel vacío. Nunca el intento de alcanzar el papel higiénico, a ciegas, motivado por un instinto de preservación natural, había sido en vano. Pero se ha roto la regla. Los tiempos trazados por el abuelo sufrirán variaciones.
La tía Rosalbina sale como instigada por fuerzas malignas rumbo a la tienda más cercana. Está cerrada, no abre sus puertas al público sino a las ocho de la mañana. Una hora es una eternidad sentado en el inodoro. Empezar a leer En busca del tiempo perdido, de Proust, podría ser una opción interesante. No. Los olores me recuerdan al infierno de Dante.
De repente una mano, un brazo, medio cuerpo, irrumpe por la puerta del minúsculo baño. El abuelo me ha largado un periódico. Mis ojos se prenden de una nota que reseña la historia de un viejo dictador sin edad que llegó al poder tras un golpe militar en el Macondo próximo a descubrir. La lectura es amena, pero mientras la tía Rosalbina no traiga un rollo de papel higiénico de repuesto seguiré aquí preso de las circunstancias, abandonado a mi suerte, con las esperanzas perdidas del anciano en El otoño del patriarca.
Los pasos de plomo del abuelo se convierten en sonidos que laceran el sentimiento de desconsuelo contenido en el pequeño receptáculo. ¿Por qué no sales ya?, me ha preguntado en ese tono recio que hace correr a los perros. Cuando le explico que sigo esperando el papel higiénico que busca desesperadamente la tía Rosalbina por toda la urbe habitada, me ha espetado las palabras que aún resuenan en mi mente: ¡Mira, muchacho! ¿Y para qué crees que te pasé el periódico?

dacaspe@gmail.com

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad