Desde el momento que se conocieron los resultados del desempeño de los estudiantes colombianos en la prueba Pisa, la atención del país se ha focalizado en la importancia de la educación. El badajo lo batió la OCDE y nos despertó del sueño surrealista en que vivíamos, engañados por nuestros cuentos de aldea. Los humos de la inmoderada autosuficiencia que creíamos poseer se difuminaron. A partir de ese despertar el país se apropió de la idea de que sin educación de calidad no habrá evolución hacia estadios superiores de desarrollo.
Ese es un ejemplo de la trascendencia para Colombia del deseo de pertenecer a la OCDE, y pienso que no por ser el Club de los países más ricos del mundo sino por ser “el Club de las mejores prácticas”, como lo llamó la Presidenta Bachelet.
En 1961 lo fundaron 18 países europeos más EE.UU y Canadá. Hoy pertenecen a la Organización 34 naciones, los que juntos suman el 80% del PIB mundial.
La admisión, pedida en 2013, no es una merced graciosa. Colombia debe crear las condiciones que posibiliten alcanzar los objetivos económicos y sociales de aquella entidad. Además, si se escoge una media estadística de esos países o varias por grupos o individualmente de los miembros de la OCDE, es un gran reto para Colombia tener como referencia objetivo los resultados de las naciones más desarrolladas del planeta. De tal cotejo debe surgir un impulso de alcanzar a los países que estén por encima del nivel de desarrollo de Colombia, labor a la que se verán constreñidos a realizar los gobiernos de turno, acicateados por los resultados comparativos con los otros miembros que serán de dominio público.
Luego de cumplir con los aproximadamente 250 indicadores fijados por tal entidad, se facilitará el cambio a una “sociedad del conocimiento” caracterizada por convertirlo en la mayor fuente de productividad y también, de no acceder al saber, en el mayor generador de desigualdades sociales. De tal forma estarán nuestros gobiernos obligados a formular políticas de desarrollo y ejecutarlas en la nueva sociedad del siglo XXI.
Siguiendo los indicadores aprenderemos a prepararnos para adherirnos a tratados diversos teniendo las condiciones para hacerlo, evitando casos como los TLC, en los que sin preparar al sector productivo entramos a competir con países cuyas ventajas son más satisfactorias que las nuestras. También debe cambiarse nuestro perfil exportador fundamentado en productos del sector primario desde siempre. Esta situación nos conduce a sobresaltos e inestabilidades económicas, cuando el producto de mayor ponderación en el conjunto de bienes exportados, en el pasado el café, hoy minería y petróleo, baja de precio o de producción.
*Rotaremos este espacio entre distintos columnistas para dar cabida a una mayor variedad de opiniones.
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