Usted está en Colombia, se levanta por la mañana y como un buen lector de este espacio de reflexión, se da cuenta que la palabra del día, y quizá de la semana y lo que queda del año es “descertificación”. Indaga y se da cuenta que el presidente de nuestro país está de peleas (nada fuera de lo normal en su comportamiento silvestre) con el POTUS (President Of The United States), y que allá en el Norte nos consideran indeseables y peligrosos.
Indaga un poco más y comprende que al presidente, a su familia y su malogrado gabinete de indeseables les retiraron la visa, y por consiguiente no pueden viajar a la tierra de Mickey Mouse (que lamentable por sus niños que no puedan disfrutar de los parques de Orlando). Revisa la situación nacional y descubre que Colombia vive inmersa en una escalada de violencia por parte de paramilitares, guerrilleros y delincuencia (tanto común como organizada, y con organizada me refiero a elegida e informal no elegida).
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Se da cuenta que estamos a un año de las elecciones, y que el POTUS está inmerso en problemas legales por su conducta poco decorosa con las féminas, y que, a pesar de todo, su popularidad va en ascenso, y que recibe constantes visitas de la férrea oposición colombiana, que busca ganarse su favor de cara a las elecciones del año que viene. El presidente de acá se empeña en decir que se trata de un complot de la derecha y que por favor no jodan y lo dejen gobernar, a pesar que se sabe que su campaña está minada de corrupción.
Usted está en Colombia ¿le suena familiar lo que le estoy contando? No, no estamos en 1997, estamos en 2025, y no me refiero a Samper (amigo de la casa a quien envío saludos fervorosos desde este espacio), sino al que se proclama como primer presidente de izquierda de la historia de Colombia (tópico que desmentiré en un futuro), Gustavo Petro, su excelencia.
La historia es cíclica, no me canso de decirlo en mi espacio Cangrejo Histórico. Me recuerda mucho a la figura del uroboros, esa serpiente mitológica que se devoraba así misma desde la cola, o al mito griego de Sísifo, el sagaz, a quien los olímpicos castigaron obligándolo a mover una pesada piedra por un acantilado, y que cuando iba llegando a su destino la roca rodaba hacia abajo y la tarea volvía a empezar. La historia se repite, pero no por eso debemos excusarnos en el pasado.
¿Qué es descertificación?
Para empezar el análisis apropiadamente es menester explicar de qué trata esa “descertificación”. La palabra viene del inglés decertification y proviene del Acta de Abuso Antidrogas, aprobada por el congreso de la Unión en 1986, durante la guerra que libraba desde su despacho oval el POTUS Ronald Reagan y su señora (que aparecía en televisión diciendo “Just Say No”). Recordemos que vivíamos la época de violencia más dura de nuestra historia, y siendo este país una tierra violenta, eso ya deja mucho que pensar.
En términos prácticos, los gringos hacen un examen anual, donde califican si otros países han cooperado con ellos para bajar el consumo de sustancias ilícitas y si sus esfuerzos son insuficientes los descertifican. No solo eso, si se rajan en el examen, les retiran la ayuda económica y los incluyen en una especie de lista de países parias e indeseables. El examen tiene varias aristas: los estados escrutados deben reducir la producción de los ilícitos, eliminar el lavado de activos que se relaciona con el negocio, apoyar la extradición de personajes involucrados en estos crímenes a los Estados Unidos, y cooperar con las autoridades estadounidenses para hacer cumplir sus leyes (no sus leyes, sino las de ellos).
Las implicaciones para Colombia
Con el anuncio de la descertificación, Colombia pasa a un selecto club de países parias para los Estados Unidos, junto a Bolivia (que en buena hora aplastó a la izquierda), Afganistán (el mayor productor de heroína del mundo), Birmania y Venezuela. Además de la mancha internacional, a Colombia se le están cerrando las puertas para la inversión extranjera, el acceso a créditos y programas de cooperación económica y asistencia militar, y la confirmación definitiva y alarmante de la ruptura de las relaciones diplomáticas con el Norte.
Sin embargo, y este es el caballito de batalla del progresismo, en el comunicado de la Casa Blanca se afirma que el liderazgo político colombiano es el responsable directo por la descertificación, y que la política de negociación del desgobierno con los grupos narcotraficantes (en el marco de la Paz Total), ha reducido la persecución del negocio ilícito, permitiendo que el país haya repuntado la producción de cocaína desde 2023 en un 53% y actualmente se calcula en más de 2.5 mil toneladas producidas, de acuerdo a la BBC, que cita a la ONU.
En otras palabras, ellos defienden que se trata de una medida política y que Trump, el neofascista blanco, está castigando a Colombia por elegir un gobierno democrático y populista (perdón, popular - inserto carcajadas al pie de página). El presidente, que es experto en improvisar y mirar hacia Gaza, indica acertadamente que a Venezuela la tienen maniatada, y a Brasil sancionada, porque sus gobiernos son de izquierda, y apela a la solidaridad latinoamericana para enfrentar una intervención a la brava de Estados Unidos en asuntos locales.
