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Columna

Crisis de intolerancia

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Entre las definiciones de intolerancia se incluyen: “Alto grado de rechazo hacia algo o alguien”, “No respetar aquello que no nos gusta”, y “La incapacidad de aceptar opiniones contrarias a las propias”. Expertos de diferentes disciplinas que estudian esos comportamientos y actitudes concluyen que “la intolerancia supone un peligro para la convivencia”.

Las atrocidades que acontecen actualmente en diferentes partes del mundo, son un ejemplo de los extremos a los que se puede llegar en esa obstinación por irrespetar las diferencias, sean estas políticas, religiosas, culturales o de cualquier orden. Históricamente muchos pueblos han sido más tolerantes que otros, y eso se refleja en sus posibilidades de convivencia pacífica.

En el contexto cercano, hubo una época en que Cartagena era considerada una de las ciudades más apacibles del país, donde el ‘espíritu Caribe’ hacía más viables las resoluciones de conflictos. En tiempos más recientes ese nivel de tolerancia colectiva ha dado un giro sustancial, hasta el punto de clasificar como una de las ciudades más violentas de Colombia y del mundo, con base en la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes.

Las muertes violentas son uno de los indicadores de intolerancia, pero hay otros en los que se refleja su crecimiento: los conflictos intrafamiliares, violencia de género, amenazas, ‘lapidación’ moral y riñas, entre otras. En las recientes Fiestas de Independencia, el mayor evento de integración social y cultural de los cartageneros, las autoridades reportaron más de mil riñas, sin mencionar las que no hacen parte de los registros oficiales.

Si bien estamos frente a un fenómeno de inseguridad que motiva a replantear políticas públicas y acciones en ese orden, estimo que afrontamos a una preocupante crisis de intolerancia que amerita intervenciones no solamente desde el Estado, sino de todas las fuerzas que componen la sociedad.

Las muestras de intolerancia se evidencian también a diario desde medios de comunicación, redes sociales y chats de WhatsApp, por quienes creyéndose con superiores condiciones morales, por ejemplo, pretenden determinar qué roles públicos deberían o no ocupar algunas personas que no son cercanas a sus afectos, y mediante infundados señalamientos mediáticos incitan implícitamente a la violencia contra los blancos de su animadversión.

No es un tema fácil de abordar; los intolerantes se autojustifican para continuar sus agresiones. El psicólogo Iñaqui Piñuel, citado por la escritora Rosa Montero, sostiene que “en la población mundial hay un 2% de gente muy mala que es incapaz de sentir empatía por el prójimo y a ese porcentaje habría que añadir entre un 10 y 13% de personas también terriblemente tóxicas que solo utilizan al otro para su provecho. En total un 15% de tipejos sin escrúpulos”. En ese perfil encajan algunos de los protagonistas de la crisis de intolerancia que nos agobia.

*Asesor en comunicaciones.

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