Columna

Broschi Vs. Piquinini

“‘Piquinini’ compone una danza-canción que fustiga a Brioschi, quien lo excomulga sin contemplaciones…”.

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Eduardo García Martínez
24 MAY 2025 - 12:00 AM

El primer arzobispo que tuvo Cartagena se llamó Pedro Adán Brioschi, nacido en 1860 y fallecido en 1943. Durante 45 años, a partir de 1898 y hasta su muerte, fue el rector espiritual de Cartagena, pero a pesar de su inmenso poder religioso y material debió enfrentarse a una cerrada oposición de la masonería, el protestantismo y hasta el partido liberal, que en 1910 lograron su expulsión de la ciudad por 15 meses, de diciembre de 1910 hasta marzo de 1912. Regresó, y orondo, siguió reinando. Broschi amasó gran fortuna durante su gobierno episcopal, y debido a esa circunstancia cosechó afectos y señalamientos.

Enfrentarse A Broschi era osadía y un salto al vacío. Testigo de ello fue un reconocido personaje raizal, Carlos Gómez Padilla, conocido como “Piquinini”, quien utilizó su talento musical para zaherirlo. En el corral de piedra el refranero popular transitaba la palabra viva en aquellos tiempos, expresando que solo son eternos los recuerdos. Nostalgia de un pasado ido que el poeta Luis Carlos López, el famoso “tuerto”, convirtió en crítica de sabor satírico para expresar burla sobre la rancia ciudad de los galeones perdidos.

Un protagonista de la época, Daniel Lemaitre Tono, recoge en su libro Corralito de piedra escritos que muestran la piel de la ciudad en sus más genuinos personajes. El nombrado “Piquinini”, artesano y músico políglota, cuestiona con voz y guitarra los excesos agiotistas del arzobispo Pedro Adán Brioschi, amansador de almas y propietario de gran parte de las edificaciones de la histórica ciudad. En el poder del dominio material a Broschi solo le compite el empresario Juan Bautista Mainero y Truco, dueño del resto de la ciudad colonial

“Piquinini” compone una danza-canción que fustiga a Brioschi, quien lo excomulga sin contemplaciones. El juglar encuentra solidaridad en sus amigos adinerados, el propio industrial Lemaitre Tono y el pedagogo Abel María de Irisarri, fundador del nunca olvidado colegio de La Esperanza, quienes reciben también el “baculazo divino” de la excomunión. La inocente danza de “Piquinini” dice:

Larán larán larán / Convéncete, Pedro Adán/

Que al cura que presta plata / No le luce el balandrán/.

El centro coloquial de las reuniones de entonces era el famoso Bodegón de Jacob del Valle, al que canta el “Tuerto” López, quien funge como comerciante fracasado al frente de una tienda de abarrotes:

¡Oh viejo Bodegón, en horas gratas de juventud / Qué blanco era tu hollín/

Y qué alegre, en nocturnas zaragatas / ¡Tu anémico quinqué de kerosín/!...

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