Escarbando en los rincones de mi mente, no acierto del todo en la manera de referirme a aquel colega que durante las tardes armaba colosales trifulcas “al aire” en Caracol Radio, debatiendo sobre temas deportivos.
Por ese entonces no tenía canas y llamarlo Manuel Vicente me ‘sonaba’ seco y un tanto formal. Otra opción era decirle Manolo, como se le conoce en la urbe. Pero la amistad creció y terminé llamándole Manolito, cortando de tajo cualquier otra mutación al nombre del antiguo compañero de faenas radiales.
Pero ahora el colega que merodeaba los linderos del parque Bolívar en procura de rivales conceptuales –por lo general periodistas de otros medios de comunicación–, fue elegido alcalde de Cartagena y las circunstancias parecen conminarme a denominarlo de una manera más acorde con la dignidad conferida mediante el ejercicio democrático del voto popular.
Después de ver los resultados en las urnas ¿cómo tendría que llamarle? ¿Manuel Vicente, Manolo o Manolito, como siempre lo he hecho apelando al cariño?
Abordo de nuevo el vehículo de los recuerdos y veo a Manolito ante los micrófonos radiales defendiendo los colores del Real Cartagena. Esa es la misma enjundia que deberá demostrar Manuel Vicente Duque por la bandera de una ciudad con el cordón de miseria más grande de Latinoamérica, una población victimizada por piratas, corsarios y filibusteros y, en tiempos recientes, políticos ‘embusteros’.
Manolito también se entregaba por completo a narrar el béisbol profesional y el equipo Tigres de Cartagena era ‘intocable’ para él en sus sazonadas controversias. Manuel Vicente Duque tendrá por delante un ‘team’ de más de un millón habitantes ávidos de soluciones a problemas complejos que no se resuelven con la magia del verbo sino con medidas gubernamentales acertadas.
Al entrevistar a un futbolista o a un pelotero, Manolito era experto. Su mayor reto será cerrar la boca de sus contradictores proyectando un alto grado de manejo gerencial. “Nadie nace sabiendo”, reza el dicho popular. Un buen equipo de trabajo es la clave para el éxito de cualquier empresa.
Pero quizá lo más importante para Manolito será demostrar que no es títere de nadie, que será un administrador con autonomía y que si el pueblo le dio bastón de mando es porque confía en su postulado de “Primero la gente” y no primero sus amigos políticos.
Desciendo del vehículo de los recuerdos y subo a otro con rumbo al futuro atestado de millares de rostros esperanzados. En la plaza de la Aduana, Manolito –o Manolo– se despide de su círculo más cerrado de amigos dando paso a Manuel Vicente Duque. ¡Bienvenido, señor alcalde!
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