Aeropuerto

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Ir al aeropuerto a recibir familiares o amigos resulta una experiencia excitante, más si el vuelo procede de Miami o New York. Veremos vestimentas exóticas, gritos, risas, abrazos y llantos. En un espacio tan pequeño y caluroso como lo es la sala de espera del aeropuerto Rafael Núñez, en minutos se vive una obra de teatro o una película de Hollywood.

Esperando a una familia de Jamaica vi por el umbral de la puerta el primer pasajero. Abrazándose con una dama de negro rompieron en llanto. Lamentaban el fallecimiento de su madre en esta ciudad. Atrás, un espigado atleta con gorra de los Yankees, gruesa cadena de oro y reloj Gucci de última generación miraba a todas partes. El comité de recepción, lleno de júbilo, le recibía bolsas de JC Penny, Marshall y de otras populares tiendas gringas mientras el maletero hacía esfuerzo sobrehumano para arrastrar un equipaje descomunal. Alguien dijo que era un exjugador dominicano de Grandes Ligas cuya novia cartagenera lo esperaba en elegante limusina.

Una pareja de extranjeros era seguida por una cadena de hijos –conté 11-. Un representante del hotel Las Américas los recibió con un letrero que decía: “Douglas family”. Augusto Martínez, exalcalde Cartagenero que estaba por ahí me dijo al oído: “Aquí completará la docena y él solo podrá tener un equipo de béisbol”. Todos eran varones. Con una familia así hay que ganarse el Baloto, pobre Mormón, le dije a Augusto, pero el gringo iba feliz con su familión. Abordaron la Van que los condujo al hotel.

En la sala caminaba nervioso un joven con un ramo de flores en sus manos. Lo acompañaban dos amigos que murmuraban sobre la llegada de su novia, con quien tenía una relación de dos años iniciada en Internet. Por primera vez se veían. Tenía el joven una extraña vestimenta, corbata descompuesta y tenis viejos. Sus amigos lo llamaban Pepe y se asomaban insistentemente por el vidrio. Por fin apareció la dama, una rica señora de edad madura nada agraciada. El joven le gritó: Susan, my love. La llenó de besos, se inclinó y de rodillas le pidió matrimonio.

Augusto me dijo: “Puede ser su madre”. Y yo le respondí: su abuela pero está jugando su último inning.

Por fin salieron mis amigos de Jamaica y con ellos el capitán y las azafatas. Me sentí feliz de ver la amabilidad de nuestros servidores turísticos, la alegría de los cartageneros, su ingenio e imaginación. Un aeropuerto es un mundo diverso donde suceden inimaginables cosas. Ya se habla de uno nuevo. Entonces vendrán más turistas, peloteros y empresarios y muchas jubiladas como Susan buscando su Pepe de por aquí.

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