A Manga se lo llevó pindanga

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De aquel vividero apacible, romántico y señorial, fundado por el visionario Dionisio Jiménez, el 9 de enero de 1904, no queda ni la sombra.

Ahora es tierra de nadie, un completo y peligroso caos y a sus actuales habitantes, casi todos de clase media, se nos olvidó hasta el color del uniforme de los policías, así como el sonido del pito de los agentes de tránsito, quienes en horas críticas se ubican a la bajada del Puente Román, frotándose las manos, verificando el pico y placa de los vehículos, mientras las calles y avenidas del barrio son un asfixiante galimatías.

Ante la creciente inseguridad, no nos quedó más remedio que encomendarnos a la Virgencita de La Popa, refugiarnos en nuestras cuevas, rociarnos agua bendita, comprar escapularios, aseguranzas o invertir los poquitos ahorros en chalecos antibala, muy a pesar de que cancelamos, religiosamente, los impuestos a un Estado que se hace el de la vista gorda.

¡Qué tiempos aquellos! Eduardo Lemaitre dejó constancia histórica de la importancia del barrio de ‘La Manga’, remanso de paz y armonía: “Fue la primera urbanización moderna y planificada, adonde los cartageneros de rancio abolengo se mudaron dejando atrás los caserones asfixiantes del Centro Histórico, repletos de gritos, cucarachas y fantasmas”.

Manga tenía, además, su propio periódico: ‘El Gerifalte’, fundado, escrito, diagramado, impreso y distribuido por don Daniel Lemaitre, convirtiéndose en el cronista de la aventura urbanística de Dionisio, quien personalmente trazaba los solares donde las familias edificarían sus viviendas solariegas y, como dueño y señor de la Isla, regalaba generosos espacios para que la comunidad, junto a las autoridades municipales, construyeran la Calle Real, parques, andenes, cementerio, Iglesia, colegios y sanatorio. Todo estaba en su santo lugar.

Hoy las cosas han cambiado diametralmente. No existe control del Distrito y, de un día para el otro, aparecen gigantescas edificaciones, sin tener en cuenta la disponibilidad de los servicios públicos, la frágil estabilidad del suelo ni el impacto vial y urbanístico.

Es verdad, el barrio de La Manga se desarrolló armónicamente y hasta hace muy poco podíamos caminar con los ojos vendados, sin temor a la salpicada de vómitos u orines de los borrachos que ahora pululan en las tiendas, fritangas y cantinas.

Además de soportar el eterno peaje para entrar o salir del barrio, a los mangueros nos atemoriza la idea de morir acribillados solo por cometer el pecado capital de saborear una arepa’e huevo en la terraza de Carlos Tulio.

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