Columna


Abandono total

SOQUI RODRÍGUEZ

09 de enero de 2021 12:00 AM

El 2 de enero, luego de 10 meses de no caminar el Centro amurallado, acepté la invitación de unos familiares a cenar dentro del casco histórico. Solo alcancé a bajarme del vehículo cuando me embargó un sentimiento de “pena ajena” al ver el grado de abandono en que está este sector. La calle que va desde la Plaza de Santa Teresa a la de San Pedro está llena de huecos y con adoquines levantados imposibles de atravesar. Evitando las hendeduras, subimos al andén mientras la persona que iba delante de nosotros caía descuidadamente a un hueco de una alcantarilla destapada. El pobre hombre iba viendo el celular y no se esperó encontrar el vacío sobre la acera. Lo ayudamos a levantar para tropezarnos con la basura y escombros que descansaban impunes sobre la pared de la iglesia. Caminar a nuestro destino implicó evadir huecos, basuras, vendedores de mochilas y sombreros. Los mercaderes ambulantes volvieron a tomarse el espacio público de forma desconsiderada. No hay por donde caminar.

Al llegar a la plaza de San Pedro la inundaban los artistas improvisados que con micrófono en mano cantaban y bailaban atrayendo a los turistas. Nadie cuestionaba el decreto que prohíbe hacer shows en espacio abierto. Las personas se aglomeraban sin ningún tipo de distanciamiento social.

Vimos las famosas vallas para cerrar el Centro. La verdad es que hay calles por las que no se puede transitar pero las plazas siguen llenas de mesas mientras los visitantes dan vueltas y luchan por encontrar un lugar de parqueo. El parque de La Marina y el edificio Ganem estaban repletos, lo que generó un caos vehicular que empezaba en la deteriorada avenida Santander y bordeaba el lado interno de la muralla. Los vehículos se estacionaban en cualquier parte. No había policía de tránsito ni nadie que pusiera orden. No había autoridad de ninguna clase.

Al regresarnos a casa vimos reventar fuegos artificiales por doquier. Otra medida prohibida en el último decreto de la Alcaldía. Otra regla más que se rompe y se une a la lista de medidas que son de papel y casi nadie lee, cumple o refuerza. Al día siguiente, nos levantamos para ver las playas no autorizadas llenas de carpas y de personas dispuestas a ser estafadas por quienes se lucran de estos espacios. Los buses llenos de turistas cerca del Hospital Bocagrande bajaban sus pasajeros para subirlos a bordo de lanchas en el denunciado embarcadero ilegal.

Ya en este momento se me ha pasado la pena y lo que siento es pesar de mi ciudad. Cartagena no tiene dolientes. Está acéfala. No hay excusa para tanto abandono a escasos metros del Palacio de la Aduana y en nuestras narices.