A mi ciudad gótica

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En mi ciudad gótica, Batman luce raquítico por el trajín de una vida desgastada y sin el mayor recato intenta tomarse una “selfi” con el último vestigio de un teléfono público. Él, como hombre sensible a las costumbres poéticas, le presta su “Bati-Mototaxi” a “Thor” para que se gane la vida honradamente, y luego escupe en plaza pública su poema conmemorativo a su ciudad gótica, el cual dice:

Noble rincón de la politiquería: nada como evocar, cruzando travesuras/ los tiempos sin compra de votos y “puya ojos”/ de la ahumada tranquilidad sin corrupción... Pues ya pasó, ciudad gótica, tu edad de dignidades... Las votaciones a conciencia se fueron para siempre de tu rada... ¡Ya no viene la moral en botijuelas! Fuiste heroica hasta hace poco, cuando tus ciudadanos, águilas decentes, no eran una caterva de sinvergüenzas/ Más hoy, plena de rancia elección popular, bien pueden inspirar ese cariño / que cualquiera le tiene a su ignorancia.

En mi ciudad gótica, quienes denuncian terminan presos y los denunciados se burlan de ellos. Los “Jokers”, multiplicados a la sombra de la impunidad, se divierten leyendo “sus siete libros y medio”. El derecho penal, sentencia: “No pensemos mal, cualquiera puede regalar unos siete libros y medios al mes. Es una costumbre hispano lactante”. Es cierto, en mi ciudad gótica la política es ambidiestra: se roba con ambas manos.

En mi ciudad gótica, mientras el sector privado crece y se expande, la Alcaldía, con su acostumbrado letargo, hace su trabajo apasionadamente mediocre, con un retraso de 20 años en obras públicas. Con razón, la Mujer Maravilla se quejaba de nuestra obcecada determinación de auto-flagelarnos, y por ahí trinó: “Es curioso, la capacidad que tienen algunos de quejarse de la pobreza, para luego usar la democracia para continuar hundiéndose en la pobreza”. El “Hombre Araña” ripostó en igual sentido: “En la ciudad gótica, la ignorancia es tan atrevida, que asusta”.

En mi ciudad gótica, como es costumbre, lo ilegal se protege y los legales son perseguidos. ¡Es el mundo al revés! Actuando en bajamar, se ordena la restitución de tierras a quienes propiciaron el desarrollo y valorización, léase bien, de toda la zona norte de la ciudad. ¿Acaso ya se nos olvidó que esas tierras eran un montón de piedras, estiércol y mosquitos, y comprar y construir ahí fue el mayor acto de locura y de riesgo empresarial? Por favor, Capitán América, ¿cómo hacemos para explicarle a este país tibetano que nuestra ciudad gótica entera fue parida en bajamar?

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