Sin aún terminar el proceso de La Habana, acometió el presidente Santos la idea, ya expuesta en la Cumbre de la Américas, de legalizar el comercio de marihuana. Esta vez fue prudente y la planteó como de uso médico.
Convendría a los comensales de los discursos imaginativamente hiperbólicos del presidente, en los que la forma más que el contenido es lo fundamental, rumiarlos en el cerebro tomando el tiempo necesario para analizarlos. Es lo que nos enseña el Secretariado de la Farc en La Habana ante los apuros del presidente.
Por el bien del país, no nos dejemos servir carne de gato por la de conejo. Aceptarlo es dejarnos engatusar.
El menú engatado puede ser fatal porque la ciencia biomédica y farmacológica no tiene aún los conocimientos suficientes para dictaminar el alcance de los efectos nocivos.
Me refiero al respaldo que el Presidente Santos da al uso “medicinal” de la marihuana. De presentarse la propuesta del cannabis acompañada de estudios de las neurociencias que expliquen cómo interactúa en el cerebro el THC (tetrahidrocanabinol) con las diversas moléculas químicas que condicionan nuestra vida emotiva y por lo tanto el comportamiento, no habría nada que discutir. Pero este no es el caso.
La verdad verdadera es que el Gobierno se dio por vencido en la lucha contra el tráfico de estupefacientes. Al dorar la píldora se desbordará la demanda y será imposible controlar el mercado subterráneo, luego se utilizará un argumento apropiado para la venta legal. Entonces se ofrecerán sin pasmo todos los estupefacientes, como la ayahuasca o yagé, el peyote, los hongos, el opio, la coca etc. Así veremos a una sociedad alucinada y a los chaceros en la puerta de teatros y salas de fiesta ofreciendo marihuana, coca, peyote y chicles. Eso tomará tiempo. Aunque al presidente el tiempo lo apremia, pues los cuatro años pasados huyeron porque las Farc no se dejan engatusar.
El uso de sustancias adictivas como el alcohol y el tabaco dejaron suficiente información sobre el gasto ocasionado al sistema de seguridad social, para no hablar de los problemas familiares y con el entorno anexos a esas adicciones. El tabaco que fue más aceptado por no alterar la conducta deja costosas secuelas tales como el cáncer, el enfisema, alteraciones del sistema vascular, y gastos al sistema de salud de cuantías significativas. Con esa experiencia tenemos suficiente ilustración para no liberalizar, por la puerta del corral, drogas de gran poder adictivo y que ocasionan daños devastadores tanto al organismo como al núcleo familiar, puesto que al alterar la conciencia del mundo real altera la conducta para mal, no para bien.*Rotaremos este espacio entre distintos columnistas para dar cabida a una mayor variedad de opiniones.
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