La medida, a pesar de todo lo que se haya dicho y se diga, sin embargo, no es apocalíptica, porque está sujeta a un “waiver”, algo así como una excepción a la aplicación total de la indeseable marca, con la cual Colombia queda sujeta a una verificación de un año, durante el cual la asistencia continuará, pero bajo condicionamiento de mejora en los estándares de lucha contra el narcotráfico y muestra de resultados. Eso es bueno porque la sanción es más simbólica que económica, y que Trump, que es racista pero no tonto, reconoce que necesita de Colombia para seguir siendo potencia.
En buena hora el presidente salió a decir por televisión, en su particular estilo desaliñado, que la medida debe ser a la inversa, que los gringos son los responsables de que el consumo se disparó y que, si aprendieran a contenerse de sus malos hábitos, los colombianos dejaríamos de producir su demandado producto, bajaría la fuga de divisas, el negocio se desescalaría, se haría inviable que los grupos alzados en armas continuaran con su empresa, y la paz por fin llegaría a nuestro país. ¡Qué brillante, señor Presidente!
Sí, pero no. Es cierto que Colombia no es responsable de la demanda de los norteamericanos, que mientras existan personas dispuestas a pagar millones por adquirir el preciado producto existirá también gente dispuesta a morir y matar por satisfacer la demanda, pero nuestro país no se puede tampoco desligar de sus compromisos de reducir la producción y perseguir y castigar a los capos. La tarea es difícil, pero debe ser compartida por ambos gobiernos, no es solo culpa de Colombia, no es solo responsabilidad de los Estados Unidos. Pero quién hace entender eso a Petro y Trump. Es que son tan iguales, aunque lo nieguen.
A 12 meses de la prueba final
¿Qué tiene que ver la descertificación con las elecciones del 2026? Para el gobierno puede ser una excusa para hacer campaña antiimperialista, acusando a la oposición de ser arrodillada con los republicanos, apelando a la persecución política del neofascismo para prolongar 4 años más el disparate progresista. Hablarán de Allende, del rojo Morales, de la trasnochada ideología marxista-leninista-castrista-chavista-petrista-juche-peronista y un montón más de inútiles.
Para la oposición puede también representar la oportunidad de hacer campaña en contra de la izquierda, promoviendo y defendiendo la inquebrantable relación diplomática que Colombia ha tenido con su vecino del Norte, y culpando a Petro, como lo hizo Trump, de la mala racha del país internacionalmente. Y es que pareciera que el gobierno busca afanosamente desligarse de la esfera capitalista, y aislarnos dentro del bloque de progres al que pertenecen parias como Irán y Palestina. ¡Que exabrupto!.
El gobierno se defenderá diciendo que se trata de una persecución política y que las incautaciones aumentaron a 253.000 hectáreas cultivadas, la mayor tasa de incautación de la historia colombiana, representando una regla de tres lógica, si tenemos en cuenta que también se disparó el cultivo y que, a mayor producción, mayor incautación. La verdad son datos mediocres que dan vergüenza que provengan del alto gobierno.
Lo cierto es que la descertificación no hace justicia a las miles y miles de víctimas que ha dejado el narcotráfico a lo largo de 50 años, a las guerras y guerrillas que se han financiado con él; a los paramilitares que han desplazado a casi 8 millones de colombianos de sus terruños para ampliar sus laboratorios; a las campañas políticas que se nutren de esos millones de dólares manchados de sangre; a nosotros las víctimas de la violencia, quienes hemos sufrido las muertes, desapariciones, lesiones y secuestros de nuestros seres queridos, policías y militares que han dado su salud, integridad y vida por liberar a Colombia del flagelo del narcotráfico.
Solo queda decir que Colombia tiene un año para demostrar buena conducta y lograr que se le levanten las sanciones, 365 días para que los norteamericanos nos den el aval de seguir siendo una nación atrasada, pero consciente de sus limitaciones y cooperante con el bloque capitalista; 12 meses para liberarnos de la improvisación y el mal gobierno, porque colombianos, el 15 de septiembre de 2026 ya tendremos presidente, y con la gloria de Dios será un personaje con su Santa Bendición, no un títere de Moscú ni de La Habana.
Como decía Laureano Gómez, el adalid de la buena moral: “Hemos dicho que somos amigos de los Estados Unidos y lo seremos. El capital, el esfuerzo y el talento norteamericanos son necesarios para nuestro progreso… pero a su turno ese capital debe venir a respetar la soberanía colombiana, a someterse a las leyes, a buscar la cordialidad y no la hostilidad ni el predominio injusto”.