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Llegaron con la ambición y la autoridad del conquistador que empieza a imponer su ley. Todo estaba preparado para la invasión político-militar. Una alta tarima, con su techo parasol, parlantes, luces de espectáculo, mesa para los dignatarios, una presentación de lujo que distaba mucho de las precarias del Caguán. Las autoridades legítimas en retirada y por lo tanto ausentes.

Con tal demostración de poder quienes alimentaron las esperanzas de paz por el compromiso de las Farc de cumplir lo acordado en La Habana quedaron desilusionados con la acción militar de la guerrilla, en el corregimiento de Conejo, en la Guajira. Toda Colombia vio en vivo y en directo a personal con uniforme militar con armamento de guerra, a cuya cabeza estaban los negociadores de paz del grupo al cual el gobierno del presidente Santos le excusa todos los excesos, hasta el extremo que da la sensación de que la autoridad la encarna el grupo que invadió al corregimiento mencionado.

La acción conejal desdibuja el lienzo que ha venido pintando el presidente Santos de una paz que al pueblo colombiano le parece que son los estertores agónicos de una clase dirigente incapaz de llevar a la nación a la tierra prometida.

Por supuesto que la nación quiere una paz digna, que le dé cabida y espacio de vida a quienes no concuerdan con los rancios partidos escuálidos de estadistas, en forma tal que surjan nuevos partidos presentando caminos diferentes. Así los que padecen injusticias económicas tendrán nuevas esperanzas y una calidad de vida que les permita satisfacer sus necesidades vitales pudiendo construir un futuro de realizaciones concretas y no virtuales.

Como consecuencia de la acción en la Guajira, los comentarios generales son de rotundo rechazo a la debilidad del gobierno y a la falta de las Farc a la palabra empeñada en las negociaciones paradisíacas de La Habana. Hacer conejo, en el habla popular, es: estafar, engañar. El pueblo cree, apegado a los hechos, y son muchos, que el grupo tantas veces mencionado le hizo conejo al gobierno e indirectamente a un pueblo que quiere la paz. Además, entiende que el presidente habló de unos sapos que había que tragarse convencido de que tales batracios eran del tamaño propio de estas tierras. Sin embargo, los que nos muestran son descomunales, no habiendo colombiano que tolere tal desmesura. Tal vez, la política con armas sea una metáfora para que se entienda que a la fuerza caben.

Si a la falta de reciprocidad de los jefes guerrilleros se agregan circunstancias económicas graves que oscurecen el futuro de la posible paz, la incertidumbre del país no es prometedora.

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