Columna


Aguacero

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

21 de noviembre de 2020 12:00 AM

No debe ser agradable el despertarse en la madrugada y encontrar que no hay donde poner los pies, debido a que las chancletas se las llevaron las aguas sucias y frías, que no se sabe de dónde vienen, pero que cada año le dan un revés a la vida de quienes residen en zonas de alto riesgo.

Tampoco debe ser tan placentero el vivir en un sector aparentemente de mejores calidades estructurales, donde se pagan impuestos y servicios públicos caros, pero a cambio hay que soportar que cualquier sereno inunde las calles y haga trasbocar las redes sanitarias, con su materia nauseabunda y de pésima presencia.

Tener que presenciar de cerca cómo se desmoronan las calles que antes habían servido para el juego, o el simple tráfico vecinal, no debe ser un espectáculo deleitoso, como tampoco podría serlo el que un río deje sin riberas un pueblo; y, de paso, se lleve siembras, animales, viviendas y deje un reguero de desperdicios arrancados a los territorios de aguas arriba.

Pero todos los años sucede, en medio de una discusión invariable sobre cómo acabar con las inundaciones y los deslizamientos de tierra, aunque en cuanto el sol seque los charcos, la vida retome su curso de siempre.

Es decir, las autoridades se olvidan de los planes maestros de aguas pluviales, mientras que las comunidades --pobres o ricas-- continúan taponando los drenajes, construyendo sobre terrenos de escorrentías y robando espacios a los cuerpos de agua, ante miles de ojos que solo se acuerdan de denunciar cuando el aguacero retorna a causar los estragos correspondientes de cada fin de año.

Incluso, hasta el cubrimiento periodístico alcanza cotas de tedio registrando las mismas imágenes y declaraciones de años anteriores, como si se estuviera hojeando --y ojeando-- un álbum que quisiera competir con el espejo, en eso de mostrar siempre lo actual, aunque hayan pasado casi 365 días.

Al parecer, mientras no esté lloviendo, en la agenda de las autoridades no está el gestionar lo que se necesita para evitar los percances que trae el aguacero. Aún menos parece estar en sus planes el ataque constante a los depredadores de terrenos y cuerpos de agua, cosa que sería más fácil y menos costosa que salir a competir con los politiqueros, a ver quién reparte más mercaditos y siembra más votos, en medio del agua infecciosa de ciénagas y canales.

Las imágenes son impactantes y hasta dolorosas. Pero cada cual carga una culpa, que se disipa a medida que se van retirando las aguas y el verano deja al descubierto lo que, por unos días, fueron mares de olas pardas. El drama, aunque lo adviertan los expertos, regresará campante el próximo fin de año.

*Escritor.

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