El gobierno trata de frenar la desaceleración. El desgano llevaba un año y se reflejó en el crecimiento del PIB, por el aflojar de las exportaciones de batalla y la roña de la revaluación sobre la competitividad. Fue lenta la reacción pero es fácil decirlo con espejo retrovisor.
Recurrir a un fuerte estímulo de la demanda interna despertó esperanzas. Tomará tiempo reparar las locomotoras de la minería y de la infraestructura, ambas con las bielas rotas por flagelos autoinfligidos. La devaluación, en cambio, responde bien a las compras de divisas del República y a la disciplina fiscal. Hay espacio para más.
La palanca principal para la reactivación es la vivienda. En recesión, la caída en la construcción es la campana de aviso y su reanimación la proa de la recuperación. Sin ser un alto porcentaje del PIB marca los vaivenes de la economía. La esperanza de reversar prontamente la desaceleración descansa sobre el inmobiliario. El costo y la oferta de dinero regulan parcialmente los ciclos cuando el gobierno estimula vía tasas de descuento del Banco Central y subsidios. Pecado que las instituciones financieras, con prácticas oligopólicas, respondan con lentitud. Se les llama la atención ‘de boquita’ pero el tirón de orejas se queda en aspavientos.
El sueño de la casa propia coincide con aspiraciones de los colombianos y, legítimamente, con expectativas reeleccionistas. Las casas gratis van en esa dirección. Ser dueño de la morada cumple un loable propósito de armonía social. Ser dueño del hogar consolida la unidad familiar, mejora el rendimiento educativo de los hijos y disminuye la criminalidad.
Larga experiencia indica, sin embargo, que abusos con la propiedad raíz adquieren dimensión de burbujas y provocan dolorosas correcciones, con indeseables efectos sociales. Hace poco se dio una ampolla universal aupada por prácticas financieras heterodoxas. Liberar el genio de la botella inmobiliaria requiere tino y templanza.
Los subsidios distraen recursos de su óptima asignación por el mercado. Las señales se nublan. Sufre la racionalidad económica. El crédito imprudente termina reflejado en precios disparados: la burbuja, y las ganancias sociales de corto plazo en penar posterior: la recesión. Mejor no perder de vista premisas sostenibles: el estímulo al consumo interno tiene limitaciones dictadas por las posibilidades reales de la economía. Por la búsqueda de votos se cae en excesos.
En 1697, don Sancho Jimeno padeció la caída en los valores de la propiedad a raíz del horrible saqueo sufrido por Cartagena aunque él encaró al pirata. No se conocían las burbujas inmobiliarias a pesar del impacto inflacionario de la plata que fluía de América. La casa solariega del hidalgo era su castillo. No se vendía y mucho menos se compraba.
rsegovia@axesat.com