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Columna

Y la RAP

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La Región Administrativa y de Planificación del Caribe colombiano (RAP Caribe) ha andado gran parte de su corta vida institucional sin rumbo ni timonel. Creada para impulsar procesos de desarrollo regional, lograr cohesión social, mejorar condiciones de vida de la población, propiciar inversión y competitividad, no ha sido entendida en su importancia cabal, pese a que se habla de ella con ardor. La gestión económica y social del Caribe puede tener en la RAP su norte, pero no se le ha puesto en valor. Los gobernadores costeños (Junta Directiva) tienen en sus manos una buena herramienta para cambiar la realidad regional, si lo quisieran.

RAP Caribe nació en 2017 y su corta vida no ha sido nada saludable. Caracterizada por preocupante inercia, los gobernadores de 2020 a 2023 le dieron un trato despectivo, aunque al final del mandato les inundó un inusitado dinamismo que sentó las bases para que tuviera una cabeza visible. Se puso en manos de Amylkar Acosta quien, con algunos colaboradores, entre ellos Elvia Mejía, le dio oxígeno y durante un año se revivió la esperanza de tener una RAP vigorosa y en acción.

Amilkar, por compromisos académicos, dio un paso al costado y durante los últimos tres meses y medio la RAP volvió a quedar a la deriva. El gobernador de Atlántico Eduardo Verano, presidente de la junta directiva, informó el miércoles pasado que Elvia Mejía asumiría la vocería que tenía Amilkar. Es buena noticia, pero se necesita que los gobernadores muestren voluntad política para que la RAP asuma el papel de dinamizador real del desarrollo regional. El organismo ha sido un fantasma porque los mandatarios así lo han querido.

La dirigencia del Caribe se queja a diario del creciente centralismo que asfixia a la región, pero no parece confiar en la RAP para buscar salidas a la difícil realidad regional. Es hora de sincerarse: si la RAP sirve para unificar el propósito regional de alentar desarrollo con proyectos de impacto, combatir la pobreza y la inequidad, debe ponerse a marchar sin vacilaciones, con el personal, los recursos financieros y la organización que requiere para ser exitosa.

Lo inadmisible es condenarla a ser un ente inútil, sin brújula, ni porvenir. Los gobernadores tienen en sus manos la suerte del organismo y deben decidir cuanto antes si la RAP Caribe es en verdad un fantasma, o el instrumento que se necesita para comenzar a cerrar el capítulo de la inercia y la quejadera regional, y se entra en un accionar que demuestre hacia dónde queremos ir para construir nuestro propio futuro.

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