Aídas a la hoguera

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Nací y crecí en el barrio La Ceiba, uno de los humildes sectores del sur de Barranquilla cuya dinámica de abandono y de exclusión se alteraba con la proximidad de cada campaña electoral; aparecían entonces carros lujosos en los que llegaban personajes pulcramente vestidos, olorosos a colonia fina, sonrientes y con convincente oratoria que seducían a votantes y a una que otra chica con deseos de superación.

Aparecían también los camiones con arena, tejas y cemento, para mejorar las viviendas, las promesas de pavimentar las calles, los mercaditos esporádicos, el ofrecimiento de becas para estudiantes y muchos más regalos, al tiempo que las chicas más atractivas y eufóricas, asumían posiciones de liderazgo en las campañas, siendo compensadas adicionalmente con sueldos y atenciones especiales por parte de los aspirantes a cargos de elección popular.

Transcurrían los años 60s y la escena política era dominada por un puñado de familias poderosas, lideradas por Pedro Martín Leyes, Emilio Lébolo, Juan Slebi, Roberto Gerlein, Gabriel Acosta Bendek, José Name, entre otras, y bajo su sombra liberal-conservadora, crecían otras figuras, algunas de origen árabe.

Aprendí a ver desde pequeño las transacciones electoreras, el transporte masivo de votantes; la entrega de ron y comida en los comandos; el flujo de dinero en efectivo; el pago por cada voto, en simultánea con el crecimiento social de pocas vecinas, convertidas en sus amantes, esposas o en descollantes lideresas que replicaban las técnicas aprendidas.

Durante muchos años entendí que esa era la expresión normal de la política: un negocio en el que personajes adinerados movían de manera estratégica sus capitales para comprar votos al por mayor y al menudeo, y que de vez en cuando en ese mercado de favores, le sonreía la suerte a una chica linda y pobre. Recordé esa ingenua interpretación con los informes periodísticos sobre el origen humilde de Aída Merlano, su crecimiento amparado por la dinastía de los Gerlein y la réplica que hizo de sus pecados electorales, que la convirtieron en símbolo nacional de corrupción política. Sus propios mentores y maestros, asociados a un sistema igualmente corrupto y selectivo, la llevaron a la picota pública, la presionaron más para callar que para hablar, y la impulsaron a dar un incierto salto al vacío con una soga roja.

La congresista caída en desgracia, no hizo nada diferente a lo que siempre han hecho la mayoría de políticos en Barranquilla, el Caribe y en muchas partes del país. No es una víctima, pero sí encarna el “avatar” de unas mafias que no renuncian a sus prácticas, y para sostenerlas incorporan a sus estrategias de largo plazo la creación de “Aídas”, que están prestos a lanzar a la hoguera, cuando ellos necesiten salvarse.

*Asesor en comunicaciones.

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