Una sentencia social plantea que el hombre vive en sociedad porque no se soporta a sí mismo. De igual manera la teoría hobbesiana presupone que el hombre es malo por naturaleza y por ello hay que ponerle una institución que esté por encima de él y lo controle. Este es un condicionante para la existencia del concepto de Estado.
Los elementos constitutivos del Estado tradicional son tres: el territorio, la población y el gobierno. Jurídicamente, el Estado se diferencia de cualquier otro actor existente en la sociedad porque goza de un estatus legal único expresado en el concepto de soberanía. Esto diferencia al Estado de cualquier otro agente interpelante en la toma de decisiones en un sistema social.
La soberanía es la supremacía que ostenta el Estado sobre cualquier otra agrupación existente en la sociedad, de aquí emana la concepción del poder público, el cual es el ejercicio de la soberanía por parte del Estado y de él deriva las ramas del poder público; es decir la rama legislativa, ejecutiva y judicial, por medio de las cuales ejerce la supremacía el poder político
Pero esta que le he mencionado es la soberanía atribuible a los hombres. Entonces dónde está la soberanía divina, aquella que prescribe la supremacía de Dios. La mayoría de los hombres la ocultan. Los hombres de sociedades desquiciadas y desenfrenadas manifiestan un inconfundible miedo a Dios. Un indicador de ello, es que el grueso de individuos extractivos y corruptos que atropellan a las sociedades, mencionan un dios simulado que solo se encuentra en su referente desquiciado. Terminan convirtiéndose en sepulcros blanqueados.
Precisamente en el Evangelio de Mateo 23:27-32 se expresa: ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. 28» Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.
29» ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Construyen sepulcros para los profetas y adornan los monumentos de los justos. 30» Y dicen: “Si hubiéramos vivido nosotros en los días de nuestros antepasados, no habríamos sido cómplices de ellos para derramar la sangre de los profetas”. 31» Pero así quedan implicados ustedes al declararse descendientes de los que asesinaron a los profetas. 32»
¡Completen de una vez por todas lo que sus antepasados!
Las sociedades de sepulcros blanqueados de la época se expresan mediante mentes criminales y personalidades aparentes que sumen en tribulaciones los sistemas sociales. Al verdadero Dios no se le tiene miedo. Los verdaderos hombres de Dios son temerosos de Él. Respetan su supremacía y por ende la soberanía divina.
Te puede interesar: